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La derrota de los demócratas en Virginia agrieta el primer año de Joe Biden en la Casa Blanca

Glenn Youngkin, en la noche electoral de Virginia.Andrew Harnik (AP)

Gran revés electoral para el presidente Joe Biden tras el triunfo del republicano Glenn Youngkin como gobernador de Virginia frente al demócrata Terry McAuliffe. Lo sucedido en las elecciones del martes en este Estado, un año después de la victoria en las urnas del mandatario, no ha podido ser más amargo y se ha convertido en una vara de medir el descontento con el actual inquilino de la Casa Blanca. A esto se suman las lecturas de la derrota demócrata en clave nacional, ya sea de cara a las elecciones de medio mandato de 2022, que podrían cambiar los equilibrios de poder en el Congreso, o a las presidenciales de 2024.

Youngkin, de 54 años y un empresario novato en política, llegó en la noche del martes a remontar los 10 puntos de ventaja que le llegó a sacar durante la campaña el veterano demócrata Terry McAuliffe, de 64 años, que fue gobernador del Estado entre 2014 y 2018. Con el escrutinio prácticamente cerrado, Youngkin sumaba ayer un 51% de los votos, frente al 48% de McAuliffe.

Nueva Jersey mitigaba un poco el revés sufrido en Virginia. Por un estrecho margen el gobernador de ese Estado, el demócrata Phil Murphy, era reelegido para el puesto. Con un 90 % de votos escrutados, Murphy ha obtenido el 50,03 % de las papeletas frente al 49,22 % del republicano Jack Ciattarelli, una diferencia de menos de 20.000 votos, pese a que los sondeos preelectorales daban a Murphy una abultada ventaja de ocho puntos, según el recuento recogido por el diario The New York Times. Ciattarell no admitía la derrota y su director de comunicación, Stami Williams, advertía por Twitter que “es irresponsable que los medios den estos resultados cuando el Secretario de Estado de Nueva Jersey ni siquiera sabe cuántos votos quedan por escrutar”.

Joe Biden aterrizaba en Washington en la madrugada de este miércoles, procedente de la COP26 de Glasgow, mientras al otro lado del río Potomac se conocía la debacle en un territorio que ganó por 10 puntos hace solo 12 meses. En ese tiempo, su figura ha llegado a alcanzar niveles de impopularidad y rechazo cercanos a los de su contrincante, Donald Trump (37% para el magnate en su peor momento y 42% para Biden).

La caótica retirada de Afganistán; la inflación y la ralentización de la recuperación económica; el impacto de la variante Delta del coronavirus; o la batalla —incluso dentro de sus propias filas— que el demócrata libra en el Congreso para intentar sacar adelante su billonario programa social y de infraestructuras, han minado a una Administración que ahora comienza a ver en cifras cómo cae el entusiasmo que impulsó al Partido Demócrata para sacar del poder a Trump. La posibilidad de que la ola antitrumpista se haya convertido en apatía ante la dificultad de cumplir las promesas electorales supone una señal de alarma para los demócratas. Con la popularidad de Biden en caída libre y tras la resaca de Virginia, el partido se enfrentaba ayer a las dudas sobre si su presidente podrá llevar a la meta su agenda interna, frenar el asalto al derecho al aborto iniciado por Texas y, entre otros asuntos, dar la batalla contra la incorporación en planes de estudios de la llamada Teoría Crítica de la Raza (Critical Race Theory, en inglés), que considera el racismo como uno de los elementos constitutivos de la historia estadounidense.

Echando la vista atrás, uno de los mayores tropiezos de McAuliffe durante la campaña perdida en Virginia fue proclamar en un mitin que los padres no tenían nada que decir sobre lo que las escuelas decidieran enseñar a los alumnos. La educación ha sido finalmente clave en estos comicios. Conner Lelland, que votó el martes en Arlington (Virginia, colindante con la capital Washington), es uno de esos padres furiosos que secundaron la promesa de Youngkin de prohibir la enseñanza de la Teoría Crítica de la Raza. Lelland considera que supone un adoctrinamiento racial y de resentimiento hacia los blancos (en este caso, sus hijos). “La victoria de Youngkin movilizará de nuevo a los republicanos; no quiero decir que devuelva a Trump a la Casa Blanca, pero sí a una figura de ese partido”, decía Lelland, de 37 años y auditor de profesión.

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“Juntos cambiaremos la trayectoria de este Estado y vamos a comenzar esa transformación desde el primer día”, aseguró Youngking frente a sus simpatizantes poco después de su triunfo. Directivo de un importante fondo de inversión, Youngkin perfiló su campaña sobre una imagen de hombre de negocios, tranquilo y entregado a los valores familiares. Con su eterna sonrisa y un chaleco contra el frío evitó aparecer junto a Donald Trump, aunque aprovechó el tirón de algunos temas que movilizan a los seguidores del expresidente (educación y aborto, entre otros) ahora afincado en Florida, desde donde mueve los hilos del Partido Republicano.

Por su parte, los demócratas trataron hasta la extenuación de caricaturizar a Youngkin como un clon de Trump, algo que los votantes no parecen haber compartido. Mientras la distancia entre el republicano y el demócrata se agrandaba, McAuliffe comparecía pasadas las 22.00 del martes (tres de la madrugada, hora peninsular española) ante sus seguidores. Sin tirar la toalla, parecía avanzar el desastre. Su entorno y su familia mostraban la frustración por la derrota.

Aun así, tratando de mostrar el máximo entusiasmo posible, tras dejarse 17 millones de dólares (casi 15 millones de euros) de su bolsillo en anuncios televisivos, el demócrata declaró que cada voto contaba y que la lucha no había terminado. Pero finalizó pocas horas después, con Biden ya en la Casa Blanca, y enterrado el optimismo que había exhibido por la mañana al afirmar: “Vamos a ganar. Creo que vamos a ganar en Virginia”.

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