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Una activista polaca contra el robo de un derecho


Escritora, traductora y activista polaca, Klementyna Suchanow (Kamienna Góra, 47 años) creció en una pequeña población de Silesia, en el sur del país, una zona muy industrializada, tradicional y machista, describe ella. “El día 15 de cada mes, cuando los trabajadores recibían la paga, las niñas sabíamos que no podíamos salir a la calle. El pueblo se llenaba de hombres borrachos”. Cofundadora del movimiento Huelga de Mujeres, impulsor de las protestas que han plantado cara al Gobierno del partido ultraconservador Ley y Justicia (PiS) desde 2016 para denunciar los múltiples intentos por restringir el aborto, aquella joven de provincias es hoy uno de los rostros de referencia del feminismo en su país. “La pandemia ha sido utilizada para vulnerar los derechos de las mujeres”, señala por teléfono desde Varsovia.

Con la entrada en vigor el pasado 27 de enero de la resolución del Tribunal Constitucional que ilegaliza la interrupción del embarazo por malformación fetal, Polonia se ha convertido en el único Estado de la UE que en la historia reciente retrocede en el acceso al aborto. Dicho supuesto representó en 2019 el 97% de los practicados legalmente. El fallo del Alto Tribunal, emitido en octubre, había desatado la indignación en las calles y el Ejecutivo prefirió esperar antes de publicar la sentencia en el BOE polaco. De poco sirvió el retraso. Una marea de mujeres volvió a desafiar las restricciones por la covid-19 con multitudinarias manifestaciones a finales de enero. Suchanow saltó la valla que rodeaba el Constitucional para colocar una pancarta en la puerta de la institución que rezaba “Hoy Argentina, mañana Polonia”, en referencia a la legalización del aborto en el país americano en diciembre. “No tuve miedo”, cuenta sobre las horas que pasó detenida. Las autoridades la acusan, entre otros cargos, de agredir a un agente, algo que ella niega. Ahora debe comparecer semanalmente en comisaría y se enfrenta a una condena de hasta ocho años de cárcel.

Su conciencia de lucha despertó del todo en 2016, cuando el Parlamento debatió la propuesta de una asociación provida para limitar la ya de por sí restrictiva ley de planificación familiar de 1993. “Lo hice por mi hija, que entonces tenía 13 años”, explica. “Me di cuenta de que a principios de los noventa tenía más derechos de los que poseen las chicas ahora. Antes, por ejemplo, el Estado pagaba una parte de los anticonceptivos, hoy no”. Tras una gran movilización en las calles, aquella primera modificación fue desechada, pero vinieron otras, y con ellas la persecución de asociaciones feministas, registro de sedes y recortes en las subvenciones.

En abril pasado, con la población confinada, la Cámara baja polaca volvió a llevar a pleno otra iniciativa para prohibir el aborto por malformación fetal. Ante la imposibilidad de manifestarse, el movimiento se las ingenió para dejar clara su disconformidad: hicieron sonar las bocinas de los coches a la vez, organizaron actos en internet e incluso concentraciones en las colas de entrada a las tiendas. Tampoco entonces el Gobierno se atrevió a aprobarla. Las protestas tienen el respaldo del 69% de la población.

Suchanow es consciente de que con este Parlamento es imposible liberalizar el aborto, pero ve en los jóvenes la esperanza. “Están mucho más interesados en los derechos humanos, ya sea el feminismo o la lucha de las personas LGTB”. La activista, mientras, sigue trabajando. “Siempre hay algo por hacer”, asegura.


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