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Una España colosal llega a su cuarta final seguida en el Europeo de balonmano


España se apuntó una gesta con la que muy pocos contaban. “Igual hay que acostumbrarse a pasarnos unos años sin ganar medallas”, se repitió una y otra vez en los últimos meses desde los circuitos de la selección española de balonmano. El ciclo de varios de los grandes referentes se había acabado (Raúl Entrerríos, Viran Moros o Julen Aginagalde) y, además, faltaban por lesión dos piezas clave del futuro, los hermanos Dujshebaev. Sin embargo, contra la incertidumbre, surgió la España perfecta, la más resistente, la más clínica. Primer torneo tras el cambio generacional y la misma vida de siempre.

Los Hispanos alcanzaron la cuarta final consecutiva en un Europeo tras derrotar en una actuación colosal a Dinamarca (29-25). Los nórdicos les habían negado dos finales en el último año, la del Mundial y la olímpica, nadie dudaba de su favoritismo -incluso España le concedió gustosa esa etiqueta trampa-, pero acabaron enganchados en las redes de la mejor competidora. A la doble campeona le espera el domingo (18.00, La 1) una misión histórica: solo Suecia ha logrado la triple corona consecutiva (1998, 2000 y 2002) y Suecia será, precisamente, su rival en la final tras vencer a Francia (33-34).

Hace mucho que la selección hizo del “resiste y vencerás” su motor de vida. Así consiguió abatir al peor cliente, por la dimensión del rival, la cartelería de su plantilla y los antecedentes inmediatos. Desde el Mundial de 2015 no podía con Dinamarca. Y en Budapest lo hizo de menos a más, agarrándose primero cuando más crudo se le puso nada más arrancar, mordiéndole luego los tobillos para acabar sometiéndola en una segunda mitad redonda. España ha renqueado varias veces en el Europeo contra equipos inferiores (República Checa, Bosnia, Rusia y Polonia), pero ha exhibido su versión más sólida cuando más lustroso ha sido el rival. Una característica que describe su capacidad competitiva y explica por qué se ha instalado en la élite, incluso en medio de un profundo cambio de fachada.

Fue una victoria coral, como no cabía otra, aunque al peso sobresalieron un Aleix Gómez desatado (11 goles en 14 lanzamientos), un Pérez de Vargas multiplicado (nueve paradas en la segunda parte y 14 en total) y la sabiduría infinita de Joan Cañellas (cinco dianas después de la pausa), que se plantó en el Europeo con alguna cuenta pendiente personal tras su traumática ausencia de los Juegos.

En la otra costa, nadie simbolizó mejor la quiebra que Mathias Gidsel, un talentoso pipiolo de 22 años que hasta las semifinales sumaba una estadística para ponerle un cuadro (solo un fallo en 36 lanzamientos, sin tirar penaltis) y que acabó la tarde con tres errores. Un balance humano, intrascendente en otro caso, pero que retrató el colapso de los suyos. La estrella Mikkel Hansen solo cumplió en una actuación general menguante. Dinamarca comenzó en plan mandona y se marchó sin respuestas, cambiando a la desesperada la portería y el sistema defensivo.

La evolución de la primera parte fue un reflejo de lo que era España hasta ese momento: dificultades en ataque, tuercas apretadas atrás y una capacidad casi única para mantenerse en pie. La selección se presentó con un pobre 58% de eficacia en el lanzamiento, de largo la peor cifra de los mejores equipos y muy por debajo del 70% danés. Y no tardó en demostrar cómo había llegado hasta ahí. Los errores se sucedían, y más ante un Niklas Landin que empezó iluminado: siete paradas en 11 primeros intentos de los Hispanos.

Una premisa en la hoja de ruta era evitar que los nórdicos cogieran ventaja, y no se cumplió: 4-8 con una diana de Gidsel. En la cuadrilla de Jordi Ribera, el único lúcido a esas alturas era Agustín Casado, autor de tres de los primeros cinco goles de España. El ataque resultaba un dolor mientras la defensa, la ayuda bajo palos de Pérez de Vargas y varias pérdidas danesas contribuían a mantener el fuerte en pie.

El partido se soltó en el último tercio del primer acto. También España, que comenzó a encontrar soluciones ofensivas con Maqueda, Cañellas y Aleix Gómez. Rebrotó entonces su alma escapista para mantenerse de una pieza pese a la sensación de superioridad que transmitía Dinamarca. Un robo de Gómez colocó el 13-14 al intermedio.

Y ahí se quedó el duelo, en la crecida de España y las dudas nórdicas. Si hay acciones que adelantan un desenlace, eso sucedió en los dos primeros ataques de la segunda mitad. Gidsel erró su segundo lanzamiento en todo el campeonato y Cañellas empató (14-14). Despuntó también Pérez de Vargas y el choque ya no tuvo marcha atrás. La selección sumaba piezas, seguía bien agarrada en defensa y Aleix Gómez inició su festival. El catalán se había quedado solo por la mañana en el extremo diestro debido a la baja por covid de Ferran Solé (también resultó contagiado el tercer portero, Sergey Hernández), se tuvo que comer los 60 minutos y los disfrutó como nadie.

Desde la primera ventaja española (17-16 en el minuto 41), todo fue cuesta abajo para la selección, que se dio cuenta rápido de la crisis danesa, una selección que, al revés que los Hispanos, sufre remando con el viento en contra. Inflada de confianza, con Cañellas percutiendo y repartiendo juego, España se sintió indiscutible. El domingo, tiene una cita con la historia.

España, 29 – Dinamarca, 25

España: Pérez de Vargas; Aleix Gómez (11, 2p), Maqueda (2), Gedeón Guardiola (-), Peciña (-), Sánchez-Migallón (-) y Ángel Fernández (1) —equipo inicial—; Corrales (ps), Gurbindo (-), Sarmiento (-), Figueras (3), Cañellas (7), Casado (3), Ariño (1), Tarrafeta (1) y Odriozola ().

Dinamarca: Niklas Landin; Svan (2), Gidsel (3), Lauge (2), Mikkel Hansen (8, 4p), Magnus Landin (4) y Saugstrup (3) —equipo inicial—; Moller (ps), Kirkelokke (-), Jakobsen (-), Mollgaard (-), Mensah (1), Johan Hansen (-), Andersson (-), Holm (1) y Hald (1).

Marcador cada cinco minutos: 0-1, 2-3, 4-5, 5-8, 8-11 y 13-14; 15-15, 16-16, 21-19, 23-21, 25-23 y 29-25.

Árbitros: Nikolov y Nachevski. Excluyeron a Maqueda, Figueras, Gurbindo, Peciña, Magnus Landin, Niklas Landin y Jakobsen.

MVM Dome de Budapest.

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