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Fiebre de negocios entre Israel y Emiratos tras el acuerdo de normalización


Elecciones. Elecciones. Elecciones. Esa es la palabra clave. A 50 días de los comicios que podrían revalidar la presidencia de Donald Trump, el mandatario estadounidense ha sido testigo este martes en la Casa Blanca de la firma de un acuerdo histórico entre Israel y dos países del golfo Pérsico, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Baréin, que altera el actual equilibrio en Oriente Próximo y que, según Trump, ha roto por fin “el vicioso ciclo de terror que existe en la zona”. Sin mencionar nombres, Trump ha asegurado que “cinco o seis países más” establecerán pronto relaciones diplomáticas con Israel. Trump “el pacificador”, se apuntaba a sí mismo “una gran victoria” antes de las elecciones del 3 de noviembre y anunciaba “un nuevo amanecer” en la región.

“Tenemos a muchas naciones preparadas para seguir [los pasos de Emiratos y Baréin y normalizar sus lazos con Israel]”, ha dicho Trump durante una reunión bilateral con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, poco antes de participar en los jardines de la Casa Blanca en la firma de los llamados “Acuerdos de Abraham” del Gobierno israelí con EAU y Baréin. Israel ha estado representado por Netahyahu, mientras que por EAU y Baréin comparecieron los ministros de Exteriores, el jeque Abdulá bin Zayed bin Sultan Al Nahyan y el jeque Jalid Bin Ahmed Al Jalifa, respectivamente.

“Hemos cambiado el curso de la historia”, ha declarado Trump, señalando que el logro mantenido estaría en peligro si “Sleepy Joe” —como Trump se refiere despectivamente a su contrincante demócrata, Joe Biden— ganara las elecciones y retomara los contactos diplomáticos rotos con Irán por la Administración Trump y que fueron uno de los mayores logros del Gobierno de Barack Obama.

Se sumen o no a este acuerdo en las próximas semanas otros países, Trump ya se ha apuntado una importante victoria electoral al haber logrado dividir el voto judío que tradicionalmente es demócrata. La Administración necesitaba un golpe de efecto y sellar una victoria diplomática, ya que prácticamente ha carecido de ellas en los cuatro años en el poder.

Trump y Netanyahu han escenificado este martes la devolución de favores mutuos. Si Netanyahu estaba en deuda con el mandatario republicano por cada vez que este ha acudido en su ayuda durante su lucha por su supervivencia política en su país, Trump fue elevado a los altares de la paz por el primer ministro israelí con la esperanza de que el magnate renueve mandato. Si el acuerdo no constituye “la paz” que publicita Trump, ya que no acaba con el actual tablero de conflicto en la región y además entre Israel y esos Estados no ha habido ninguna guerra abierta y de hecho eran aliados de facto, sí que crea las condiciones para normalizar relaciones —apertura de embajadas; viajes— y que se sumen otros actores importantes.

Sin duda, Netanyahu y los líderes de Baréin y EAU han creado la atmósfera para que la campaña electoral del republicano anunciara la semana pasada que Trump había logrado “la PAZ en ORIENTE PRÓXIMO”, informando de que había sido nominado al premio Nobel de la Paz (escribiendo erróneamente “Noble” en lugar de “Nobel”)

“No ha sido necesario demasiado diálogo”, explicaba la semana pasada Jared Kushner, yerno de Trump y cercano consejero que ha jugado un muy importante papel en la diplomacia en Oriente Próximo. “Lo que hemos hecho ha sido crear confianza entre las diferentes partes”, resumía Kushner. “Estamos ante el principio del fin del conflicto árabe-israelí”, finalizó el yerno del presidente.

Israel empieza a llenar el vacío que está dejando el progresivo repliegue de Estados Unidos en Oriente Próximo. La amenaza común que representa Irán en la región –afianzado en Siria y Yemen– ha propiciado el acercamiento entre la potencia militar y tecnológica del Estado judío y el poderío económico de las monarquías del Golfo. La histórica ceremonia de este martes en la Casa Blanca se asemeja más a un contrato de intereses mutuos que a una entente geoestratégica. De hecho, mientras Abu Dabi se acoge a la fórmula del tratado tras haber anunciado hace un mes el intercambio de embajadas con Israel, el régimen de Manama se limita a suscribir una declaración genérica de establecer relaciones en el futuro, después de haberse sumado a última hora a la pompa de los “Acuerdos de Abraham”.

¿Asistimos al nacimiento de un nuevo Oriente Próximo? El vaticinio de Kushner parece más en línea con la estrategia de la campaña para la reelección del presidente republicano que con un vuelco tectónico en la región. Kushner, arquitecto en la sombra del pacto diplomático, ha conseguido al menos que se oficialice con gran aparato y en el momento procesal oportuno la normalización de relaciones con Emiratos y Baréin.

Se trata, en todo caso, de un proceso de vinculación regional que se ha ido estrechando desde hace más de dos décadas, cuando Israel abrió representaciones comerciales en el Golfo tras los Acuerdos de Oslo (1993) con los palestinos. Como destacaba este mismo martes en la radio israelí el exdirector de Seguridad Nacional Jacob Nagel, “no hay que sobreestimar la importancia de los acuerdos ni tampoco desdeñarla; es un proceso que crea un eje frente a Irán (…) y se sobreentiende que [Emiratos y Baréin] recibirán a cambio apoyo militar de Israel y EE UU”.

Netanyahu se ha cuidado de divulgar los detalles del acuerdo antes de la firma, y se ha limitado a ensalzar su relevancia histórica. Mientras los israelíes se disponen a pasar confinados desde este fin de semana y durante tres semanas las grandes fiestas del Año Nuevo judío, el impacto del logro diplomático del primer ministro se ha diluido en el Estado hebreo entre malas nuevas cotidianas de la crisis sanitaria y económica.

Por ahora, no hay mención expresa del rearme con aviones furtivos F-35 (teóricamente indetectables por el radar) con el que EE UU agradecerá a Abu Dabi su voluntad de acuerdo. Israel contaba hasta ahora con una superioridad tecnológica militar garantizada por Washington desde hace seis décadas. Netanyahu ha dado a entender que reclamará a Trump compensaciones para mantener la ventaja estratégica sobre los cielos de Oriente Próximo.

Los emiratíes ya han anticipado, sin embargo, que la normalización de relaciones conllevará la paralización del proyecto israelí de anexión parcial de Cisjordania, que se amparaba precisamente en el denominado “Acuerdo del Siglo”, el plan de paz para Oriente Próximo de la Casa Blanca presentado en enero y que ha sido rechazado de plano por los palestinos. Ha dejado constancia de ello en la cadena CNN la secretaria de Estado de Emiratos para Cooperación Internacional, Reem al Hashimy: “La suspensión de la anexión es un importante componente del acuerdo (…) en defensa del derecho de los palestinos a un Estado y a una vida digna”.

El mensaje de “paz por paz” que Netanyahu ha llevado a Washington frente al supuestamente abandonado consenso internacional de “paz por territorios”, esconde un evidente giro pragmático hacia la “paz por intereses”. La decisión de Emiratos, estrecho aliado de Arabia Saudí, y Baréin, reino títere de Riad, es vista como una “traición” por los palestinos, que no han podido forzar una condena de la Liga Árabe a unas monarquías del Golfo que precisamente financian a muchos de los Estados del foro regional.

Tras el fiasco de las negociaciones con Corea del Norte, Trump busca presentar en campaña un perfil de estadista internacional que soluciona y concluye conflictos en lugar de provocarlos y emprenderlos.

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