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Afganistán, un agujero negro

Combatientes talibanes patrullan dentro de la ciudad de Farah, al suroeste de Kabul (Afganistán) el pasado 11 de agosto.
Combatientes talibanes patrullan dentro de la ciudad de Farah, al suroeste de Kabul (Afganistán) el pasado 11 de agosto.Mohammad Asif Khan / AP

“Hay otros mundos, pero están en este”, afirmaba el poeta Paul Éluard.

En Estados Unidos el Pentágono anuncia la disponibilidad de tecnología capaz de abrir una ventana de predicción del futuro, el GIDE. Australia se ha convertido en uno de los tres países con representación femenina superior al 30% en los principales consejos de administración. China ha construido un telescopio gigantesco para buscar señales de vida más allá de la tierra. Por las montañas afganas bajan bandas de guerreros con barba y turbante, estampas de los bárbaros dothraki en la serie Juego de Tronos, sin caballos, pero con fusiles, que arrasan ciudades, secuestran mujeres y las fuerzan en matrimonio. Existen otros mundos y están aquí. En esta era de innovaciones científicas y adelantos sociales, el avance de los talibanes tras la retirada de las tropas internacionales representa la consolidación de un agujero negro que devora la modernidad, aplasta a las mujeres, derrota al ejército más poderoso del planeta y cumple una vez más con la máxima, “Afganistán, cementerio de imperios”.

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Ante semejante derrota, los rivales de Estados Unidos, ―China, Rusia, Irán, Pakistán― podrán sentirse satisfechos. Y preocupados. Por proximidad territorial y afinidad étnico-religiosa de su población, la inestabilidad afgana representa una amenaza mayor para ellos que para la potencia americana. Comenzando por el probable resurgir de Al Qaeda en una nueva base y, con ella, un movimiento islámico yihadista de alcance global al otro lado de sus fronteras. “Afganistán”, vaticina el experto en terrorismo internacional, Rohan Gunaratna, “emergerá de nuevo como una Disneyland terrorista”.

Pekín, a pesar del compromiso solemne de los talibanes de respetar a China, arriesga la seguridad de la Nueva Ruta de la Seda, y confía en ejercer influencia por medio de una red de relaciones de vasallaje, delegando la capacidad de intervención sobre territorio afgano en Pakistán. Si bien, no hay garantías. El atentado de julio que costó la vida a nueve ingenieros chinos en Pakistán es una señal a tener en cuenta.

Islamabad, que ha apoyado activa y pasivamente a los talibanes, espera beneficiarse de su nueva posición mediadora entre estos y la potencia asiática, al igual que lo hiciese anteriormente con Estados Unidos. Pero su éxito será su mayor problema, y se verá obligado a enfrentarse, sin pretextos ni justificaciones, a las elecciones del pasado. La consolidación de un Emirato Islámico de Afganistán alentará a los sectores más radicales en un país ya de por sí profundamente dividido. La huida de refugiados afganos recaerá sobre su territorio. Y en ausencia de algún tipo de acuerdo entre talibanes y Gobierno afgano surgirá una miríada de señores de la guerra y facciones apoyadas por distintos países, una nueva guerra por delegación. Una nueva Siria. Esta vez, sobre un Afganistán cíclicamente asolado y engullido. Mientras la violencia hace estragos, la sociedad afgana se ha levantado en un movimiento que recorre las redes con el hashtag #SanctionPakistan, sancionar a Pakistán. @evabor3




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