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Juan Villoro: “En México los jueces han acudido a montajes televisivos para simular que se imparte justicia”



El escritor Juan Villoro, en Madrid el 18 de noviembre.INMA FLORES (EL PAIS)

Una vez, en el Instituto Cervantes de Madrid, Juan Villoro tuvo que hacer de él y de Fernando Savater en lo que iba a ser un diálogo de ambos sobre Octavio Paz, maestro común. Savater sufrió un atasco volviendo de Italia y Villoro se quedó solo en el escenario, haciendo de los dos. Pudo haber hecho de Octavio Paz si se lo hubiera impuesto. Improvisó una conferencia que parecía también propia de la brillantez de su ilustre paisano, y también de Savater. Con esa capacidad que asimismo tiene para la escritura, ha publicado ahora La tierra de la gran promesa (Penguin Random House), que fue el tema de esta entrevista realizada en Madrid. En ese libro, un cineasta ve quemarse la Cinemateca de México, protagoniza un accidente en el que muere un amigo, y al final huye a Barcelona de la amenaza del narco, que lo busca por un documental que llevó a la cárcel a un capo. Villoro (México, 65 años) es autor también de El disparo de Argón y Materia dispuesta.

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Pregunta. Ha escrito un libro que es México.

Respuesta. Pues sí, de alguna manera creo que La tierra de la gran promesa inevitablemente es una metáfora, una expresión de lo que he vivido en México en muchos años.

P. Y es doloroso.

R. Tiene mucho que ver con el desencanto, con las ilusiones no cumplidas en las que creyó mi generación, pero también con ciertas redes solidarias, frágiles, secretas, pequeñas, que mantienen vivo el tejido social de un país tan quebrantado como México.

P. Y también su libro es España.

R. Porque hay elemento autobiográfico que tiene que ver con un asalto que nosotros sufrimos en México. Decidimos refugiarnos en Barcelona, la tierra de mi padre, y buscar un sitio en donde pudieran crecer mis hijos. Esa “tierra de la gran promesa” para mí fue Barcelona durante un tiempo, pero mi personaje vive una situación mucho más grave que la mía. Esta anécdota autobiográfica se acrecentó mucho en la novela y cobró una dimensión más dramática.

P. Ese personaje es alguien al que a los 24 años se le quema la Cinemateca, se le mata un amigo y compañero, y eso lo llena de culpa a él y a su generación. A Barcelona le llegan noticias de que esa culpa la tiene que purgar. Vuelve a México y allí la violencia adquiere en el libro niveles de enorme intensidad.

R. Siempre me ha impresionado que ciertas personas hagan trabajos de alto riesgo, que pongan en juego su vida. Una de las explicaciones es que de algún modo quieren saldar una culpa, quieren dar oportunidad al destino de que se empareje con ellos y les pase factura por algo que hicieron en el pasado. Diego González, mi personaje, depende de una herida abierta, una culpa del pasado de la que se siente responsable. Buscando saldar cuentas consigo mismo, se dedica a hacer documentales en zonas violentas de México, incluso en una casa de seguridad donde entrevista a un capo del narcotráfico, exponiéndose a que el destino ajuste las cuentas. La novela reflexiona sobre la subcultura que ha traído la violencia, la manera en que el comportamiento público ha afectado en la vida íntima de todas las personas. Cuando él trata de sustraerse y se exilia en Barcelona, descubre que el equipaje lleva su propio destino mexicano. No puede escapar de aquello que lo hizo salir de México.

Una de las circunstancias que producen las sociedades tan polarizadas como la del México actual o tantas otras es que, por momentos, quien mejor te conoce es aquel que tiene cierta rivalidad contigo

P. Decía usted mismo aquí, en 1997, que el camino más corto para triunfar en México es la corrupción. En este libro hay corrupción todo el tiempo. Y hasta el que no la comete no sabe que también es corrupto.

R. Es el retrato de una sociedad muy descompuesta. El crimen organizado trata de imponer relatos para exonerarse a sí mismo. Cuando se detiene a un capo como el Chapo Guzmán, al que se imputan tantos crímenes, algunos que probablemente son responsables de esos crímenes pueden seguir delinquiendo porque ya hay culpables designados. En México los jueces han acudido a montajes televisivos para simular que imparten justicia y los propios narcotraficantes se han aprovechado de que alguien haya sido detenido para endilgarle a él las cosas que otros siguen cometiendo. En esta pugna de narrativas entra un documentalista, Diego, que trata de ver de manera neutral la realidad. Y se ve metido en forma inadvertida en un entramado donde también él puede ser cómplice de estas narrativas en pugna. Y nadie da una información clasificada si no tiene un interés personal.

P. Nadie da gratis una exclusiva.

R. Se dice en la novela. Había un periodista en México, Manuel Buendía, que tenía una columna titulada Red Privada. Dependía de filtraciones y de noticias que no habían sido documentadas por los demás periódicos. Publicaba lo que nadie más se atrevía a comentar y fue asesinado. Pagó con su vida el precio de dar a conocer este tipo de informes clasificados. Recibía muchos datos, pero estos no eran desinteresados. Alguien quería perjudicar a otra persona o exonerarse con esta información. Fue un gran periodista que entró en esas encrucijadas; muchos años después mi protagonista pasa por una circunstancia parecida.

P. Adalberto Anaya, el periodista que trata de ponerlo al descubierto, es una víctima de ese fenómeno en la novela. ¿Cómo se puede combinar la vida con esa vida?

R. Está bien llamarlo víctima. Quise que hubiera una tensión, una rivalidad latente entre los personajes. Uno es un documentalista. Otro es un periodista que le ha ayudado a buscar información, pero se siente decepcionado porque Diego no le permitió acceder a la casa de seguridad donde tuvo éste su encuentro con el capo del narcotráfico. Hay una lucha de egos, envidias, recelos, y al final los dos son víctimas. Una de las circunstancias que producen las sociedades tan polarizadas como la del México actual o tantas otras es que, por momentos, quien mejor te conoce es aquel que tiene cierta rivalidad contigo.

Uno de los grandes problemas de mi generación, que creció en los años 60 y 70, fue que las utopías estuvieron en oferta

P. Se dice en el libro que el delito no es sólo parte de la vida en México, sino que es ya como una industria. ¿Es consciente de que lo que dice, en este caso, cuando lo está escribiendo?

R. Una de las ventajas de la novela es que puedes exponer muy diversas ideas, algunas de ellas extremas, otras contradictorias, que necesariamente no son las tuyas. Yo creo que vivimos en un momento en donde demasiadas personas tratan de imponer un pensamiento único, y una de las riquezas de la novela es presentar personajes contradictorios, muchas veces desaforados. Pensemos en Dostoievski, que tiene personajes anarquistas que él repudiaba en su vida como ciudadano, pero a los que hace hablar con tal elocuencia que en ocasiones le das la razón a sus personajes anarquistas y no al autor que estaba en contra de ellos. Soy responsable de la reunión de todas las voces de mi novela, pero necesariamente no comparto todo lo que dicen. En el caso del delito, creo que sí es una parte constitutiva de la vida mexicana actual. Eso es una tragedia. No hemos podido pasar a una sociedad suficientemente cívica que haga que no tengamos ninguna relación manifiesta con actos delictivos o corruptos. Desgraciadamente, en México lo ilícito se confunde demasiado con lo lícito.

P. ¿Ha habido alguna vez una luz al final del túnel?

R. En México se ha inaugurado muchas veces la esperanza. Somos especialistas en creer que algo va a cambiar de manera definitiva. La novela trata, entre otras cosas, de cuál es la medida de la esperanza, cuál es el alcance de lo que debemos anhelar. Uno de los grandes problemas de mi generación, que creció en los años 60 y 70, al calor de las ideas de cambio, fue que las utopías estuvieron en oferta. Pensamos que la transformación de la sociedad iba a ser absoluta, radical, que llegaría un socialismo democrático, una arcadia hippy de retorno a la naturaleza o un mundo de amor libre, previo, por supuesto, a la pandemia del sida. Esto no sucedió. De los paraísos artificiales de las drogas pasamos al narcotráfico, del retorno a la naturaleza pasamos al ecocidio, de las ideas igualitarias a los totalitarismos, etcétera. El desencanto que permea buena parte de la novela tiene dosis de esperanza si entendemos que las posibilidades de modificar la realidad no son el cambio absoluto, sino la transformación de ciertas cosas mínimas que pueden mejorar el mundo.


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