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Un empate escaso de juego entre Eibar y Athletic


Silencio, se juega. Han cambiado algunas cosas en el fútbol, pero más en el aspecto estético que en lo sustancial, al margen de las gradas solitarias, claro. Unai Simón parece más serio con su barba; Muniain tiene pinta de artista del Renacimiento luciendo su cabello largo. Giménez y Carrasco se han teñido de rubio platino, y en la distancia parecen hermanos de sangre, más que de colores. Pero lo trascendente sigue igual: dos equipos con defensas sólidas, que a veces hacen aguas, dos porteros, Oblak y Unai Simón, que salvan goles. Una manera de jugar, de Athletic y Atlético, similar a la que empleaban cuando la normalidad no tenía adjetivos.

Media hora antes del partido, seis chavales improvisan el suyo a las puertas de San Mamés, a la vieja usanza, con los jerséis como porterías. No hay nadie más por ahí, sólo un par de furgonetas de la Ertzaintza para evitar aglomeraciones que no existen. La caldera está apagada. Los metalúrgicos recuerdan los tiempos en los que para detener los Altos Hornos de Bizkaia se necesitaban varios días antes de que el metal incandescente se enfriara. En la Catedral ha bastado un virus, así que, como en cualquier caldera apagada y vacía, el balón suena clón, clón, como una piedra que se arroja en cualquier recipiente metálico.

Pero hay fútbol, y pese a las voces de los locutores de radio, que no pueden callar, y el clón, clón del balón, resulta interesante ver como el Athletic trata de mandar como si las gradas estuvieran llenas, y el Atlético busca las heridas abiertas cuando su rival se muestra generoso y deja más espacios de los que se recomiendan con Carrasco y Diego Costa pululando por la vanguardia, con Koke en el suministro.

El Athletic juega mejor con Muniain en medio, aunque se pierde algo de la eficacia de Raúl García, pero ante una zaga de cemento es difícil percutir. Lo hizo, sin embargo, el equipo de Garitano en algunos momentos buenos de la primera parte, después de que Carrasco le diera un susto de muerte a Unai Simón, que se resbaló cuando el delantero belga encaraba. El disparo le salió demasiado cruzado.

Declaraciones de los entrenadores tras el partido. atlas

Luego el Athletic tomó las riendas, se encomendó las bandas con Capa y Yuri. Williams estrenó los guantes de Oblak en un remate de cabeza que el guardameta detuvo en dos tiempos, y en el minuto 32 interceptó un remate de Yeray en la mejor parada de la tarde. Andaba con buen tono el equipo rojiblanco y encontró el premio del gol minutos más tarde. Agobiaba Williams por la derecha, cuando decidió cambiar al otro lado por el que llegaba Yuri como una locomotora. Su centro lo empujó Muniain con el interior de su pierna derecha para abrir el marcador.

Claro que al Atlético no le suelen afectar demasiado esos asuntos, así que, como quien lava, un minuto después ya había equilibrado otra vez el marcador, apagando el estruendo de los cohetes que sonaban fuera del campo. Fue Diego Costa quien se plantó ante Unai Simón después de recibir una asistencia clarividente de Koke.

No faltó intensidad, desde luego. Nadie regaló nada al rival, tampoco en la segunda parte, cuando en apariencia, las fuerzas tenían que estar más mermadas. Por eso, tal vez, Simeone realizó tres cambios de golpe, mientras Garitano optaba por dos sustituciones, las cinco a la vez. El Atlético perdió profundidad sin Diego Costa, y al Athletic le empezó a fallar la intensidad cuando Yuri, el mejor en el bando bilbaíno, dijo basta después de un calambre en la pierna izquierda.

El partido se durmió a la hora de la siesta. Sólo Arias despertó a los recogepelotas en el minuto 79 con un remate que Unai Simón rechazó junto al palo con la rodilla. Agotados, los futbolistas se fajaron hasta el final, con la pelota haciendo clón, clón, cada vez que golpeaba en las paredes de la caldera vacía. Un punto para cada equipo, algo es algo. Cuando San Mamés se vació, que no era complicado, los chavales del partido alternativo ya se habían ido a casa a ver el que se jugaba ahí al lado.


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