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Mi opinión

Adriana Lastra, portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, durante una conferencia de prensa el pasado septiembre.EUROPA PRESS/M.FERNÁNDEZ. POOL / Europa Press

Lionel Barber, exdirector del Financial Times, sostiene que “un periódico tiene que ser capaz de desafiar a sus lectores naturales, darles de vez en cuando algún codazo”. Alude así a la conveniencia de publicar a veces opiniones contrarias a la línea editorial del medio y al sentir general de sus lectores. Suscriptores de EL PAÍS creen recibir de ciertos columnistas no algún que otro codazo, sino constantes rodillazos y patadas en las espinillas.

Las quejas por columnas de opinión han sido las más habituales en 2020. Suelo responder de oficio que las opiniones son libres y que EL PAÍS admite todas, salvo las que defienden la violencia. Con el mismo argumento, también deben conocerse las opiniones de los lectores.

Esas quejas se centran en dos o tres columnistas y especialmente en Félix de Azúa, a quien ya cité en otra columna hace año y medio por motivos similares. En sus textos ha calificado de “mujer talluda” y “cuarentona indocta” a la dirigente socialista Adriana Lastra (1 de diciembre); ha llamando “caótico y trapacero” al Gobierno y ha abogado por sustituirlo por otro “de técnicos, con mucha experiencia y ninguna ideología” (7 de abril); a los integrantes del Ejecutivo los ha denominado “rancios ideólogos del chavismos del peronismo y del nacionalismo” (24 de marzo); y ha dicho que ser progresista, como se define este periódico, es “apoyar a los herederos del terrorismo…, cobrar en negro de matarifes como Maduro…” (8 de septiembre).

Hay lectores que se sienten agredidos. Como Sergio-Ernesto Santillán: “Los insultos contra la señora Lastra están teñidos de machismo y mala voluntad”. Para Ángel Alda, De Azúa se comporta como “machista y clasista”. Miguel V. Freire observa “sectarismo agresivo” y agrega que De Azúa y algún otro columnista no dicen “nada negativo de los dirigentes políticos de la derecha salvo alabanzas y panegíricos, ni tampoco nada positivo de los de izquierdas”. Félix Rebollo: “Insulta a los que no somos de su opinión”. Laura González: “¿Esto es libertad de expresión? No, esto es amarillismo puro y duro”. Julio Villanueva: “Las columnas de Azúa son un insulto a la moderación, indignas de un diario de calidad”. Juan Ochoa: “¿No pueden ustedes bajar esos decibelios alarmistas?”

Félix de Azúa responde: “Comprendo la irritación de algunos lectores que sólo quieren leer aquellos textos que confirmen sus creencias, de manera que me excuso, pero no por eso puedo renunciar a las mías. Feliz año también para mis adversarios”.

Quienes critican asumen que el periódico está en su derecho de publicar opiniones discrepantes. Las protestas vienen en los “peros”: “…pero nada dice a favor del diario mantener a un señor tan próximo a la extrema derecha” (Ricardo Forcat); “…pero la pregunta es si los lectores queremos leer los disparates, las exageraciones, las mentiras con las que estos señores tratan de quitar legitimidad a un Gobierno legítimo” (Julio Villanueva); Hace meses, Javier Muñoz Álvarez pidió a los columnistas “que no empleen expresiones gruesas e irrespetuosas”. “Los lectores”, comentó, “también somos libres para reclamar que su línea editorial esté en consonancia con lo que busca el lector tradicional del periódico”.

El subdirector y jefe de Opinión, Andrea Rizzi, ve así la situación: “EL PAÍS tiene entre sus valores fundacionales el compromiso de ‘acoger todas las tendencias’ dentro del marco democrático y ‘respetar al máximo la voluntad’ de los autores de textos de opinión. Así lo establece el Libro de estilo, que también marca los límites: los textos no pueden propugnar la violencia, deben “basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos”.

“Algunas columnas del Sr. Félix de Azúa”, añade Rizzi, “son cuestionables bajo este último criterio. He hablado con él al respecto, manifestándole mi apoyo total a su libertad de criticar a quien considere oportuno pero invitándole a no olvidar ese límite. La sección de Opinión vela por que esos criterios estatutarios se respeten e interviene cuando lo considera necesario. Lo ha hecho con el señor de Azúa y otros autores desde que asumí la responsabilidad del área hace tres meses. Pero la frontera entre libertad de opinión y respeto a las personas no es una fórmula matemática. Es una gestión delicada y subjetiva. Por tanto es discutible y comprendo que haya lectores que discrepen de cómo se lleva a cabo”.

El periódico sabe que aumentan los lectores con cardenales causados por contundentes codazos de columnistas. Unos días más que otros. Lo percibe así Muñoz Álvarez: “Los martes actúa De Azúa, con licencia para insultar y ofender”.

No, el periódico no da esas licencias.

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defensor@elpais.es

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