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Reina Camila: los británicos hacen las paces con su pasado

Guillermo y Enrique desvelan una estatua de su madre, la princesa Diana, en el que habría sido su 60º cumpleaños, en el palacio de Kensington, en Londres.

Camilla Parker-Bowles ha resultado ser la confirmación de que, llegado el momento, la tradición y el peso de la historia salvan al Reino Unido de sus arrebatos continuos de cursilería y sentimentalismo. Cuando, esta semana, Isabel II expresó su deseo de que la esposa de su hijo y heredero al trono, Carlos de Inglaterra, recibiera, llegado el momento, el título de “reina consorte”, casi pudo oírse un suspiro de alivio colectivo en el establishment británico. “La preservación dinástica corre por las venas de Isabel II. El pasado mes, arrebató al príncipe Andrés sus rangos y honores. Y este mes, se ha encargado de asegurar que la transición hacia el reinado de Carlos sea lo más fluida y simple posible”, escribía Peter Hunt, el hombre que durante años ha observado y analizado para la BBC a la Casa de Windsor.

“A pesar de los profundos recelos de la ciudadanía en el pasado, se ha limitado a reconocer una costumbre mantenida durante siglos por la que la mujer del rey se convierte automáticamente en reina consorte”, señalaba Hunt. La huella de Lady Di en la historia reciente del Reino Unido pesaba tanto en 2005 como para que Carlos de Inglaterra —casi para pedir perdón por sus sentimientos y evitar agravios comparativos— anunciara el día de su boda con Camilla que, cuando le tocara reinar, su esposa sería únicamente “princesa consorte”.

Cuando el pasado julio los príncipes Guillermo y Enrique desvelaron en los jardines del Palacio de Kensington la estatua de su madre, Diana Spencer, la sensación general reflejada en los medios de comunicación británicos fue la de cierto sonrojo ante un exceso. Lady Di rodeada de tres niños de razas diferentes, para representar “la universalidad y el impacto generacional de la obra de la princesa”, como señalaba el comunicado oficial. Lady Di sin guantes y con la cabeza al descubierto, “porque no se puede abrazar a un niño con un sombrero”, según explicaba Eleri Lynn, la comisaria encargada esos mismos meses de poner en marcha una exposición en el palacio sobre el vestuario y el estilo de la “princesa del pueblo”. Una estatua de tamaño descomunal, para reflejar en bronce que el personaje que construyó la princesa de Gales era, en esa expresión tan anglosajona y tan complicada de traducir al castellano, larger than life (mayor que la vida misma). Apenas hubo ese día unas docenas de incondicionales de Diana en los alrededores del jardín donde se inauguró el monumento. La sensación, con las banderas, los globos o los mensajes edulcorados de amor en cartulina a Lady Di era más de folclore recuperado que de recuerdo colectivo.

Guillermo y Enrique desvelan una estatua de su madre, la princesa Diana, en el que habría sido su 60º cumpleaños, en el palacio de Kensington, en Londres.DPA vía Europa Press (Europa Press)

Paradójicamente, la descomunal fuerza que Diana supo arrancar en vida de su imagen pública no tiene réplica exacta en forma de estatua, como la calidez del abrazo de la princesa a un enfermo de sida o su paseo por un campo de minas antipersona. Las lecciones heredadas de aquel tiempo, sin embargo, han calado en los miembros de la familia real británica. Camilla Parker Bowles, en su largo regreso del infierno al que le condenó la opinión pública, ha sabido extraer la dos más valiosas.

En primer lugar, que no hay nada más eficaz que ser amable y atenta —como lo ha sabido ser— con los periodistas y fotógrafos condenados durante todos estos años a ser su sombra. Ellos han sido, finalmente, los encargados de transmitir la idea de que la malvada del cuento era en realidad una mujer amable, simpática y cercana. Y, en segundo, que una monarquía del siglo XXI no puede seguir aferrada a causas filantrópicas inofensivas e irrelevantes. Hay que mojarse, a pesar de las críticas, como lo hizo durante años Carlos de Inglaterra con asuntos polémicos como la preservación del medio ambiente o la degradación del centro de las ciudades. La duquesa de Cornualles eligió, sin abrazos públicos ni exhibicionismos ajenos a su personalidad, uno de los asuntos en los que el Reino Unido tiene aún mucha tarea por delante: la violencia contra las mujeres. “Muchos de vosotros ni habíais nacido”, contaba Camilla (74 años) hace unas semanas a la revista People durante la conmemoración del 50º aniversario de la organización Refuge (Refugio) de ayuda a las mujeres maltratadas. “Los que éramos conscientes de nuestro alrededor en aquellos días lejanos recordamos lo diferente que era la vida para las mujeres, sobre todo para las que vivían situaciones de abuso”, recordaba la duquesa.

Como su esposo Carlos, a quien ha sabido transmitir una serenidad y seguridad en sí mismo perceptibles en los últimos años, Camilla encuentra refugio en el campo y los libros. “Siempre he creído firmemente en la necesidad de trasladar el amor a la lectura a las siguientes generaciones”, decía recientemente en una de las múltiples campañas a tal efecto en las que participa. Ese aire intelectual que comparte la pareja será siempre un obstáculo de cierta frialdad entre ellos y una determinada parte de la ciudadanía británica. Y la duquesa nunca despertará el arrebato de amor colectivo que despertó Diana Spencer.

Con un 34% de apoyo popular, según el tracking de los miembros de la familia real británica que actualiza con frecuencia la empresa de sondeos YouGov, Camilla sigue ocupando un modestísimo undécimo lugar en la lista de preferidos, que encabezan Isabel II y su nieto el príncipe Guillermo. Pero los británicos, empujados como en otras ocasiones por el respeto casi reverencial que sienten hacia la actual reina, han hecho las paces con su pasado y con sus tradiciones. El sondeo exprés llevado a cabo por JL Partners horas después de que la monarca expresara, con ocasión de sus 70 años de reinado, el deseo de que Camilla fuera llamada reina cuando llegara la ocasión, obtuvo el respaldo de un 55% de los consultados. Casi 30 años después de aquel periodo en el que la duquesa de Cornualles no podía prácticamente pisar la calle, Camilla se dispone a ocupar el lugar que le corresponde. El tiempo demostrará si también para ella habrá estatua.

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