Latifundio: concepto y características

Seguro que has oído hablar mucho sobre el latifundio, el latifundista y el latifundismo y todo lo que lo rodea. Pues aquí vamos a explicar de qué se trata, igual que descubriremos algunas características interesantes.

El latifundio es la explotación agraria que cuenta con una gran extensión y dimensión. Aunque no existe oficialmente una medida que informe sobre cuándo nos encontramos frente a uno de estos terrenos agrícolas, puedes imaginar que distan mucho de ser las pequeñas parcelas que solemos ver entre dueños privados, conocidas en ocasiones como minifundios.

Curiosamente, el latifundio ha recibido una serie de cargas peyorativas a lo largo de la historia por diversos motivos. Por ejemplo, se le asocia un rendimiento productivo por debajo del que permitiría la tierra. Además, también se considera que posee baja capitalización y que quién lo trabaja está en condiciones laborales precarias.

Obviamente, estas ideas asociadas a los latifundios no siempre son ciertas. Todo ello debemos ponerlo en consonancia con la región en que se encuentra el terreno, la cultura del lugar y, básicamente, la forma de actuar del dueño, pues generalmente se asocian a la propiedad privada, aunque no siempre tiene que ser así.

Otro término asociado que tiene gran carga negativa es la de latifundista. Este es el propietario del terreno, y su uso se remonta ya siglos atrás, antes de los tiempos del colonialismo, cuando las élites heredaban los terrenos de unos a otros y usaban a los esclavos, siervos o contratados para la explotación de la tierra.

Sea como fuere, el latifundismo no tiene por qué asociarse únicamente a un dueño o élite, pues una cooperativa puede perfectamente gestionarlo, e incluso los poderes públicos podrían actuar como propietarios. Es decir, cualquier colectivo podría ser el encargado de la producción y ostentar el título de propiedad.

Otras características del latifundio

Entre las diversas características del latifundio, encontramos su origen etimológico. Procede del latín latifundium, que se traducía en su tiempo como una mezcla de latus, es decir, gran extensión, con fundus, raíz que significaba base de algo.

Los latifundios ya se comienzan a popularizar en tiempos del Imperio Romano y se asocian a grandes propietarios de la élite o incluso siendo propiedad el estado. No obstante, en la Edad Media su explotación pasó a manos de los grandes señores feudales que alojaban a los campesinos para que trabajaran la tierra.

Los latifundios se caracterizan por la productividad dispersa, la baja competitividad de los productos que produce en los mercados, el bajo nivel tecnológico que se usa en la siembra y recolección y, pese al gran volumen de explotación, nunca se alcanza la capacidad máxima de la tierra.


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