La política se convierte en fútbol



Alberto Casero en 2017.Paco Campos (EFE)

Hasta el jueves, Alberto Casero no existía. Había que estar muy metido en la cosa política y alternar mucho en los bares de al lado del Congreso para saber quién era. La vida de los fontaneros de los partidos es tan discreta que, cuando saltan a la fama, nadie tiene fotos para ilustrarla, mientras los reporteros rastrean a la presa por los campos de Trujillo, como perros truferos. A la espera de que el interfecto salga de su escondite, las teles tienen que llenar horas y horas hablando de un fantasma.

Resolvieron este vacío con una filmación en bucle de la bancada parlamentaria popular donde señalaron con un circulito la figura nerviosa, trágica y enmascarada de Casero, que se movía en la tercera fila como un jugador de fútbol en busca del balón, como si quisiera salvar la honrilla con un regate, después de haber hundido al equipo. ¡A mí, a mí!, parece que grita Casero desde ese circulito que recorre la pantalla una y otra vez, mientras los tertulianos de los platós discuten si hay que anular el gol o no.

Esta semana, la política ha hecho del todo suya la lógica del deporte. Hasta el ministro Félix Bolaños hablaba, jocoso, de goles y victorias. En la psicomagia charlatana de Jodorowski, las cosas se transforman cuando el inconsciente acepta las metáforas. Eso ha hecho la política: aceptar la metáfora del fútbol. La tele lleva tantos años narrando la vida parlamentaria con el estilo de Carrusel deportivo, que ya no se distingue un debate o una votación de la retransmisión de un partido de fútbol de Segunda donde el realizador marca con circulitos a los jugadores protagonistas porque el público no sabe quiénes son.

Ahora nos reímos mucho. Cómo no reírse. Ya tendremos tiempo de llorar cuando descubramos el daño incurable que le hemos causado a la democracia parlamentaria.

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