Política, cine y brujería al ritmo de Compay

El actor Robert Redford, durante su encuentro con Fidel Castro en el hotel Nacional de La Habana, en 2004.
El actor Robert Redford, durante su encuentro con Fidel Castro en el hotel Nacional de La Habana, en 2004.Cortesía del hotel Nacional.

El 12 de julio de 1997, mientras Cuba construía hoteles a toda prisa para enfrentar la crisis generada por la desaparición de la Unión Soviética, una explosión sacudió el lobby del Nacional. Sucedió a la misma hora que en España se daba a conocer que Miguel Ángel Blanco, concejal secuestrado por ETA días antes, había sido hallado gravemente herido en un descampado (moriría un día después). En la tercera planta del hotel, un empresario vasco escuchaba sobrecogido Televisión Española cuando en eso sonó el bombazo. “Bajé corriendo al vestíbulo. Fue un pequeño explosivo colocado en las cabinas de teléfono, que provocó diversos destrozos y heridas a empleados y clientes”, contó el hombre de negocios ese día con la cara desencajada por ambas noticias.

Así de calientes andaban las cosas en el verano de 1997. En La Habana estallaron más bombas, y una colocada en el hotel Copacabana el 4 de septiembre acabó con la vida de un turista italiano. La campaña de atentados era alentada por organizaciones del exilio duro de Miami y pretendía espantar al turismo en momentos en que el sector empezaba a aportar cierta luz a la fragilísima economía cubana. Atraer visitantes extranjeros se convirtió en Cuba en un asunto prioritario, y el Nacional, como siempre, ahí estaba.

Vista del hotel Nacional. En primer plano, la rosa náutica que preside su terraza.
Vista del hotel Nacional. En primer plano, la rosa náutica que preside su terraza.Yander Zamora.

Ni las bombas lograron ahuyentar a los turistas ni la revolución de Fidel Castro se derrumbó siguiendo el dominó del campo socialista; por el contrario, Cuba empezó a ponerse de moda mientras Compay Segundo cantaba y en el mundo arrasaban los sones de Buena Vista Social Club, disco que ese mismo año ganó un premio Grammy. Chan Chan sonaba a todo volumen en la radio, y a Cuba comenzó a viajar todo el mundo. Vino Robert Redford, vino Francis Ford Coppola y llegaron también Kevin Costner y Steven Spielberg, y todos se quedaron en el emblemático establecimiento, que volvió a llenarse de cineastas, políticos y artistas.

En 1999, al compositor y productor norteamericano Alan Roy Scott se le ocurrió la idea de hacer un puente musical Cuba-EE UU para promover el entendimiento entre ambos países a través de la colaboración de grandes artistas. Ya en 1979, bajo mandato del demócrata Jimmy Carter, se organizó un encuentro similar llamado Havana Jam. En aquel entonces viajaron a la isla Weather Report, Billy Joel, Stephen Stills -miembro del mítico cuarteto folk Crosby, Stills, Nash & Young-, Kris Kristofferson y una selección de los componentes de la Fania All Stars. Esta vez, al Bridge to Havana acudieron 43 músicos, en su mayoría norteamericanos y británicos, que se emparejaron por sorteo con otros 43 grandes artistas cubanos.

El hotel se convirtió en un gigantesco taller de creación, con los músicos componiendo juntos durante una semana en habitaciones, jardines y pasillos, y tres estudios de grabación funcionando sin parar 15 horas al día al borde del malecón. Pasabas por allí y veías a Andy Summers, exmiembro de The Police, componiendo salsa-pop con José Luís Cortes, El Tosco, director de NG La Banda, o a Joan Osborne haciendo una letra sexy para un danzón de Sergio Vitier, o al legendario saxofonista Gary Bartz improvisando con el pianista Chucho Valdés, como antes había hecho con Miles Davis o Charles Mingus.

Buzón original junto al ascensor.
Buzón original junto al ascensor.Yander Zamora.

Hubo emparejamientos que parecían difíciles pero que funcionaron de primera, como el del guitarrista de REM, Peter Buck, que se unió al salsero Isaac Delgado, o el del trovador Alberto Tosca con el guitarrista Peter Frampton para componer Hey Hey –Tosca contaba la anécdota de que Frampton siempre fue su ídolo y que, para asegurar que le tocase en el sorteo, hizo brujería afrocubana en un rincón, y le tocó-. Los cantautores cubanos Carlos Varela y Santiago Feliú trabajaron con las norteamericanas Beth Nielsen Chapman y Annie Roboff, y Varela creó para la ocasión una canción cuyo título fue un buen resumen del espíritu de aquel encuentro: Tan lejos y tan cerca.

Aquella semana de lujo en el Nacional concluyó con un gran concierto en el teatro Carlos Marx, que coincidió con la primera presentación en Cuba de los músicos del Buena Vista Social Club, con Compay segundo a la cabeza. Compay adoraba el Nacional, y a partir de ese año estableció una peña fija en el Salón 1930 del hotel, donde hasta su muerte (a los 95 años) tocó con su grupo todos los fines de semana. Siempre se agotaban las entradas; pasar por Cuba y no escuchar a Compay en el Nacional, era como no haber estado. “No creo que haya otro lugar mejor para cantarle al oído al público. Ni tan cerca del mar”, decía. Casi 18 años después de su muerte, en el bar Vista al Golfo una estatua de Compay sigue rindiendo homenaje al trovador, y el grupo que lo acompañaba mantiene viva la peña en el 1930.

Kevin Costner y Fidel Castro, durante la estancia del actor en el Nacional en 2001.
Kevin Costner y Fidel Castro, durante la estancia del actor en el Nacional en 2001.CORTESÍA DEL HOTEL NACIONAL

La música y el cine siempre tuvieron querencia por el Nacional. Durante sus viajes a La Habana para ofrecer cursos en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, varias veces se quedó Coppola, y es famosa la anécdota de unos espaguetis que se trajo de California y bajó a cocinas a preparárselos a un grupo de amigos. En noviembre de 2001 desembarcó Kevin Costner a promocionar su película Trece días, sobre las jornadas que duró la crisis de los misiles de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear. Su llegada al hotel, vestido de blanco impoluto, fue todo un espectáculo. Una española de buen tonelaje y 55 años le agarró a traición y le espetó: “Oye, que estás estupendo, eres muy majo”. El actor, sorprendido, preguntó a los periodistas que lo seguían: “Did she call me stupid?”. “No, no, estúpido no: es-tu-pen-do”, le aclararon. Fidel Castro y Costner vieron la película juntos, y después alguien en el hotel le contó que durante la crisis en los jardines del Nacional fueron instaladas varias piezas de artillería antiaérea para repeler una posible invasión. La estrella de Hollywood quiso ver con sus propios ojos las huellas de aquellos sucesos. “Y aportó una sugerencia: mostrar a los visitantes una galería de recuerdos de aquellos acontecimientos, como una contribución sobre la necesidad de preservar la paz en el mundo”, contó el histórico Antonio Martínez, director del hotel desde 1997 hasta su muerte, en 2020. Hoy la galería sobre la Crisis de los Misiles existe y se puede visitar.

Acceso a la exposición sobre la crisis de los misiles en una de las trincheras del hotel.
Acceso a la exposición sobre la crisis de los misiles en una de las trincheras del hotel.Yander Zamora.

Al día siguiente de marcharse Costner se alojó en el entonces presidente de China, Jiang Zemin, y unos meses después le tocó el turno a Steven Spielberg, a quien Castro agasajó con una cena y ocho horas de charla en el Palacio de la Revolución. “Espero que mi visita y la de otros embajadores culturales sea señal de que queremos tener amplia interacción entre creadores cubanos y estadounidenses”, dijo a su regreso. En 2004 el huésped ilustre fue Robert Redford, llegado para presentar su producción Diarios de motocicleta, basada en el viaje de nueve meses que realizó el Che Guevara con su amigo Alberto Granados por América Latina en 1952, cuando todavía era estudiante de Medicina y tenía 23 años. Fue un viaje relámpago de 24 horas, vio la película junto a la viuda del guerrillero, Aleida March, y sus hijos, y antes de volver a EE UU al hotel llegó de improviso Fidel Castro para conocerlo.

En aquellos años los salones del Nacional se convirtieron en cuartel general de congresistas, senadores, gobernadores y empresarios norteamericanos opuestos al embargo. Fueron decenas de viajes de delegaciones que trataban de influir en Washington para que normalizara sus relaciones con Cuba, pero tuvo que llegar Barack Obama a la Casa Blanca para que la cosa aflojase y de nuevo decenas de miles de norteamericanos pudieran viajar a la isla (285.000 en 2016). El Nacional volvió a convertirse en un lugar donde en los pasillos se hablaba inglés, como cuando fue inaugurado, y en la primavera de 2016 Obama viajó a Cuba. Después tocaron los Rolling Stones, y Chanel organizó un gran desfile en el Paseo del Prado, y se rodó en La Habana la octava entrega de Fast&Furious, con espectaculares carreras de coches en el malecón filmadas desde helicópteros. Con esos tres golpes de éxito todo parecía encarrilado, pero en eso llegó Donald Trump y de nuevo el Nacional se quedó sin clientes estadounidenses noventa años después de su construcción.

Estatuas de Yuri Gagarin y Compay Segundo en el bar Vista al Golfo.
Estatuas de Yuri Gagarin y Compay Segundo en el bar Vista al Golfo.Yander Zamora.

Frente a sus jardines, al caer la tarde, sentado en un sofá bajo la galería de arcadas eclécticas, uno siente su historia: la de Lucky Luciano arreglando los asuntos de la mafia con la tapadera de escuchar a Frank Sinatra; la de la rebelión del barón Thyssen contra la administración del hotel para que no le pusieran aire acondicionado; la de Sartre fascinado por el espectáculo de las palmeras desde su habitación –“vi largos fantasmas gráciles estirarse hacia el cielo”-; la del establecimiento lleno de campesinos durante la reforma agraria y, después, de soldados durante la crisis de los misiles; la de Muhammad Ali, Yuri Gagarin, Redford y Kevin Costner; la de 86 músicos de ambas orillas componiendo juntos durante una semana frente al mar; y la de la voz ronca de Compay Segundo en el Salón 1930 cantando aquello de “El cariño que te tengo/Yo no lo puedo negar/Se me sale la babita/Yo no lo puedo evitar”. Pura Cuba, vaya.


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