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México, grandeza y diversidad: por una historia verdadera | Artículo

Julio Moguel

 I

 Uno de los afluentes transformativos más relevantes de “la 4ª” se encuentra hoy por hoy en el plano de la revisión profunda de nuestra historia. No es menor lo que ya ha venido haciendo en ese terreno el Fondo de Cultura Económica –tema que trataremos en una futura entrega–, y no son de poco calado algunos esfuerzos de reinterpretación que provienen de estudiosos universitarios, o de aportaciones que llevan el sello o la firma de pensadores o luchadores sociales que, contando con buena pluma, han tenido justo en este periodo las mejores condiciones para mostrar facetas de nuestro pasado que antes simple y llanamente no “cabían” en ningún espacio editorial.

Visto el tema en su conjunto, se puede decir que justo en este fértil periodo de “la 4T” se ha venido dando con suficiente radicalidad un proceso de “revisitación” deconstructiva-reconstructiva de nuestra historia, en la que México empieza a aparecer con sus verdades profundas. (Y valga decir que no sólo en el plano de la historia, sino en muy distintos ámbitos de interpretación, en lo social, en lo político, o en el pensamiento económico y en lo cultural. Dejo aquí pendiente, por ejemplo, el rescate en proceso de la obra de Thierry Linck).

Desde la línea de acciones marcadas por el propio gobierno de “la 4ª”, no ha sido poca cosa lo que se ha logrado al resignificar los puntos-clave que marcan la ruta de la “1ª Transformación”. En lo que ha sido el proceso conmemorativo de la promulgación de la Independencia –fijado en la temporalidad que ha corrido de febrero a septiembre de 2021, a 200 años de aquel acontecimiento–, Iturbide ha sido desnudado para mostrar sus “verdaderas intenciones” monárquicas y dictatoriales; los pueblos indígenas y afrodescendientes han emergido como los grandes factores sociales del proceso transformativo; y la guerra popular perfilada por Hidalgo, Morelos o Guerrero –entre otros importantes héroes independentistas, como Pedro Ascencio Alquisiras– se ha convertido en el eje central de la reconfiguración histórica que se vive.

Hay otros ámbitos y niveles en los que emerge o se despliega vitalmente esta “revisitación” de la historia. Pero ahora quiero referirme a uno de los más importantes momentos de este proceso de revolución ideológica-cultural que tenemos en curso, a saber, la edición por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México: grandeza y diversidad, libro que será distribuido en los próximos días en todas las secundarias y preparatorias, así como de cada una de sus partes, en forma de revista, para colocarse a un precio accesible en todos los puestos de periódico del país.

Escultura de Pedro Ascencio Alquisiras por Martín Camilo Henriquez Loza ubicada en Almoloya de Alquisiras

 

II

México: grandeza y diversidad, hermosamente ilustrado, tiene 478 páginas y ha sido construido por más de 30 especialistas. Sus coordinadores: Diego Prieto Hernández y Aída Castilleja González.

Me limito aquí a mostrar algunas de las líneas que marca y vale el libro, en mi opinión, en la “revisitación” de la historia de la que hemos hablado. Diego Prieto las ubica con significativa precisión en la introducción de la obra. Pongo los acentos en siete puntos:

  1. Los verdaderos “descubridores de América” fueron “los primeros grupos humanos” que hace 16 mil años “empezaron a habitar nuestro continente”. Ruptura-deconstrucción aquí, por parte de Prieto, del mito común en torno al “descubrimiento de América” por parte del conocido nauta genovés, hoy por hoy desmontado del pedestal que ocupó desde el siglo XIX en el Paseo de la Reforma.
  2. “Las culturas que se desarrollaron en nuestro territorio –continúa Prieto– son expresión de uno de los grandes impulsos civilizatorios originarios en el mundo”. La validez o el valor de tales culturas, en consecuencia, tiene que ayudar a la construcción de una “nueva historia del mundo”.
  3. ¿Particularidades significativas de esas culturas? Entre otras, la de tratarse de un “complejo proceso cultural y social, en que diversos grupos humanos establecieron una relación simbiótica con la tierra, el agua y los seres vivos”. Reflexión que define puentes magníficos para entender la forma en que muchos ámbitos ecosistémicos de la patria mantienen como propios y vitales, y no como “superestructuras”, los saberes técnicos, místico-religiosos y relacionales de tales conglomerados humanos.
  4. La ubicación de “lo olmeca” en condición del universo sistémico-cultural y de reproducción fundante de las poblaciones indígenas de México. “Lo olmeca impactó profundamente en los modos de ser y de pensar de muchos pueblos (e) impulsó el nacimiento de los primeros centros hegemónicos […]”.
  5. “La enorme influencia –sigue diciendo Prieto– de los grupos de origen africano que llegaron por la fuerza como esclavos, para desempeñar los trabajos más rudos y fatigosos”. (Lo que permite entender la importancia de que muy recientemente se haya incorporado a la Carta Magna del país a las poblaciones afrodescendientes como sujetos de igual derecho que los pueblos indígenas).
  6. “El desnudamiento”, ya referido antes, de la figura de Agustín de Iturbide. Dice Diego Prieto: “Gracias a la constancia de Guerrero, que mantuvo las guerrillas en el Sur y a que las clases populares tomaran consciencia de su fuerza, se mantuvo vivo [el proceso revolucionario], obligando a la oligarquía criolla, representada por Iturbide, a negociar mediante el Plan de Iguala las condiciones de la separación de España.”
  7. Contra la “historia patriarcal” que nos domina, dice el presentador de la obra: “[La historia del país] no puede entenderse sin considerar, en todo su potencial, la lucha de las mujeres y de los movimientos feministas […] contra la dominación patriarcal que las concibe como objeto de uso y de apropiación para los hombres.”

Cuartoscuro

III

El libro comentado, en su conjunto, apunta muy alto en la calidad y en la riqueza de sus contenidos, convirtiéndose en un esfuerzo monumental para la necesaria y urgente construcción o reconstrucción de una nuestra historia verdadera.

La lista de quienes han tejido este magnífico libro es larga, pero creo que vale la pena señalar, que, entre esas plumas destacadas –menciono a aquellas a las que les he seguido la pista–, aparecen joyas de reinterpretación de autores como Arturo Argueta Villamar, Eduardo Matos Moctezuma, Rodrigo Martínez Baracs, Leticia Reina Aroyama, Antonio Saborit, Salvador Rueda Smithers, Martha Terán, Carlos San Juan Victoria, Francisco López Bárcenas y Armando Bartra.


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