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Dejemos de preocuparnos por la deuda

Un billete de dólar con George Washington enmascarado.DADO RUVIC / Reuters

El horizonte económico pinta particularmente incierto desde el inicio de la pandemia —¿cuánto afectarán las nuevas restricciones al crecimiento en el tramo final del año? ¿cómo de fuerte será el rebote en 2021?—, pero algunas cosas, pocas, se pueden dar totalmente por seguras. Primero, que el zarpazo de la crisis sanitaria dejará tras de sí la mayor recesión desde la Segunda Guerra Mundial en Occidente. Segundo, que la acción denodada de los Gobiernos por contener la hemorragia —¿qué habría sido esta vez de la actividad y el tejido productivo sin la mano del sector público?— y de las empresas y hogares por sobrevivir provocará el mayor aumento de deuda global desde que hay registros: los 255 billones de dólares (215 billones de euros) con los que echó el telón 2019 se convertirán en 277, según la última proyección del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, la patronal global de la banca), presentada este miércoles. El aumento, de 22 billones de dólares, es, por ponerlo en contexto, 15 veces el PIB de España o 18 veces el de México.

Medido sobre PIB —la mejor forma de ver su peso real—, el endeudamiento total cerrará el año en el 365%, un nuevo récord. O, dicho de otra forma, el mundo tendría que dedicar íntegramente lo que produce en casi cuatro años para dejar en cero el casillero de los pasivos. La mayor parte de esa cifra se la dividen, casi a partes iguales, Gobiernos y empresas no financieras, que deben, respectivamente, más del 100% del PIB cada una. La banca, con el 90% del PIB, y los hogares, que cerrarán este ejercicio cerca del 70%, completan el cuadro. En todos los casos, tras el fortísimo aumento de los meses de confinamiento estricto, el ritmo de subida ha aminorado en los últimos meses, en los que la paulatina reapertura de la actividad en todos los sectores ha permitido recuperar ingresos y flujos de caja y ha permitido acudir menos al mercado —reduciendo el numerador de la ratio—, y la “fuerte recuperación” económica ha frenado en seco el hundimiento del denominador.

360 billones en una década

La pandemia, con todo, no hace más que de fuelle sobre un fuego activo desde hace tiempo. La deuda venía creciendo desde mucho antes de que cinco letras y dos números (covid-19) se colasen en el día a día de todos los rincones de la Tierra: crecía mucho más lento que este 2020 en el que, por días, la economía parecía diluirse como un azucarillo en café caliente, pero crecía. El año pasado, por ejemplo, la ratio total de deuda global sobre PIB ya creció en 11 billones de dólares —de 244 a 255, que se dice pronto— incluso con la economía todavía en terreno positivo. El virus, sin embargo, ha avivado la llama: según los cálculos del organismo que reúne a la flor y nata de las finanzas mundiales apuntan a que, de seguir creciendo al ritmo promedio de los 15 últimos años, 2020 inclusive, la deuda global superará los 360 billones de dólares en 2030, 85 más que hoy.

Hay razones para temer el panorama que dibuja este miércoles el IIF bajo un título ilustrativo (Deuda global: La covid-19 enciende un fusible). “La incertidumbre sobre cómo la economía global podrá desapalancarse en el futuro sin implicaciones adversas para la actividad económica es significativa”, advierte el ente con sede en Washington. Pero también para una tranquilidad relativa: como decía en una reciente entrevista con este diario uno de los grandes economistas de nuestros días, Olivier Blanchard, los tipos de interés por los suelos evitarán una cura de austeridad que sería letal para una economía que aún tiene que recuperar el paso. A su manera, la propia patronal bancaria también da por sentenciada la palabra maldita de la última crisis. “La próxima década”, reflexionan en voz alta sus técnicos, “podría traer consigo una respuesta fiscal reflacionaria, en marcado contraste con el sesgo de austeridad en la década de 2010”. En plata: hoy todos somos keyneasianos, las políticas expansivas de gasto han llegado para quedarse y, a largo plazo, la inflación hoy ausente parece —a ojos del IIF— una posible vía para licuar pasivos.

La brecha entre países ricos y emergentes

Las medias globales esconden siempre realidades muy diversas. En las “economías maduras”, como el IIF define al mundo rico, la deuda total cabalga ya ampliamente por encima del 430%, tras crecer en más de 50 puntos desde finales de 2019. Un solo país, Estados Unidos, que ha tirado de chequera al máximo para salir del hoyo, supone por sí solo la mitad de ese incremento. Pero, más allá del gigante norteamericano, la patronal financiera mundial apunta al aumento de la deuda en tres mercados —Japón, el Reino Unido y España— como especialmente significativa. Y solo un nombre de este grupo, Irlanda, una de las economías menos golpeadas del mundo este año, escapará a la tónica general de aumento de la deuda: allí, el desendeudamiento de familias y empresas compensará el incremento en las emisiones del Gobierno para capear el temporal.

Los emergentes, por su parte, siguen su propia senda. Aunque allí la deuda sobre PIB tampoco ha dejado de subir como la espuma durante la pandemia, esta cerrará 2020 casi en la mitad que en las economías avanzadas: en el entorno del 250%. Sin embargo, con el grifo de los mercados abierto durante toda la crisis —algo extraño en perspectiva histórica—, las empresas chinas han empujado al alza la deuda en dólares para cubrir sus necesidades de corto plazo, elevando los riesgos e inflando el resultado final del bloque.

Aunque el mundo chapotea hoy en liquidez —del que los países de renta media se han beneficiado en gran medida— y el activismo de los bancos centrales les ha permitido seguir financiándose a bajo coste, el IIF aprovecha su informe para lanzar un potente aviso a navegantes: “En los emergentes, las pérdidas de ingresos [del sector público, sobre todo] han hecho que la carga del servicio de la deuda sea mucho más onerosa, a pesar del beneficio de menores costos de endeudamiento”. De aquí a finales de 2021 vencerán, según sus cálculos, siete billones de dólares de deuda en los países de renta media. Y la deuda denominada en dólares, más difícil de devolver con tipos de cambio deprimidos, representará el 15% de esa cifra. Atentos.


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