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Diez años de vértigo en Brasil: de la masiva protesta antipolítica hasta volver (casi) al punto de partida

EL PAÍS

Los brasileños han hecho durante la última década un viaje en círculo a bordo de una montaña rusa. La ola de indignación contra la política de toda la vida que sacó a la calle a más ciudadanos que nunca desde el fin de la dictadura empezó por un asunto, en perspectiva, insignificante: una subida de 0,2 reales en el billete de metro y autobús en São Paulo. Las primeras protestas populares por aquellos cuatro céntimos de dólar ganaron inesperadamente tracción en medio de la crisis económica hasta alumbrar un movimiento gigantesco que capitalizó la indignación de millones. La clase media y alta se echaron a la calle; se implicaron en política convencidos de que podían modificar el rumbo de su patria. Las ansías de cambio que prendieron antes en Túnez, Egipto, España, EEUU o Bangladesh incendiaban la primera potencia sudamericana.

Brasil emprendía un viaje acelerado a lomos de la antipolítica que culminó en el triunfo de un diputado raso de extrema derecha, Jair Bolsonaro. Tras fuertes convulsiones y con una polarización extrema, regresó (casi) al punto de partida. Con la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva y un Congreso escorado a la derecha como nunca que cobra carísimo cualquier apoyo, ha vuelto al poder la política más tradicional.

Manifestantes se enfrentan a la policía afuera del estadio Maracaná mientras se jugaba la final de la copa Confederaciones 2013 entre Brasil y España.Felipe Dana (AP)Del precio del bus, al futbol y la corrupción

Tampoco aquí nadie vio venir aquel junio de 2013, que dejó boquiabiertos a políticos, periodistas y analistas. También en Brasil las redes sociales jugaron un papel crucial para traducir el extendido malestar de buena parte de la sociedad con la corrupción y el cansancio tras tres mandatos del Partido de los Trabajadores (PT) en una sucesión de protestas callejeras y caceroladas. Brasileños que jamás se habían movilizado cortaban avenidas. Quien tenía cocinera y nunca tocaba un puchero podía bajarse una aplicación con el sonido de las cacerolas para sumarse a las manifestaciones.

La presidenta Rousseff, que subestimó el poder de los memes que galvanizaron el malestar que flotaba en el ambiente, recibió a los activistas que reclamaban transporte gratuito en un intento de frenar el vendaval. “Nos dijo: ¿Vosotros creéis que yo consigo convencer al personal que incorporamos a la clase media de que deje el coche en casa?”, ha contado diez años después la activista Mayara Vivian, del Movimento Passe Livre, al diario Estadão.

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SuscríbeteEl 19 de junio de 2013 en Brasilia, manifestantes llevan un cartel en forma de camión en oposición a la subida a las tarifas de transporte.Eraldo Peres (AP)

En un abrir y cerrar de ojos, la reivindicación de los manifestantes que salían a las calles en cientos de ciudades por todo el país puso el foco en el fútbol. La queja por los 20 céntimos derivó en protesta contra el dineral para los nuevos estadios del Mundial de 2014.

Impeachment, odio y polarización

Con el tiempo y tras unas elecciones en las que Rousseff fue reelegida por los pelos después de que un candidato fuerte, Eduardo Santos, muriera en un accidente de avioneta, la movilización mutó en un clamor resumido en tres palabras: ¡Impeachment! ¡Fuera Dilma!

La presidenta cayó en 2016, destituida por el Congreso. Catorce años de Gobiernos del PT y políticas públicas progresistas concluían de manera abrupta y traumática para la izquierda, que aún lo considera un golpe parlamentario. La sustituyó un político anodino de la derecha clásica, Michel Temer. “Nossa bandeira jamais será vermelha” (“Nuestra bandera jamás será roja”), por la enseña del PT, se convirtió en un grito de guerra. El rojo desapareció de las calles.

Lava Jato: los poderosos entran en prisión

Otro ingrediente esencial del cóctel, las incesantes revelaciones de saqueo de dinero público por parte de miembros del PT a través de la petrolera estatal Petrobras que monopolizaban los titulares informativos. La lucha contra la corrupción y Sérgio Moro, el juez que lideró la investigación del megacaso Lava Jato, fueron catapultados al olimpo. En formato de telenovela, con héroes, villanos y sorpresas constantes, como les gusta a los brasileños, el país asistió a la entrada en prisión de decenas de poderosos que hasta aquel instante eran intocables. Parecía el fin de la impunidad.

Entre los condenados por corrupción que cumplieron penas de prisión, destaca un trío de hombres: la principal figura política de las últimas décadas, el actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva; el entonces presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, que nunca cumplió su amenaza de contarlo todo en lo que los medios bautizaron como “la delación del fin del mundo”; y el presidente de la principal constructora brasileña, la multinacional Odebrecht, Marcelo Odebrecht. Millones de personas pensaron que la justicia por fin era independiente e iba a acabar con el expolio que, creían, lastra al país y le impiden desarrollar su inmenso potencial.

Un policía herido durante enfrentamientos con manifestantes, el 17 de junio de 2013 en Río de Janeiro.Felipe Dana (AP)La descontenta clase media

Sostiene el periodista Bruno Altman, coeditor del libro Junho de 2012, a rebelião fantasma, que esta “fue una rebelión de las clases medias”, como explicó en una reciente entrevista con un medio digital. Una rebelión fruto “de una década en la que los muy pobres mejoraron espectacularmente pero no a costa de los muy ricos, cuyo patrimonio no se vio afectado por las políticas de Lula y de Dilma,” sino a costa de las clases medias. En los gobiernos del PT “hubo una distribución de renta, no de riqueza”, concluye.

La expulsión del poder del PT, el partido más organizado de Brasil y de América Latina, allanó el camino a un candidato extravagante que, pese a su zafiedad, revanchismo y sueños golpistas, supo conectar con el Brasil más consevador con un discurso antisistema de fin de ciclo. La derecha salió del armario y paseó con orgullo su cara más reaccionaria. Las élites quisieron creer que una vez en la Presidencia se moderaría. No fue así.

Un joven lleva un letrero que lee ‘Tantos estadios y ni un solo hospital’, el 25 de junio frente a la casa del entonces gobernador de Río de Janeiro, Sergio Cabral.Victor R. Caivano (AP)El Supremo mueve ficha

Al calor de las protestas y la Lava Jato, los 11 jueces del Tribunal Supremo se hacían tan populares como los futbolistas de la Canarinha. La máxima corte adquirió un protagonismo extraordinario en política gracias al enorme alcance de algunas de sus decisiones. Sus magistrados facilitaron, mediante fallos judiciales, la entrada de Lula en prisión —de modo que quedó excluido de las inminentes elecciones que ganó el ultra Bolsonaro—, su excarcelación y la anulación de las condenas por corrupción que cambiaron radicalmente escenario político. Lula volvía al ruedo.

El rojo y las camisetas con la estrella del PT empezaron asomar de nuevo en las calles. Parte de la clase media, espantada por la inacción e inhumanidad mostrada por Bolsonaro durante la pandemia, empezó a ver con mejores ojos a Lula. Dejó de ser un monstruo. Ya no encarnaba la esperanza del cambio, como dos décadas atrás, pero sí estabilidad, tranquilidad. Y era un demócrata en toda regla. Al frente de una amplia coalición que abarca a la derecha clásica, Lula ganó a Bolsonaro en la victoria más reñida de la historia de Brasil.

Mismos protagonistas en papeles distintos

Diez años después de las protestas masivas de junio de 2013, muchos de los protagonistas de esta década dramática siguen en primera línea pero en papeles bien distintos. Lula es presidente de la República, pero con un Congreso y una oposición mas fuertes que hace dos décadas. Rousseff está al otro lado del planeta, en Shanghái, al frente del banco de los BRICS. El ultraderechista Bolsonaro en el punto de mira de los jueces: corre el riesgo de ser inhabilitado y apartado de la próxima elección; está casi mudo en Twitter y Telegram. Un tribunal consideró a Moro parcial al juzgar a Lula y ha conseguido refugio en la inmunidad parlamentaria como senador; el fiscal que lo acompañó en la cruzada anticorrupción acaba de perder su escaño; buena parte de las condenas de la Lava Jato, incluidas las de Lula, han sido anuladas por motivos diversos. La multinacional Odebrecht fue rebautizada como Novonor mientras el escándalo que lleva su nombre causa maremotos políticos en varios países más de América Latina.

Integrantes del Sindicato Nacional de Estudiantes (UNE) se manifiestan afuera del congreso exigiendo más gasto público en la educación, el 27 de junio de 2013.Eraldo Peres (AP)Asalto a la democracia

Cuando Lula cumplía su primera semana en la Presidencia y Brasil pensaba que el peligro de golpe de Estado había pasado, el bolsonarismo asaltó violentamente el corazón de la democracia. Alentados por el discurso de Bolsonaro, ciudadanos de a pie bregados durante una década en protestas callejeras de la derecha más extrema daban un paso más en el intento de instaurar por la fuerza su modelo de país. Las instituciones aguantaron el embate. Más de mil personas están pendientes de juicio.

Ni el guionista más osado apostaría su sueldo a delinear cuál será el panorama político dentro de una década, en 2033.

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