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El escándalo de los encuentros prohibidos crece y salpica a Boris Johnson

Boris Johnson llegaba este martes al 10 de Downing Street.
Boris Johnson llegaba este martes al 10 de Downing Street.PETER NICHOLLS (REUTERS)

El traje nuevo del emperador ha dejado de ocultar los vicios de Boris Johnson. El primer ministro británico ha cometido el pecado capital de la política: sugerir que las normas no son aplicables ni a él ni a su círculo. La cadena de escándalos del partygate (las supuestas fiestas organizadas en Downing Street durante los confinamientos de la Navidad del año pasado) le salpica ya personalmente, después de que el domingo por la tarde The Guardian publicara una foto de mayo de 2020, en pleno confinamiento, en la que aparece junto a sus asesores, su esposa y su hijo recién nacido disfrutando de vino y queso en los jardines de la residencia oficial. El diario informó el martes de que la investigación sobre las reuniones prohibidas que lleva a cabo el Cabinet Office —el departamento que ejerce de puente entre la oficina del primer ministro y el resto de ministerios— podría ampliarse a esta imagen protagonizada por él.

De momento, el primer ministro ha ganado tiempo al entregar por adelantado el regalo más esperado por muchos: el martes garantizó a los británicos que pueden mantener sus planes para el 25 de diciembre. Pero se reserva el papel de señor Scrooge tras el día de Navidad. El Gobierno ha decidido esperar ante el avance de la variante ómicron, pero los récords que se registran casi diariamente se dejan notar en los hospitales, lo que podría obligar a Johnson a convocar al Parlamento en pleno parón festivo para aprobar nuevas medidas.

Pese a su robusta mayoría de 80 diputados, la votación amenaza con constituir un nuevo trance para un premier acorralado ante su propio Gabinete —que rechaza endurecer las medidas— y rehén de un grupo parlamentario en pie de guerra contra cualquier nueva restricción, como demostró la semana pasada con el mayor motín organizado durante el mandato de Johnson, cuando un centenar de parlamentarios se negó a amparar los certificados covid para Inglaterra.

Por si fuera poco, la imagen difundida por The Guardian ha aumentado la sensación de caos que domina el Número 10. El premier y su entorno describen un encuentro que contó con 19 personas —entre ellas, la pareja de Johnson, Carrie Symonds, con su bebé recién nacido en brazos— sin distancia social, ni ordenadores, ni un solo documento o cuaderno a la vista, como una reunión “para hablar de trabajo”.

El discurso oficial mantiene que los presentes estaban allí por obligación laboral, tras una rueda de prensa. El portavoz de Johnson fue más allá: “No va contra las normas comer algo fuera de las horas de trabajo”. El argumento es, cuanto menos, discutible, ya que las normas estipulaban entonces, en mayo de 2020, que solo dos personas podían verse en el exterior y a dos metros de distancia. Pero casi lo de menos es si técnicamente incumplieron la ley, ya que la foto evidencia que ignoraron el espíritu de medidas que tenían un severo impacto sobre la vida de 68 millones de personas.

Lo más arriesgado ahora para Johnson es si la reunión pasa a ser formalmente investigada, como parte del proceso ordenado por él mismo tras el torrente de controversias del partygate. De momento, hay tres reuniones analizadas, dos en Downing Street y una en las instalaciones del Ministerio de Educación, pero los términos de las pesquisas establecen que podrían ampliarse a cualquier otra “alegación relevante”.

En cualquier caso, el daño ya está hecho. El escándalo ha reimpuesto sobre su partido las etiquetas tóxicas del pasado y, lo más preocupante para su marca personal, ha reventado la quimera de presentar a Johnson como un verso libre de la política británica, de líder incalificable al que se le condonaban hechos que harían descarrilar la carrera de dirigentes con más empaque y experiencia. No decir la verdad en tiempos de pandemia —y sobre todo desviarse de las reglas y ocultar la transgresión— puede tener un alto precio.

El primer ministro sufrió la semana pasada el primer aviso en los comicios en la circunscripción de North Shropshire, en los que los conservadores perdieron uno de sus asientos más seguros desde hace décadas en Westminster. El propio Johnson, experiodista, culpó a los medios de la derrota, pero en la misma acusación admitió implícitamente la penitencia: la mentira, probada o no, es tóxica en las urnas.

En comparación con las alegaciones de fiestas navideñas convocadas con antelación cuando la mayoría del país estaba confinado, este capítulo más reciente ni siquiera es el más nocivo. Pero es lo último que necesitaba un premier en sus horas más bajas. La prueba de su vulnerabilidad está en las propias filtraciones, un síntoma del declive de su autoridad más que la causa.

No es casualidad que hayan salido a la luz hasta 18 meses después y es difícil imaginar que un primer ministro con un férreo control del Número 10 sufriera la bochornosa difusión de una grabación en la que su portavoz admitía una celebración en la residencia oficial en pleno confinamiento, o de la comprometedora fotografía en la que él mismo aparecía junto a dos asesores, sin distancia social.

A él y a su estilo de liderazgo se le atribuyen la cultura de la permisividad que alentó los encuentros. Si no es culpable de haberlos organizado —siempre ha mantenido que no era consciente— sí se le puede imputar la querencia a la ocultación que ha dominado la gestión del escándalo.

A la búsqueda de la persona que filtró la imagen

La imagen del último disgusto para Boris Johnson fue aparentemente captada desde una galería a la que solo se accede desde las dependencias del Ministerio de Finanzas, lo que ha desencadenado en Downing Street una cacería para identificar a la ya acuñada como “rata fotógrafa” (snappy rat, en inglés). La batida llega tras las organizadas en el pasado para dar con la “rata parlanchina” que había desvelado el segundo confinamiento en 2020 y el “cerdo hablador” que criticó a Johnson tras su inconexo discurso ante la patronal en noviembre, en el que reivindicó al personaje infantil Peppa Pig. 

La lógica invitaría a señalar al departamento de Rishi Sunak, titular del segundo cargo más importante del Gobierno y uno de los nombres que más suenan para el relevo al frente del Partido Conservador. Sobre todo, ante las cada vez más sonoras especulaciones sobre un potencial magnicidio —político—, una práctica habitual entre los tories cuando consideran que un líder se ha convertido en un lastre electoral. Sin embargo, las intrigas palaciegas en Downing Street son de más largo alcance.

Las alegaciones sobre el dramático descontrol circulan desde antes incluso de la marcha del antiguo asesor estrella de Johnson, el controvertido Dominic Cummings, hace 13 meses. El ahora enemigo íntimo del primer ministro había instaurado una dinámica en la que la coerción constituía la divisa habitual. Pero el alcance de las filtraciones de estos meses sugiere un escenario sin autoridad ni dirección.

En su carrera tanto periodística como política, Johnson parecía feliz al proyectar un perfil excéntrico, de discursos no lineales y maneras impredecibles hasta para sus más estrechos colaboradores. Pero su singularidad no parece acabar de encajar en el molde del Número 10 y lo que antes era mera extravagancia se transforma en torpeza cuando no hay contrapunto que le marque la pauta.

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