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La OCDE insta a México a atajar la falta de competencia para relanzar la productividad y el crecimiento


Si México quiere incrementar la productividad, uno de los siempre citados requisitos sine qua non para el crecimiento económico a largo plazo, antes debe atajar el lacerante y muchas veces olvidado problema de la falta competencia. “Aumentar la productividad requiere más competencia y una continuación de los esfuerzos por reforzar el Estado de derecho”, sentencia la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en sus últimas previsiones económicas globales, publicadas este jueves. En ellas, el think tank de los países ricos llama al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador a “garantizar a las autoridades de competencia y a los reguladores sectoriales los recursos adecuados para llevar a cabo sus mandatos”, lo que “ayudaría a intensificar la productividad y reducir los precios [al consumo], beneficiando particularmente a los hogares de bajos ingresos”.

En un país tan desigual como México —en el que más de la tercera parte de la riqueza está en manos del 1% de la población—, la falta de competencia económica va mucho más allá de la productividad o el crecimiento económico: es, también, un problema que agrava una ya de por sí muy dispar distribución de la renta y los activos entre ricos y pobres. Según un reciente estudio de la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece), las familias mexicanas tienen que desembolsar, en promedio, el doble de lo que deberían por la ausencia de concurrencia entre empresas en varios sectores de la economía. El sobreprecio pagado por los hogares más pobres es aún mayor: hasta del triple del precio que abonarían si se garantizase la competencia, dado que los bienes más básicos de consumo son también los que más encarece el poder de mercado. Cuando una empresa o un grupo de empresas opera un mercado en régimen de monopolio u oligopolio, tiene una mayor facilidad para maximizar su beneficio con unos precios más altos. Además, el incentivo de esas compañías para invertir es mucho menor, lo que lastra la productividad y el crecimiento de la economía.

En una mejor situación de competencia, el índice de Gini mexicano —una de las métricas más populares de la inequidad de un país, en la que el uno es la desigualdad absoluta— pasaría del 0,48 actual al 0,44: por sí sola no solucionaría todo el rompecabezas de la desigualdad, pero sí mejoraría notablemente las cosas. Durante la campaña electoral que llevó a López Obrador a la presidencia hace un año, el entonces candidato y su equipo deslizaron la necesidad de incrementar la competencia. Pero, lejos de reforzar los recursos destinados a este fin, en los dos últimos años la Cofece ha visto reducido en un 5% el monto asignado en el Presupuesto federal y los esfuerzos gubernamentales por incrementar la concurrencia se han centrado en único sector: el financiero.

Nuevo cuadro mexicano y regional

En el plano macroeconómico, el ente que dirige el mexicano Ángel Gurría apunta a una drástica caída del crecimiento en el país norteamericano —del 2% de 2018 pasará al 0,2% este año— lastrado por las tensiones comerciales a escala internacional —a pesar de que México es uno de los pocos países beneficiados, en lo individual, por la guerra comercial entre Estados Unidos y China—, la “incertidumbre política” interna y la moderación del gasto público. Factores, todos ellos, que han afectado a la creación de empleo en el sector formal, que ha caído, y el desempleo, que pica al alza. A medio plazo, en cambio, la OCDE espera una mejora gradual de las principales constantes vitales de la economía mexicana, con un crecimiento del 1,2% en 2020 y del 1,6% en 2021.

Para la gran potencia latinoamericana, Brasil, el club que reúne a los 36 países más ricos del mundo pronostica una “recuperación gradual” tras un mal 2019 en el que el crecimiento de la economía perderá la barrera del 1% hasta situarse en el 0,8%. “La aprobación de la reforma de pensiones y la perspectiva de progresos en las reformas estructurales están aumentando la confianza y apoyando la inversión”, un panorama en el que también está ayudando la rebaja de los tipos de interés. La mejora de la economía brasileña está sujeta, recuerdan los técnicos de la OCDE, a que “la agenda de reformas siga avanzando” y recuerda que, a pesar de la mejoría en el empleo, la mayoría de puestos que se crean son “de baja calidad, muchos de ellos en el sector informal”.

También hay que tomar con un grano de sal, como admite el propio organismo con sede en París, el cuadro macroeconómico que dibuja para Chile en sus previsiones anuales, toda vez que las consecuencias del estallido social sobre el sector productivo son aún una incógnita. Dejando a un lado esa importante variable, el think tank cree que “las mejores condiciones financieras y el aumento del precio del cobre -del que Chile es primer productor mundial- deberían apuntalar la inversión”. Tras el tijeretazo de este año, cuando el país sudamericano crecerá el 2,2%, casi la mitad que en 2018, el crecimiento debería levantar cabeza tímidamente en 2020, hasta el 2,4%, para despegar definitivamente en 2021 -3,5%, muy por encima de la media regional y en línea con las previsiones para la economía global-.

Colombia, por su parte, prolongará su buena racha de “crecimiento robusto en los dos próximos años”, tras cerrar este 2019 con una expansión del PIB del 3,4% gracias a la marcha positiva del consumo y la inversión. Sin embargo, el empleo cerrará el año en curso en doble dígito (10,1%), un nivel muy por encima de la media regional. El club de los países más desarrollados, con el que Colombia ya ha pactado su adhesión, alerta además de la necesidad de que el crecimiento sea mucho “más inclusivo” que hasta ahora y pide a las autoridades medidas que sienten las bases para la creación de puestos de trabajo “formales y de alta calidad”.

La peor parte se la lleva Argentina, “una economía en recesión” en la que “la incertidumbre sobre las prioridades políticas futuras han desencadenado salidas de capital y una fuerte depreciación de su divisa”, el peso. En este contexto, y sumida aún en el programa de rescate pactado con el Fondo Monetario Internacional (FMI), la segunda mayor economía de América del Sur encadenará tres años consecutivos en números rojos: si la caída de 2018 fue del 2,5% del PIB, en 2019 será del 3% y en 2020, del 1,7%. Un tono claramente recesivo del que solo logrará escapar en un todavía lejano 2021, cuando debería crecer en el entorno del 0,7%.


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