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El rey de Arabia Saudí pide vacunas para todos en la inauguración del G20


Iba a ser la puesta de largo internacional de Arabia Saudí tras las ambiciosas reformas anunciadas por el príncipe heredero y gobernante de facto, Mohamed Bin Salmán. Pero, sobre todo, la organización de la cumbre del G20, que se celebra este fin de semana, buscaba dejar atrás la enorme mancha causada al reino por el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. La pandemia de covid-19 ha frustrado los planes de Riad: el encuentro de líderes mundiales será virtual, lo que quita lucimiento al evento. Sin embargo, no ha evitado la campaña a boicotearlo de las organizaciones de derechos humanos.

“Ha habido decepción”, admiten fuentes diplomáticas occidentales en Riad. “La aspiración inicial de Arabia Saudí era aprovechar la presidencia rotatoria del G20 para reflotar los planes del príncipe heredero y blanquear el pasivo que ha acumulado estos años”, resume un interlocutor. Ese pasivo incluye las restricciones a las libertades, el asesinato de Khashoggi por agentes saudíes y la catástrofe humanitaria causada por la guerra de Yemen, que han eclipsado el activo de las importantes reformas económicas y sociales emprendidas bajo la batuta del heredero.

Tras el cierre de fronteras para frenar el coronavirus, las reuniones por videoconferencia de ministros, gobernadores de bancos centrales y otros delegados han privado al Reino del Desierto de la proyección mediática que esperaba. Deseoso de dejar patente su influencia global, el primer país árabe en presidir el G20 aún hablaba a finales de septiembre de reunir a los jefes de Estado y de Gobierno de los países que representan el 85% de la producción económica mundial y tres cuartas partes del comercio internacional. Por ello sorprendió el repentino anuncio de que la cumbre, presidida por el rey Salmán, sería finalmente virtual.

Así que los debates sobre el comunicado final no se beneficiarán de la diplomacia directa que salva tantas negociaciones, ni tampoco habrá la tradicional foto de familia. Al mismo tiempo, el formato evita al príncipe Mohamed el riesgo de encuentros embarazosos con algunos mandatarios como el turco Recep Tayyip Erdogan, empeñado en llegar más allá en el asunto Khashoggi, asesinado en el consulado saudí en Estambul en octubre de 2018. Aunque el heredero llegó aceptar la responsabilidad política, el juicio que condenó a ocho agentes no convenció a sus detractores. Los activistas están utilizando la cumbre para llamar la atención sobre su autoritarismo y las violaciones de derechos humanos en el reino.

“La presidencia del G20 ha conferido una inmerecida aura de prestigio internacional al Gobierno del príncipe Mohamed Bin Salmán”, declaró Michael Page, el vicedirector para Oriente Próximo de Human Rights Watch (HWR), a principios de este mes. Page denunciaba que “en lugar de mostrar su preocupación por los serios abusos cometidos por Arabia Saudí, el G20 está impulsando los bien financiados esfuerzos publicitarios del Gobierno saudí para mostrar que el país se está reformando pese al significativo aumento de la represión desde 2017”. El secretariado saudí del foro no respondió a EL PAÍS sobre estas alegaciones.

Desde que asumió la presidencia del G20 el año pasado, Arabia Saudí ha suprimido la pena de muerte para los menores, abolido la flagelación en público y reconocido el derecho de las mujeres a casarse o a vivir de forma independiente sin permiso de su tutor legal. También ha anunciado que a partir del próximo marzo los inmigrantes extranjeros podrán cambiar de trabajo o salir del país sin autorización de su empleador. Pero las organizaciones de derechos humanos consideran insuficientes los cambios e insisten en que, en realidad, se han restringido las libertades.

Amnistía Internacional, HRW y otras destacadas ONG boicotearon una reunión organizada por el G20 para no respaldar al régimen saudí. También los alcaldes de París, Londres, Nueva York y Los Ángeles declinaron participar en una conferencia online sobre desarrollo urbano como protesta por la represión interna y la guerra de Yemen. En la misma tónica, varios eurodiputados han pedido a la UE que boicotee la cumbre y miembros del Congreso de EE UU han hecho un llamamiento similar a la Casa Blanca. Ninguna de esas peticiones ha prosperado, aunque la participación de Donald Trump no está asegurada debido a su batalla personal con los resultados electorales.

En el centro de las quejas de los activistas está la detención de destacadas mujeres por defender los mismos derechos (a conducir o no depender de la tutela del varón) que el heredero está promoviendo, algo que Amnistía califica de “vergonzosa hipocresía”. “A pesar de que [su] empoderamiento ocupa un lugar destacado en la agenda saudí del G20, quienes lideraron las campañas por los derechos de las mujeres se consumen en la cárcel o están a la espera de juicio”, denuncia el grupo que insta a los participantes a utilizar la cumbre para exigir su liberación.

Desde Reporteros Sin Fronteras (RSF) han optado por interpelar a los líderes mundiales a través de las redes sociales. El anfitrión del G20 “tiene a 34 periodistas en la cárcel… ¿Podemos contar con Pedro Sánchez para que tome una postura a favor de la libertad de prensa en Arabia Saudí?”, pregunta la organización en un tuit que se repite con los nombres de otros dirigentes. Aunque no forma parte del G20, España es un invitado permanente.


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