El escritor Antonio Scurati, en abril de 2021 en Milán.

Antonio Scurati: “Putin no sigue una lógica política, sino criminal”

El escritor Antonio Scurati, en abril de 2021 en Milán.
El escritor Antonio Scurati, en abril de 2021 en Milán.Maria Moratti (EL PAÍS)

El horror inexplicable de la guerra invita a menudo a buscar paralelismos para intentar entenderla. Y a pesar de la dificultad del ejercicio, el último gran periodo bélico que vivió Europa ofrece algunas respuestas. Antonio Scurati (Nápoles, 52 años), autor de El rumor sordo de la batalla (Alianza, 2008) y de la monumental biografía sobre Benito Mussolini se encuentra estos días escribiendo el tercer volumen de su obra, en la que narra el momento en que Italia se embarcó en la Segunda Guerra Mundial de la mano de Adolf Hitler. Y en ese personaje, explica por teléfono desde su casa de Milán, es en el que hay que fijarse para entender la psicología y estrategia del protagonista del conflicto actual, Vladímir Putin.

Pregunta. Escribiendo este tercer volumen, ¿ha encontrado alguna analogía con el momento actual?

Respuesta. Soy cauto haciendo paralelismos con hace un siglo. La situación mundial es muy distinta. Y previendo que el conflicto se amplíe, no veo que pueda parecerse. Pero las analogías entre la conducta de Hitler y la de Putin existen. En la manera de hacer la guerra o en la de justificar la invasión de un país fronterizo. También Hitler, como Putin, en la invasión de Checoslovaquia y Polonia justificó el recurso a las armas como una necesidad de defender a las minorías germanófonas. Es verdad que Hitler no usaba la palabra genocidio como Putin…

P. Porque no existía todavía en el vocabulario político, ¿no?

R. Claro, pero denunciaba la persecución violenta y el exterminio de las minorías alemanas en el área de Los Sudetes y el corredor de Danzig. Lo justificó con la necesidad de protegerles de un verdadero exterminio, aunque todo el mundo supiese que era mentira. Pero hay otra analogía más fuerte. Como notó el historiador alemán Johann Gottfried Gruber, lo que ni Mussolini ni el resto del mundo entendieron de Hitler es que ya no era un hombre político. Su visión y su modo de pensar Europa y las relaciones internacionales respondían a una óptica casi religiosa de tipo escatológica según la cual se había precipitado en una batalla final contra un enemigo mortal. El otro día, el oligarca [Mijáil] Jodorkowski apuntaba que los occidentales no entendemos a Putin porque aplicamos una lógica política, cuando hay solo una lógica criminal.

P. ¿En qué sentido?

R. En el sentido de la criminalidad de verdad. Lo único que cuenta es la fuerza. De modo que si Putin continúa violando la legalidad internacional y no choca contra una demostración de fuerza que le imponga pararse, continuará. Él tantea la disponibilidad del enemigo a ese recurso, y si no la encuentra, sigue adelante. Es un líder con una visión estratégica pospolítica animada por ideas y proyectos de hegemonía que responden a una lectura histórica y religiosa del destino de Rusia. Es lo que hizo Hitler, cuando no se paró con la anexión de Austria y cambió el mapa de Europa; pero luego invadió Checoslovaquia, y después Polonia. Es un avance obstinado y obsesivo que no atiende a expectativas racionales de un mundo que todavía razona en términos políticos.

P. ¿Ucrania no es la última parada del conflicto?

R. No sé si tiene un diseño con un programa tipo “primero Ucrania, luego los países bálticos”, pero le mueve la idea de que las exrepúblicas soviéticas han sido extirpadas del legítimo derecho de Rusia de dominarlas. Así que cada acción militar de invasión es un legítima reconquista. No sé si Letonia, Estonia y Lituania están ya en el programa. Pero el ataque a Ucrania no es fruto de un incidente diplomático, es la expresión de una idea de hegemonía y de dominio que podría prolongarse a otros Estados. El otro aspecto que le asemeja a Hitler es el militar. Esa voluntad de potencia inspirada por un fanatismo pararreligioso que no se detiene ante la hipótesis de la total aniquilación del enemigo y de sus ciudades. Presupone una consideración del enemigo como un tipo de subhumano. No reconoce el derecho del enemigo de plantearle una guerra. Es como si considerase que tiene derecho al exterminio. Arrasar ciudades es lo que hacía el nazismo, lo que hizo con Rotterdam al inicio de la guerra para desmoralizar a los holandeses.

P. La diplomacia, pues, no parece que vaya a frenarle.

R. No se detendrá. Y es una característica de Rusia, contra lo que chocó la Alemania nazi. Seguirá hasta el final. Por eso va más allá de la política. No hay un cálculo prudencial o económico.

P. ¿La historia diría que sin Putin terminaría esta guerra?

R. Yo espero que la solución pueda llegar en la defenestración del tirano. Se habla de autocracia para referirse a Rusia, pero el régimen putiniano se sostenía sobre un apoyo amplio de la población rusa, creado en cierto modo por esa idea de riqueza y bienestar organizado en torno a las oligarquías. Pero actualmente el apoyo es algo sostenido por el nacionalismo y la propaganda. Y este tipo de régimen en la historia rusa no sobrevive a una derrota militar, a una guerra perdida. Si eso sucediese, aunque no sea en su terreno, es posible que él fuese depuesto. Y eso confiere un sentido a defender estratégicamente a Ucrania.

P. ¿Y qué sucedería con Rusia?

R. Permanecería el problema de una Rusia que tras un momento de esperanza, a caballo entre Gorbachov y Putin, se aleja de una apertura a Occidente y de la vida democrática. La caída de Putin no resolvería ese problema. Rusia no es Europa desde el punto de vista político. El único terreno coincidente es el de la cultura, pero políticamente nunca lo ha sido.

P. ¿Estamos a las puertas de la Tercera Guerra Mundial?

R. No, y me molesta mucho ese argumento que se usa en Italia por los equidistantes: los que dicen que no están ni en contra ni a favor de Putin. El silogismo de que si no cedemos a su violencia vamos a la Tercera Guerra Mundial es falso. No es una reacción de Putin a una situación geopolítica amenazante para Rusia, es una expresión de su voluntad de potencia que solo se puede frenar con la disuasión ejercitada por la fuerza. Así que la alternativa no puede ser entre someterse a la violencia del despotismo de Rusia o prepararse para la Tercera Guerra Mundial.

P. ¿Estábamos preparados para una guerra en el jardín trasero de la Unión Europea?

R. Es un verdadero cambio antropológico en la sociedad europea configurada entre el final del siglo pasado y el comienzo de este, cuando nació lo que llamo telespectador total. Una desestructuración de la experiencia humana a través de los medios de comunicación. El telespectador total gramaticaliza la experiencia televisiva y la convierte en conducta de vida: es el abandono del compromiso, de la participación política, del actuar cívico… Y eso lo crea el espectáculo televisivo de la guerra, con una fecha concreta: la noche entre el 17 y 18 de enero de 1991, cuando se asiste al primer directo televisivo en un frente de guerra con la CNN y Peter Arnett retransmitiendo con la antena parabólica.

P. ¿Logrará cambiar ese paradigma Ucrania?

R. Es una incógnita. Ahora los medios cuentan que hay una respuesta emotiva de la gente muy fuerte, que ya no hay indiferencia. Pero el cambio presupone que la respuesta adecuada a la imagen de muerte y destrucción sea ir más allá de las emociones democráticas, de compasión y contra la tiranía. Tendrá que transformarse en razonamiento y renovar el sentimiento de la civilización y de ser europeos. Si es mera emoción provocada por imágenes, solo confirmará nuestra condición de telespectadores.

P. En Irak se aprendió también el poder de las imágenes con aquel pato manchado de petróleo. Pero Putin puede bombardear un hospital materno infantil sin coste para su imagen.

R. Aquello fueron guerras mediáticas. Se combatían en el campo con sangre y cuerpos, pero con mucha atención al impacto que podían tener las imágenes difundidas. En 2001, con la estampa de las Torres Gemelas vomitando fuego, este tipo de armas mediáticas se usó contra Occidente. Pero Putin parece ajeno a ese desarrollo histórico entre el modo de combatir una guerra y el modo de contarla, que aquí han estado siempre unidas. Su única preocupación es que los rusos no sepan nada.

P. ¿Y eso qué quiere decir?

R. Simplemente que Putin no pertenece a Occidente. Le importa un bledo la narración de la guerra y puede desarrollar una guerra sucia y oscura que no dará origen a una memoria gloriosa. Es un tirano oriental. No es un líder militar de Occidente.

P. ¿Y qué tipo de líder es, en cambio, Volodímir Zelenski, el presidente de Ucrania?

R. Algunos amigos intelectuales le critican, le llaman charlatán. Un tipo que se convierte en la realidad en el personaje de uno de sus shows… Sí, puede ser verdad. Pero desde el momento en que un líder se pone a la cabeza de un pueblo que se levanta en armas para defender su libertad se convierte en un gran líder. En esto, la guerra es la madre de todas las cosas. Zelenski en un panorama internacional dominado por líderes débiles, es un gigante.

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