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El Nacional de Fotografía premia la relectura de la historia de Ana Teresa Ortega

‘Fuerte de San Cristóbal (Pamplona), 1936-1945’, una de las imágenes del trabajo ‘Cartografías silenciadas’, de Ana Ortega.ANA TERESA ORTEGA

Ana Teresa Ortega iba para escultora. Llegó a estudiar esa especialidad en la facultad, aunque también le tiraba mucho la fotografía. Al final, decidió unir ambas disciplinas creativas en sus primeros proyectos tridimensionales con los que empezó a investigar y a romper los compartimentos estancos del arte que aún pervivían a principios de los años noventa del pasado siglo, según apunta la fotógrafa. Esa voluntad de investigar y experimentar es, precisamente, una de las razones esgrimidas ayer por el jurado del premio Nacional de Fotografía para concederle el galardón del Ministerio de Cultura, dotado con 30.000 euros, a la artista alicantina de 68 años y profesora de la facultad de Bellas Artes de Valencia.

“La verdad es que ha sido toda una sorpresa para mí. Cuando me ha llamado directamente el ministro [José Manuel Rodríguez Uribes] no sabía muy bien qué decir. La llamada me ha producido mucha extrañeza, pero claro, estoy contenta. Me hace mucha ilusión y es una inyección de motivación para continuar trabajando”, explica por teléfono.

Esos primeros proyectos “híbridos, de escultura y fotografía, con emulsiones fotográficas que insertaba sobre diferentes soportes como algodón, metales o metacrilato resultaban complejos, no eran fáciles de asumir en aquellos años tanto en el medio fotográfico como en el circuito artístico”, relata la artista, con obra en las colecciones de museos como el Reina Sofía de Madrid, el IVAM de Valencia o el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

“Antes ambos medios estaban separados. Ahora ya no. Desde hace años ya no hay distingos en las galerías de arte ni en los museos. Las cosas han cambiado mucho. Diría que la fotografía es hoy el principal soporte de la expresión artística. Hay fotografía en la pintura, en las instalaciones, en la escultura… Cuando se hablaba de crisis de la pintura, la fotografía lo invadía todo. Las imágenes en movimiento, los vídeos, se han impuesto también. Hoy la mezcla de lenguajes es absoluta. La fotografía bebe de todo y todos beben de la fotografía. Aunque, en verdad, los fotógrafos no dejan de trabajar con dos dimensiones, al margen de que hagan vídeos también”, sostiene.

Ortega, también comisaria de exposiciones, es la cuarta mujer que logra el galardón en los últimos cinco años, tras Montserrat Soto (2019), Cristina de Middel (2017) e Isabel Muñoz (2016). El fallo del jurado reconoce “su constante reflexión en torno al medio fotográfico, guiada por una voluntad indagatoria de sus límites y posibilidades como lenguaje híbrido que dialoga con la tridimensionalidad”. Ortega entiende “la fotografía como herramienta de construcción de la memoria e historia colectivas”. Su reflexión crítica sobre la fotografía, “como documento, testigo y herramienta para construir la historia y la memoria colectiva, dota a su trabajo de un profundo compromiso ético y social”, añade el jurado, presidido por María Dolores Jiménez-Blanco, directora general de Bellas Artes, y formado por diversos expertos.

La memoria histórica de los vencidos por el franquismo centra también la trayectoria de la fotógrafa. Desde 2007, enfoca su trabajo en series en las que rescata a los represaliados, como Figuras del exilio, De trabajos forzados y Cartografías silenciadas, de 2011. Esta última estaba dedicada a los antiguos campos de concentración de la España de la dictadura con imágenes de los enclaves actuales en los que estuvieron aquellos centros penitenciarios.

Esa línea de la mirada al pasado está también en otros de sus trabajos, como Pensadores y Lugares del saber y el exilio científico. En sus propuestas colabora con escritores e intelectuales “para reflexionar sobre el discurso histórico, la responsabilidad del historiador o la narración de la memoria colectiva”, subraya el jurado.

Las derivas de la memoria

“En el nivel temático”, prosigue Ortega, “siempre he tocado los mismos temas a partir de la confluencia de la historia, la literatura y la memoria colectiva”. Y añade: “Pero con sus derivas: los campos de concentración; el trabajo esclavo de los presos y las presas; los caminos, los puentes, las fábricas que construían; otra deriva me lleva a los antiguos laboratorios y centros de investigación que se crearon cuando Ramón y Cajal ganó el Nobel en 1906 en la llamada Edad de la Plata de la Ciencia española. También el tema de cómo los medios de comunicación muestran esa historia que es la que se aprende y que forma parte de la memoria colectiva atraviesa toda mi obra”.

Ortega considera que ha podido dedicarse a experimentar y a romper con el lenguaje más académico y tal vez crear de una manera más libre gracias a que “no vivía del arte, de vender piezas” y por tanto, no dependía económicamente de ello. “La estabilidad me la ha dado la universidad”, afirma la autora.




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