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El eclipse del sol azteca

El PRD se fundó hace tres décadas como el catalizador del descontento y los anhelos de millones de mexicanos. Era el proyecto de quienes creían en que era posible una revolución democrática. Hoy, es una entelequia, una marca registrada al servicio de intereses particulares, un partido en extinción.

Por Ernesto Núñez Albarrán/ @chamanesco

Habían pasado tres meses desde las fraudulentas elecciones del 6 de julio de 1988, cuando un grupo amplio de mexicanos reunidos en un salón del hotel Vasco de Quiroga de la Ciudad de México lanzaron un llamado a la sociedad mexicana para crear una organización que fuera la expresión política del cambio social y cultural que se había vivido en la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas.

“El partido de la democracia, de la constitucionalidad, de la Revolución Mexicana, de la dignidad del pueblo y del progreso…”, se proponían los líderes y militantes de diversas corrientes de izquierda que confluyeron en aquella convocatoria que, meses más tarde –el 5 de mayo de 1989–, daría vida al Partido de la Revolución Democrática.

El PRD era heredero de la Corriente Democrática que se escindió del PRI en 1987 y del Frente Democrático Nacional en el que confluyeron varios partidos políticos de izquierda, organizaciones gremiales y el movimiento urbano popular movilizado tras los sismos de 1985. En la campaña del 88, con Cárdenas como candidato, el Frente fue el catalizador de la emergencia ciudadana harta del sistema.

Un sistema que se cayó aquella noche del 6 de julio, para operar la imposición de Carlos Salinas de Gortari como presidente de la República.

La idea de formar un partido nació desde la propia campaña y maduró en los meses que transcurrieron entre el 6 de julio y el 14 de septiembre de 1988, cuando el Colegio Electoral confirmó el “triunfo” de Salinas.

Aquel día, ante miles de personas reunidas en el Zócalo, Cuauhtémoc Cárdenas pronunció un discurso decisivo para el futuro de la izquierda –y quizás también clave para el futuro del país.

“Al cerrar todas las vías legales de defensa de la voluntad popular, nos quieren empujar a autoderrotarnos aceptando la imposición o a que nos lancemos a una confrontación en el momento y en las circunstancias que ellos decidan…. Quieren que optemos por la indignidad o por la confrontación violenta. Quisieran que llamáramos a la confrontación, a sacarlos del poder de manera desorganizada y no preparada, para ellos responder con un baño de sangre y una ola devastadora de represión”, dijo el ingeniero.

El PRD nació como la vía institucional para derrocar por la vía pacífica al régimen de partido único que estaba cumpliendo seis décadas en el poder. El partido que nacía con el sol azteca diseñado por el artista Rafael López Castro como logotipo era un proyecto político, pero también un sueño ciudadano. Era un instrumento electoral y una vía institucional para miles de ciudadanos que, desde el 2 de octubre de 1968, habían visto cancelada la posibilidad de vencer al régimen autoritario y represor.

En su libro de memorias, (Sobre mis pasos, Aguilar 2010), Cárdenas describe así la primera asamblea, en el Hotel Vasco de Quiroga: “Fue una reunión rebosante de esperanza, de unidad de las fuerzas democráticas y progresistas que creían en las posibilidades del cambio y estaban dispuestas a luchar por él. No se veían entonces los muchos obstáculos, las incapacidades, ni las desviaciones, claudicaciones ni alejamientos de los principios que vendrían con los años”.

Treinta años después, en el PRD queda poco de aquel entusiasmo y quizás nada de aquella esperanza, pero sí mucho de las incapacidades, las claudicaciones y el desapego a los principios fundacionales.

¿Qué puede celebrar hoy el PRD, después de unas elecciones en las que se convirtió en la quinta fuerza política del país?

Es paradójica la situación del otrora partido mayoritario de la izquierda mexicana: uno de sus fundadores es presidente de la República pero, como todos los demás fundadores, Andrés Manuel López Obrador ya no está en el partido.

Un liderazgo que se valió del PRD para llegar a la Presidencia hoy desprecia esas siglas, y a los líderes actuales del perredismo no se les ocurre otra estrategia que hacer oposición con Andrés Manuel como único referente.

La actual dirigencia colegiada del partido, en la que destacan Ángel Ávila y Fernando Belaunzarán como voceros, ha decidido descalificar todo lo que venga de AMLO, cambiando las plazas públicas que antes llenaban sus auténticos dirigentes, por la estridencia vacía del Twitter.

Sin Cuauhtémoc Cárdenas, sin López Obrador, sin Porfirio Muñoz Ledo, sin Ifigenia Martínez, sin Pablo Gómez, sin Alejandro Encinas, sin cientos de líderes nacionales, estatales y municipales –que en su mayoría migraron a Morena–, ¿qué es hoy el PRD?

¿Qué peso tiene el partido encabezado por los Chuchos (Ortega y Zambrano), y otros liderazgos que no cupieron, no se acomodaron o no quisieron sumarse al lopezobradorismo?

¿Qué le queda al PRD de las alianzas pactadas con el PAN desde el sexenio de Felipe Calderón?

¿De qué le sirvió al PRD haber sido un entusiasta promotor del Pacto por México que legitimó a Peña Nieto en 2012?

¿Qué ganó negociando con Ricardo Anaya un Frente electoral en 2018?  

El PRD cometió uno de los peores errores de su historia postulando al panista a la Presidencia de la República. Esa alianza, hecha a la medida de Ricardo Anaya y Alejandra Barrales, lo desdibujó ideológicamente, le hizo perder votos, presencia legislativa, gobiernos locales y prerrogativas.

El candidato presidencial de la coalición Por México al Frente sumó 12,607,779 votos, de los cuales 1,601,648 se emitieron vía el PRD. Esos votos representan el 2.8 por ciento de la votación total emitida (56.6 millones) y no le alcanzaban al PRD ni para mantener su registro como partido político nacional.

Sin Cárdenas ni AMLO en la boleta (sus dos únicos candidatos presidenciales entre 1988 y 2012), el PRD quedó en sexto lugar. Obtuvo 23.5 millones de votos menos que Morena, el partido ganador, y quedó por debajo del PAN, el PRI, el PT e incluso del Bronco. Su respaldo electoral equivale a la fuerza de quienes decidieron anular su boleta el 1 de julio (1,602,578 votos).

Con esos porcentajes, el PRD apenas salvó el registro con su votación superior al 3 por ciento en las elecciones legislativas, y logró 20 diputados federales y ocho senadores. Pero, en lo que va de la 64 Legislatura, perdió 9 diputados y cuatro senadores, y ahora tiene unas minibancadas de 11 curules en San Lázaro y cuatro escaños en la Cámara alta.

A nivel estatal, la debacle ha sido severa: en los últimos años, el PRD perdió casi todos aquellos estados que llegó a gobernar desde su fundación: Zacatecas, Tlaxcala, Baja California Sur, Guerrero y, en 2018, Morelos, Tabasco y Ciudad de México. Actualmente, sólo conserva Michoacán, con un gobernador –Silvano Aureoles– que un día llama a votar por el priista José Antonio Meade y, al otro, se deja destapar como un probable candidato presidencial en 2024.

Con un financiamiento público de apenas 389 millones de pesos para 2019, y una deuda de más de 900 millones de pesos, el PRD es un partido con más pasado que futuro. Una marca maltratada, un edificio vacío, una estructura en extinción.

Quizás por eso, este 5 de mayo, la actual dirigencia del PRD decidió “festejar” poniendo en marcha un ejercicio arriesgado: pasar lista a los más de 5 millones de perredistas que tiene registrados ante el INE como su padrón de militantes.

Perredistas que no votaron por el PRD en 2018 y que, muy probablemente, hoy militen en Morena.

A la cúpula perredista le urge saber cuántos miembros quedan en sus filas, para que los sobrevivientes elijan una nueva dirigencia en los próximos meses y pueda procederse a la “refundación” del partido.

Mientras eso ocurre, la sangría de cuadros y dirigentes podría continuar: desde San Luis Potosí hasta Nezahualcóyotl, en San Lázaro, en la Cámara Alta y en los congresos locales.

Tras su campaña de afiliación y refrendo, quizás la pregunta pertinente será: ¿cuántos perredistas quedan activos para apagar la luz y cerrar la puerta?   




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