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Pasionaria fue la primera mujer que dirigió un partido en España. Esta es la historia de un mito del comunismo



Dolores Ibárruri, en una imagen tomada aproximadamente en 1936.Keystone (Getty Images)

“Naciste para dar dirección a los vientos”, expresó Miguel Hernández en su poema Pasionaria. Dolores Ibárruri Gómez (Gallarta, Bizkaia, 1895-Madrid, 1989) perteneció a la primera generación de militantes comunistas, aquella que, deslumbrada por el resplandor de Octubre, rompió con una socialdemocracia hundida por la inmolación de la clase obrera europea en las trincheras de la Gran Guerra para volcarse en la construcción de un partido capaz de replicar la Revolución bolchevique. De la mano del minero Julián Ruiz —con quien se casó con 20 años en la parroquia de Gallarta el 19 de febrero de 1916—, la hija de Antonio y de Juliana, aquella joven que vio frustrada su vocación de formarse como maestra, cambió los rituales católicos en el Apostolado de la Oración por la militancia en el PSOE, en el que ingresó en diciembre de 1917.

Desde 1919, la Agrupación Socialista de Somorrostro, a la que pertenecían, preconizó la incorporación a la Internacional Comunista. Al año siguiente, tras la escisión desencadenada por la dirección de las Juventudes Socialistas, se unieron al Partido Comunista Español, que en noviembre de 1921 se fusionó con el Partido Comunista Obrero Español (fruto de otra división en el PSOE) para alumbrar el Partido Comunista de España.

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Hasta su designación como miembro del Comité Central en 1930, Pasionaria (seudónimo que desde 1918 empleaba para firmar sus artículos en la prensa izquierdista) fue una militante más en la cuenca minera vizcaína, en una década marcada por la muerte temprana de sus hijas Esther, Azucena, Amagoya y Eva, víctimas de la miseria que azotaba a aquel modesto hogar. Fueron unos años críticos también para un Partido Comunista golpeado por la represión de la dictadura de Primo de Rivera y debilitado por su radicalismo y sectarismo, hasta el punto de que fue incapaz de comprender la trascendencia de la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931. Ese día, Dolores Ibárruri llevó a sus hijos, Rubén y Amaya, a la plaza del Ayuntamiento de Muskiz para compartir la alegría popular.

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SuscríbeteDolores Ibárruri, en su despacho de la Internacional Comunista en Moscú (1940).Archivo de Dolores Ruiz-Ibárruri Sergueyeva

El 30 de septiembre, dejó atrás la vida de ama de casa en Bizkaia, puso fin a su matrimonio y llegó a Madrid para trabajar en el periódico del PCE, Mundo Obrero. A partir de 1933, ya como miembro del Buró Político y responsable de la Secretaría Femenina, tuvo un cierto protagonismo en el progresivo viraje de la estrategia del partido, singularmente al impulsar en 1934 la creación del Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo.

Elegida diputada por Asturias en la candidatura del Frente Popular en 1936, fue en las primeras semanas de la guerra cuando empezó a forjarse, en medio de la epopeya del primer pueblo que levantó las armas para detener el avance del fascismo, el mito de Pasionaria. Y con el impulso del potente aparato de propaganda de la Internacional Comunista su figura se convirtió en el icono universal de la resistencia republicana, acompañada de aquella consigna que sobresalía en el llamamiento del PCE a la ciudadanía contra la sublevación militar y que ella leyó ante los micrófonos de Unión Radio Madrid el 19 de julio de 1936: “¡No pasarán!”.

Un discurso de Ibárruri ante las
Brigadas Internacionales en 1936/37.ullstein bild Dtl. (Getty Images)

El Partido Comunista se transformó en una organización de masas y por su disciplina y sus posiciones políticas y militares en el eje de la defensa de la República democrática, no sin tensiones con la ortodoxia ideológica que lo identificaba. Su papel fue crucial, por ejemplo, durante la dramática defensa de Madrid en octubre y noviembre de 1936, cuando Dolores Ibárruri protagonizó mítines en los cines Capitol o Monumental, en una ciudad bombardeada sin piedad por la aviación franquista. En el ángulo contrario, y como reflejo de las purgas de Stalin, a lo largo de 1937, el PCE desplegó una feroz campaña dialéctica contra el POUM, catalogado como “trotskista” y “agente del fascismo”. El 10 de agosto, un mes y medio después del secuestro, asesinato y desaparición a manos de agentes soviéticos de Andreu Nin (su secretario general), en un mitin en Valencia Pasionaria llamó a “extirpar el trotskismo de las filas proletarias de nuestro país”.

La guerra terminó de la peor manera posible para la República, tras el golpe del 5 de marzo de 1939 encabezado por el coronel Segismundo Casado, Julián Besteiro y Cipriano Mera contra el Gobierno de Juan Negrín y su aliado más leal, el PCE. Al día siguiente, la dirigente comunista llegó en avioneta a Orán y un mes y medio después a Moscú, donde junto con sus camaradas se sumergió en un debate autocrítico acerca de las causas de la derrota. El estallido de la Segunda Guerra Mundial comprometió al PCE con los intereses del Kremlin: a principios de 1940, en dos artículos Pasionaria defendió la ocupación de una parte de Polonia por las tropas soviéticas. Tras la invasión de la ­URSS por la Alemania nazi el 22 de junio de 1941, a través de los micrófonos de Radio España Independiente (La Pirenaica) y de las emisoras soviéticas, casi a diario Dolores Ibárruri leyó comentarios que llamaban a la unidad contra el fascismo en una guerra que el 3 de septiembre de 1942 la golpeó en lo más íntimo, con la muerte de su hijo Rubén en los primeros combates de la batalla de Stalingrado. Miles de comunistas españoles contribuyeron heroicamente en la Resistencia francesa y en el Ejército Rojo a la derrota del nazifascismo.

En diciembre de 1945, la mayoría de los dirigentes del PCE se reunieron en Toulouse con motivo del 50º cumpleaños de quien, tras el suicidio de José Díaz en 1942 y la depuración de Jesús Hernández en 1944, ya era su secretaria general, la primera mujer en dirigir un partido español. Pablo Picasso asistió a aquella celebración y desde México Juan Rejano le dedicó un poema: “Madre nuestra, panal, vena de fuego, / amapola del héroe, guerrillera…”. En aquellos años cuarenta, cuando los sucesivos intentos por reconstruir el partido en el interior de España y forjar una resistencia a la dictadura —también desde el maquis— naufragaron ante una represión implacable, muchos comunistas se situaron dignamente ante los pelotones de fusilamiento invocando a Pasionaria. El 15 de febrero de 1946, unos días antes de ser ejecutado en Carabanchel, Cristino García Granda, héroe de la Resistencia francesa, escribió: “Tu nombre, que es admirado y querido por millones de españoles, es nuestra bandera…”.

Dolores Ibárruri, con Mao Tse-Tung durante su visita a China en septiembre de 1956.Archivo de Dolores Ruiz-Ibárruri Sergueyeva

La Guerra Fría originó la proscripción del PCE en Francia en septiembre de 1950 y los últimos procesos del estalinismo en Europa oriental afectaron incluso, de manera indirecta, a Irene Falcón, una de las personas más próximas a Dolores Ibárruri. En 1956, tres años después de la muerte de Stalin, el “informe secreto” de Nikita Jrushchov en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) acerca de los crímenes del líder revolucionario conmocionó al movimiento comunista internacional, que hasta entonces había venerado su figura. Pasionaria fue la primera dirigente del PCE que lo leyó. Fue en septiembre de 1968 (durante la importante reunión del Comité Central que ratificó la condena de la invasión de Che­cos­lovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia) cuando expresó su opinión sobre aquel documento con mayor crudeza: “Para mí fue —como dicen las mujeres en nuestro país— caérseme los palos del sombrajo…”. Desde 1956 jamás volvió a citar a Stalin, ni en sus discursos públicos ni en sus artículos.

En junio de aquel año el PCE lanzó su Política de Reconciliación Nacional, que a partir de los años sesenta le permitió convertirse en el “partido del antifranquismo”. Con Santiago Carrillo como secretario general desde diciembre de 1959 y Dolores Ibárruri como presidenta, los comunistas tuvieron un papel decisivo en la creación y estructuración de las Comisiones Obreras, en las luchas estudiantiles, en las reivindicaciones del movimiento vecinal, en la alianza con los sectores católicos que se desgajaban de la base social de la dictadura y en la atracción de profesionales, sectores de las clases medias e intelectuales al largo combate por la libertad. “No habrá fuerza humana que pueda impedir el restablecimiento de la democracia en nuestra España”, proclamó Pasionaria en Roma el 14 de diciembre de 1975 ante Enrico Berlinguer, secretario general del PCI, y las 20.000 personas que llenaban el palacio de los deportes con motivo de su 80º cumpleaños.

Pasionaria, en el Congreso junto a los diputados comunistas Santiago Carrillo, Rafael Alberti e Ignacio Gallego en 1977.EFE (EFE)

Muerto Franco, aún debió permanecer un año y medio más en Moscú, con la angustia de morir en el destierro. Regresó a Madrid el 13 de mayo de 1977, cinco semanas después de la legalización del PCE aquel “Sábado Santo Rojo”, y su figura quedó estampada en algunas de las imágenes icónicas de las Cortes que aprobaron la Constitución de 1978. Más de 200.000 personas asistieron a su funeral el 16 de noviembre de 1989, siete días después de la caída del muro de Berlín y dos años antes de la extinción de la URSS.

“Ser comunista”, expresó Dolores Ibárruri en 1947, “no significa solo defender en primer lugar los intereses de la clase obrera y de los campesinos. (…) Significa luchar por los derechos y la igualdad social de la mujer y contra las trabas feudales y prejuicios que han hecho de la mujer a través de los siglos no solo la esclava de la sociedad, sino la esclava del egoísmo de los hombres”. A pesar de que incluso en los últimos años de su vida rechazó definirse como feminista, con su defensa permanente de la igualdad de derechos fue una pionera del feminismo en España. “Pasionaria se dedicó en cuerpo y alma a la politización activa y consciente de las mujeres y leerla desde el feminismo es fundamental porque, simple y llanamente, sin ella hoy yo misma no estaría aquí”, ha señalado recientemente Irene Montero, ministra de Igualdad.

Dolores Ibárruri simboliza la historia ya centenaria del Partido Comunista de España. Rafael Alberti, Lina Odena, Marcelino Camacho, Julio Anguita, Matilde Landa, Jesús Monzón, Paco Rabal, Horacio Fernández Inguanzo, María Teresa León, Juan Genovés, Juana Doña, Tina Pérez, Marcos Ana, Enrique Líster, Simón Sánchez Montero, Josefina Samper, Gerardo Iglesias, Juan Antonio Bardem, Domingo Malagón, Juan Diego, Carlos Castilla del Pino, Elisa Úriz, Manuel Tuñón de Lara, Virginia González, Manuel Gerena, Antonio Gades, Aurora Picor­nell, Víctor Díaz-Cardiel, Yolanda Díaz… La historia política, social y cultural de España en el último siglo no puede explicarse sin el hilo rojo del PCE.

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