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Jacinda Ardern logra una victoria aplastante en las elecciones generales de Nueva Zelanda

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, durante un acto del Partido Laborista, el pasado 3 de octubre en Auckland.DAVID ROWLAND / EFE

Unos 80 voluntarios del Partido Laborista estaban reunidos hace unos días en el auditorio de una escuela de Auckland para pedir el voto por teléfono, cuando su líder Jacinda Ardern irrumpió en la sala. Se quedaron un segundo sin aliento antes de romper en vítores y aplausos. Ella les dio las gracias y también cogió un teléfono: “Mis llamadas siempre son más largas que las otras”, bromeó ante los periodistas que seguían el acto, y explicó lo entretenido que le resulta hablar con los votantes de los asuntos que les preocupan.

Ardern sabe que la imagen accesible y llena de empatía que proyecta es su mejor arma para ganar las elecciones del próximo 17 de octubre. Su Gobierno ha priorizado la salud de los ciudadanos por encima de la economía en la lucha contra la covid-19: cuando el virus volvió a entrar en Nueva Zelanda a mediados de agosto (después de más de tres meses sin ningún caso), la primera ministra confinó inmediatamente a la región de Auckland para detener la cadena de transmisión. Gracias a esta controvertida decisión, la segunda ola de la covid ha quedado limitada a 179 casos, y no se ha detectado ningún contagio desde el 26 de septiembre.

“Lo importante es la vida de las personas. La población con la que comparo Nueva Zelanda es la de Irlanda. Allí, tristemente, han perdido más de un millar de vidas. Mientras tanto aquí en Nueva Zelanda ha habido 25 muertos. Por eso ponemos a los ciudadanos primero, porque la economía es el pueblo y si no hay gente para trabajar, tampoco hay economía”, explica a EL PAÍS la diputada laborista Anahila Kanongataá-Suisuiki para justificar por qué el Gobierno mantiene su estrategia de lucha contra la pandemia a pesar de que ello ha llevado a que Nueva Zelanda entre en recesión.

Kanongataá-Suisuiki acompañó a Jacinda Ardern durante su visita a los voluntarios laboristas el pasado 3 de octubre. De esta forma, la primera ministra arropó en público a la candidata que se presenta en el mismo escaño electoral que la líder de la oposición, Judith Collins. El partido de centroderecha National Party ha cambiado tres veces de líder desde mayo, pero Collins ha conseguido remontar los bajísimos resultados en los sondeos. Su estilo es mucho más agresivo que el de Jacinda Ardern: ocupó varios ministerios durante el anterior Gobierno del National Party y por su trabajo como ministra del Interior se ganó el apodo de Crusher (la que machaca).

En una entrevista con EL PAÍS, el diputado del National Party Simon O’Connor reconoce que Ardern ha manejado bien las tres mayores crisis de su mandato: el atentado terrorista contra dos mezquitas en Christchurch en marzo de 2019, la erupción del volcán Whakaari en diciembre del mismo año (que provocó 21 muertos) y la covid. Pero también hay críticas: “Para mí no se trata de si perteneces al Partido Laborista o al National, porque normalmente cuando uno ocupa el puesto más alto, se espera que sepa afrontar las crisis. Pero ha gestionado bien los asuntos del día a día”, señala O’Connor. “La pobreza infantil es aún un gran problema. Cuando yo formaba parte del Gobierno había 5.000 personas sin techo, ahora hay 18.000 familias esperando una casa del Estado. La mayoría de las promesas que hizo, como la de construir 10.000 viviendas cada año, no se han cumplido”.

Los dos partidos mayoritarios han centrado su campaña en las medidas que adoptarán para reflotar una economía golpeada por la pandemia, con la creación de empleo como prioridad (la tasa de paro está en torno al 4%). Será un reto difícil de conseguir, ya que las fronteras están cerradas desde marzo y ambas formaciones han prometido reforzar el sistema de cuarentena obligatoria que permite el retorno solo de residentes y ciudadanos neozelandeses. De momento solo se plantean abrir las fronteras a países o regiones libres de covid como algunas de las vecinas islas del Pacífico.

El PIB se contrajo un histórico 12,2% entre abril y junio, pero el Gobierno laborista confía en que la tendencia se revierta con los datos del próximo trimestre. La primera ministra Jacinda Ardern defiende que la estrategia de eliminación de la covid es la que permite una recuperación económica más rápida. Los últimos sondeos indican que los neozelandeses confían en su gestión: el Partido Laborista se mantiene fuerte con casi un 50% de apoyo, mientras que el National Party consigue alrededor del 30%. Si estos pronósticos se cumplen, el laborismo solo necesitaría el apoyo de su socio tradicional, los Verdes, para formar gobierno.

Con encuestas tan favorables, en el auditorio de Auckland donde estaban reunidos los voluntarios laboristas se vivía el 3 de octubre un ambiente de fiesta. Cuando terminó la rueda de prensa, Ardern cogió su móvil e hizo un vídeo que publicó luego en las redes sociales para animar a sus seguidores a votar por su partido: “¡Es muy divertido! Yo lo llevo haciendo desde que tengo 17 años y he conocido a algunos de mis mejores amigos siendo voluntaria”.

Además de elecciones generales, el sábado 17 se celebran dos referendos: uno para legalizar la eutanasia, el otro para permitir el uso recreativo del cannabis. Ardern ha votado sí en el de la eutanasia, pero se niega a hacer público su voto en la consulta del cannabis. En uno de los debates electorales admitió que había probado la marihuana hacía “mucho tiempo”, confesión que reforzó su imagen de líder honesta y de ciudadana normal y corriente: según los estudios de la organización NZ Drug Foundation, alrededor del 80% de neozelandeses ha probado esta droga.


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