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Cuando 'vale' era adiós y 'hola' una sorpresa


Si viajáramos en el tiempo al siglo XVI, escucharíamos a los hispanohablantes de entonces saludarse con hala, despedirse con vale y sorprenderse del precio de los productos en el mercado con un hola de cejas enarcadas. Las despedidas y los saludos son muy cambiantes en la historia de las lenguas. Veamos cómo se ha comportado el español como hola y vale, dos de las palabras que más decimos hoy y que en otro tiempo se usaban con sentidos muy distintos a los actuales.

Nuestros antepasados se despedían diciendo vale. Esta palabra, que hoy usamos para cerrar acuerdos, para expresar confirmaciones y como constante muletilla (técnicamente, como vimos en este artículo, se llama marcador discursivo), era una elegante forma de cerrar conversaciones en el lenguaje cortesano del castellano antiguo, que la había heredado del latín.

Hoy en muchos cierres de conversación amistosa le decimos a nuestro interlocutor “cuídate mucho”; pues bien, en latín ya empleaban fórmulas similares a esta: vale era en latín el imperativo de valere, que significaba ‘cuidarse, estar sano’, de forma que en las despedidas se recomendaba al interlocutor ‘consérvate sano’ en frases de deseo como vale, valete, cura ut valeas (todas ellas con significado similar a ‘cuida de estar bien’). El castellano antiguo heredó este empleo y mantuvo, al menos hasta el siglo XVII, ese vale como fórmula de despedida. De hecho, como derivación de ese sentido, se creó el sustantivo “el vale” como equivalente a la palabra despedida, y el vale último o vale postrero era la despedida que se daba a alguien tras fallecer. Así, Pedro de Solís decía a mediados del siglo XVII de cierto personaje que hizo su testamento y “dio el vale al mundo”. Gradualmente, ese vale comienza a perder frecuencia en las despedidas y nuestros antepasados hicieron crecer a adiós (derivado de la expresión a Dios seas) como fórmula común para irse marchando.

En la misma época en que vale cerraba la charla, aún no se usaba hola de manera general para abrirla. Nuestros antepasados decían hola para llamar a quienes consideraban inferior, a los criados o los servidores; era una apelación comparable al oye de hoy, un “atiéndeme” que en principio estaba restringido a la jerarquía de quien manda hacia su subordinado. La palabra hola encierra muchas intrigas, no obstante. No se encuentra en los textos hasta el siglo XVI y, por tanto, no sabemos si se usaba en la Edad Media; los primeros ejemplos que se localizan como claro saludo son del siglo XVI, época en que se entendía como una variante de hala. Además, junto con el hola equivalente a “escucha, atiende”, había un hola que tampoco era exactamente saludo, era el hola que servía para expresar sorpresa o extrañeza. De hecho, en algunos textos antiguos se usa por duplicado, como en la lengua actual podemos expresar sorpresa diciendo “anda, anda” o “mira, mira”. Por ejemplo, a mediados del siglo XVI, Juan de Arce ponía en boca de las mujeres de sus textos una copla popular que decía: “¡Hola, hola, que no tengo de dormir sola!, ¡Hala, hala, sino bien acompañada!”. El siglo XVII llena los textos teatrales de holas y hasta surgió un verbo, holear, que significaba usar constantemente la palabra hola.

La historia sigue. Como los saludos y las despedidas son una fuente constante de cambios, nos quedaba un episodio más en torno a hola. En los últimos años, hola ha crecido en un doble sentido; por una parte, se ha extendido su uso: antes se empleaba entre conocidos y en el lenguaje familiar y, ahora, en una tendencia que es común en el lenguaje reciente, se ha hecho menos formal: cualquier empresa en sus presentaciones digitales o en sus mensajes grabados de asistencia saluda con hola a sus clientes. Por otra parte, en el lenguaje juvenil español actual se ha extendido el sentido de hola como expresión de sorpresa y de reproche: “Me han querido cobrar 15 euros por un café, ¿hola?”. Este sentido, desarrollado en redes sociales y en el lenguaje juvenil, es sobre todo interrogativo y expresa sorpresa, desacuerdo, reacción del hablante con un sentido más bien descortés.

Las formas de saludo y de despedida tienen una parte de ritual heredado, de fórmula consagrada que usamos sin pararnos a pensar, y tienen otra parte de cambio, de innovación y moda. En los últimos años la despedida hasta luego, que antes se usaba para indicar un efectivo reencuentro próximo, se ha empezado a emplear también como cierre de conversaciones entre interlocutores que saben que van a tardar mucho en volver a verse o que, en un principio, no tienen por qué verse más (por ejemplo, en la despedida de un taxista o de un teleoperador). Pero pensemos que pese a la pandemia, la nieve y los avatares de estos tiempos, esta despedida no es definitiva. Por eso, en su sentido histórico, me despido con un hasta luego de los lectores, en la esperanza de que nos volvamos a leer en unas semanas.

Un vale de aparcamiento

El otro vale que usamos hoy es el sustantivo que nombra el papel que se da a favor de alguien a modo de bono, que acredita la entrega de algo a cuenta o la gratuidad de un servicio. Este vale deriva también del verbo valere latino pero no en imperativo como ocurría en el saludo, sino en la tercera persona del singular: “esto vale”. En algunas zonas hispanoamericanas, como en República Dominicana, un vale es un pueblerino, una persona a la que se descalifica por rural, y en Venezuela se puede llamar al amigo íntimo “mi vale”. En la famosa novela Doña Bárbara (1929) del venezolano Rómulo Gallegos leemos: “Yo me voy a presentar yo mismo, no vaya a ser cosa que mi vale Antonio le dé malas recomendaciones”.

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