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La otra ‘casa de las flores’: el paraíso secreto de los niños

Este lugar no tiene el nombre en su entrada, porque quiere mantener su anonimato. El sitio se va conociendo de boca en boca. El objetivo de mantenerse oculto es que niños y niñas puedan entrar sin que los adultos sepan a dónde van. Que su paraíso, La Casa de las Flores, el lugar donde poder jugar, sea solo para ellos. Muchos padres no permitirían que sus hijos, y sobre todo sus hijas, vayan a descansar unas horas de las tantas que pasan al día vendiendo por la calle. A más horas a la intemperie, más probabilidad de conseguir alguna moneda.

San Cristóbal de las Casas (México) es el edén para el viaje de mochila. E incluso ya tiene sus rincones destinados al turismo de lujo. Aeropuerto cerca, alojamientos para todos los gustos, restaurantes, mucha comida ecológica, yoga a precio asequible, talleres para sanar la mente y el espíritu. Hay muchos extranjeros de países ricos para emprender proyectos alternativos. Y, en medio de esto, o como centro de todo, los pequeños con ropas coloridas, vendiendo a precio de saldo cosas varias. O mendigando unas monedas “para Coca Cola”, base de su dieta y que con sus azúcares, ayuda a engañar al hambre que produce comer poco.

El turismo contrasta con la realidad de las calles: en el informe La medición multidimensional de la pobreza del CONEVAL, se concluye que el 82,3% de las personas menores de 18 años de Chiapas vive en situación de pobreza. Lo que haría de este el Estado con mayores niveles de pobreza infantil y juvenil, según un análisis del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de 2018.

Los tipos de trabajo callejero en este precioso estado del sur de México, muestran una clara diferencia entre sexos. Las niñas y mujeres acarrean kilos de ropa, bisutería o artesanías y a veces también bebés, suyos o de sus madres. En 2017 en México, dos de cada diez nacimientos eran de una mujer menor de 20 años. En el último estudio de la Conapo (Consejo Nacional de Población de México), realizado en 2016, se mostraba que Chiapas es uno de los tres Estados con mayor maternidad infantil y adolescente y que estas cifras habían aumentado desde los años 90.

Los niños y niñas que atendemos no cuentan con certificados de nacimiento y por lo mismo no existen en el sistema. No pueden recibir atención médica, ni asistir a la escuela, y en caso de desaparecer no hay manera de levantar un acta

Por su parte, los niños cargan cajas de madera llenas de cigarrillos, que se venden sueltos, porque así dan más ganancia, o bien portan cajas de madera para lustrar los zapatos de los turistas que no vayan en deportivas (algo difícil). Los hombres de las comunidades no suelen trabajar en la venta callejera. Sus oficios están en el campo, las minas de piedra o la construcción.

Domingo tiene impuesto el turno de noche. Lleva unos zapatones enormes que alguien le regaló, sin calcetines. ‘No tengo, señora’, responde con su vocecita ante el espanto de una turista viendo sus pies casi desnudos. La noche presenta cinco grados y él tiene que sentarse durante horas delante de una de las vinaterías de moda para vender sus chicles y sus cigarros a cinco pesos (25 céntimos de euro). Todas las noches entre las cinco de la tarde y las dos o tres de la mañana, Domingo se sitúa ahí. No dice quién lo trae a la ciudad y quién se lo lleva de vuelta. Pero cuando empieza a vaciarse la calle principal suena un walkie talkie viejo que lleva enganchado a la trabilla de su pantalón y, como un autómata, recoge sus cosas y muestra a los que le rodean que ya no puede darles más conversación. Su hermana, unos metros más allá, acude también a la llamada y con sus kilos de artesanías enganchadas en un rebozo a la espalda, se reúne con él y se van juntos. Unas calles más allá hay todos los días furgonetas que dejan a los menores en la ciudad y se los llevan cuando acaba el día.

Una casa con su huerta

Domingo dice que su sueño cuando sea mayor es tener una casa con su milpa (huerta para el maíz). Alguien le ha echado a él y su familia de donde vivían. La base de la economía de los pueblos nativos del lugar, ha sido siempre la agricultura. Las cifras oficiales dicen que Chiapas es el estado más pobre de México, pero defensores de los derechos humanos prefieren decir empobrecido: es rico en recursos, tiene mucha agua en un mundo que se va secando, y esas riquezas han catapultado a la pobreza a sus habitantes más vulnerables, junto con el conflicto armado en las montañas. Chiapas produce alrededor de la mitad de la energía eléctrica que se crea en todo México. Y en un mundo donde el dinero prima, las tierras han ganado el pulso a los humanos pobres, que llevan décadas siendo expulsados de sus casas. “Los desplazados por las presas padecen pobreza al desaparecer sus medios de subsistencia”, resumía un análisis sobre las presas hidroeléctricas creadas por todo México, realizado por un doctor de la Unam.

Al mismo tiempo, se calcula que el último conflicto armado que se dio a comienzos del año 2018, dejó a 5.000 personas desplazadas en el Estado, todas ellas indígenas, como recordó la Comisión Nacional de los Derechos Humanos a comienzos de 2019. Esta cifra se suma las de los conflictos de las últimas décadas. Muchas de estas personas se mudaron a ciudades como San Cristóbal de las Casas, en busca de alguna oportunidad.

La población originaria de la localidad no suele sufrir de estos problemas de pobreza. Son de mayoría mestiza y muchas veces se les acusa de racistas frente a los nativos de Chiapas. En medio de este lugar, está La Casa de las Flores. Silencio y paz. Esas son las sensaciones que produce el cruce del portón de ese rincón secreto, ubicado en una de las calles aledañas al centro turístico, no lejos de la plaza principal. El clima en San Cristóbal de las Casas, ubicada a 2.200 metros de altura, es duro. El sol pega fuerte y quema la piel si no la proteges. Y el frío puede ser más o menos, pero rara vez cesa. La temporada de lluvias, entre junio y octubre, inunda las calles de agua.

En La Casa de las Flores se aprende a leer y a escribir. Las educadoras del lugar ofrecen los derechos humanos que la marginación y la miseria han robado a los nativos chiapanecos. Hay una bicicleta que un niño ha dejado apoyada en la pared, al lado de la caja de madera gruesa donde los turistas colocan sus pies para que él les limpie los zapatos y el niño ahora está bajando por el mini tobogán que se sitúa al centro del patio. También hay una cocina que crea platos de comida calientes, para muchos, la única comida del día.

Para muchos de los menores que acuden a esta casa esta es su única comida diaria.

Existe un huerto que entre todos cuidan, talleres a diario (de pintura, de moldear barro o para saber comprender y gestionar las emociones), hay juguetes y libros de colores. Y hay respeto por las personas. Claudia Castro, creadora y directora explica que las cifras locales oficiales calculan que en San Cristóbal aproximadamente trabajan unos 4.000 niños y niñas en la calle, pero ella cree que ese número está por debajo de la realidad, sobre todo en temporada alta de turismo. Cuenta también que este lugar se mantiene gracias a las donaciones.

Castro afirma que además de los menores visibles, también hay muchos que “trabajan en las minas de piedra, en los bares de las zonas marginales y limpiando las casas”. Este espacio recibe a diario a unas 15 personas. En sus 10 años de trabajo, calculan que 700 menores han sido parte de esta familia. “Los niños y niñas que atendemos no cuentan con certificados de nacimiento y por lo mismo no existen en el sistema. No pueden recibir atención médica, ni asistir a la escuela, y en caso de desaparecer no hay manera de levantar un acta”, dice Claudia.

Diferencias entre niñas y niños

Hay más niños que niñas en La Casa de las Flores. No es que ellas no trabajen. La pobreza no entiende de manos que consigan llevar unos ingresos a hogares donde el hambre acecha y, de hecho, suele atacar más las chicas, como ha analizado Unicef. Pero es que, mientras que los niños tienen más libertad, ellas siempre van con sus madres. Hasta que lleguen a una edad en la que se casen y comiencen a traer nuevos hijos que puedan apoyar la economía familiar. Y las madres son las que cuidan que las niñas hagan lo que deben hacer. Ellos, sometidos a menos control, pueden escaparse un rato de sus quehaceres.

Además de esto, cualquier cosa que quieran hacer las niñas y mujeres fuera de sus obligaciones es objeto de control y crítica. Claudia Castro, explica que, “de pequeñas les dan más libertad, pero en el momento que pasan a ser adolescentes, sobre los 11 años, pueden ser muy mal vistas por su entorno si alguien se entera de que comparten espacios con chicos, aunque sea un lugar de aprendizaje y descanso”. De hecho, ni siquiera el ocio está bien visto en el género femenino, pilar de los hogares chiapanecos.

Las mujeres trabajan fuera de casa y también llevan todo el peso de las tareas domésticas. Desde pequeñas se las educa para que conozcan sus obligaciones: “En las horas en las que están en casa, mientras los niños pueden jugar, las niñas se ocupan del hogar y de cuidar a sus hermanos, desde muy pequeñas”, añade Claudia, que tras 20 años viviendo en esta ciudad, conoce muy bien las dinámicas sociales. Dinámicas que encuentran aquí un respiro.

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