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Totti y Berlusconi, antítesis del romanticismo italiano


Algunas parejas expresan en su unión el signo de los tiempos de una determinada época. La estadística señala, sin embargo, que esos enlaces, con aires nobiliarios, casi siempre terminan mal. Romeo y Julieta constituirían el error original de la tragedia del amor. Tony y María, numerarios de distintas pandillas de Nueva York —los Jets y los Sharks— en West Side Story actualizaron el mito. El matrimonio entre el cielo y el infierno, de William Blake (“Los caminos del exceso conducen al palacio de la sabiduría”) añadió profundidad poética. Sara Carbonero e Iker Casillas —cuando fuimos reyes— se la quitaron. Y luego, a una cierta distancia cultural, pero útil para descifrar la endemoniada Italia de los años 2000, el futbolista Francesco Totti y la vedette Ilary Blasi se convirtieron en el matrimonio perfecto para medir la salud sentimental y, sobre todo, estética de la sociedad romana. El problema, señalan las crónicas de la ciudad ahora, es que se acercarían a la última parada. El domingo se hablaba más de este asunto en el Olímpico que de la trabajada victoria del equipo de Mourinho contra el Atalanta (1-0).

Totti, rara avis de un solo club, fue el último rey que coronaron las calles de Roma. Concretamente las de San Giovanni, el barrio del centro donde creció con su familia. Ilary Blasi —su padre la llamó así por La conquista del Oeste— era una conocida show girl de la que el jugador se enamoró desde el otro lado de la pantalla. Totti jugó en el primer equipo de la Roma 24 años: 8.828 días, 291 meses. Cuando se retiró tenía 41 años y la mitad de los jugadores que esa temporada se habían enfrentado a él ni siquiera habían nacido cuando él debutó. Ella, en cambio, afianzó su carrera cuando le conoció, poco después de que Il Capitano se levantase la elástica en un Roma-Lazio de 2002 —el mismo año en que un ciclón llamado Berlusconi desplegaba otro tipo de relato amoroso y sexual ya como primer ministro— con la famosa declaración de amor en la camiseta blanca: “6 unica” (eres única). La misma que ella mostró el día que su marido decidió jubilarse y, quién sabe, sin comenzar la crisis que alcanza a tantos mortales cuando superan las cuatro décadas.

El problema es que todo el mundo dedujo que si Totti había decidido jugar solo en la Roma —la parodia del jugador siempre le muestra contando cómo rechazó los cantos de sirena del Real Madrid—, su vida debía tener el mismo diseño. Su historia de amor, retransmitida en directo, era el paradigma de la estética sentimental de media ciudad. Totti se casó en la basílica de Santa María de Aracoeli, al lado del Ayuntamiento. Vendieron los derechos a la cadena Sky (dieron el dinero a una ONG). Interesaba todo sobre ellos. Casi todo el mundo recuerda qué hacía el día del advenimiento de Christian, el primogénito. La dinámica, en suma, era la de una familia real en un país republicano. Pero la familia Totti era el reflejo de la estabilidad y la confianza de que ahí fuera nunca habría nada mejor que lo que encontrarías en casa. “Si se dejan ellos, el amor no existe”, se leía en La Repubblica.

La noticia del posible divorcio de Totti e Ilary, que el futbolista desmintió en un extraño vídeo hace unas semanas y que algunos amigos que lo cascan todo se han encargado de confirmar estos días, sacó de la zona de confort emocional a una parte de la población. Pero lo curioso es que coincidió con otro rumor matrimonial que estuvo a punto de alterar completamente el orden sentimental en Italia. Pero en sentido contrario. La novia de Berlusconi, sobrevenida diputada de Forza Italia de 32 años, Marta Fascina, insinuó en las redes sociales que se casarían y que se fumaría un porrazo en la noche de bodas (se desconoce con qué finalidad). Lo hizo tras varias entradas y salidas del hospital que amenazaron seriamente la leyenda de inmortalidad de Berlusconi que, en este caso, decidió mantener el statu quo y desmentir la boda. Si era necesario, se escabulló, podían hacer una fiesta. Pero nada de nupcias. Al menos, suspiró la otra mitad de Italia, alguien mantiene el orden establecido.

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