Aventuras de la esposa de un embajador en Madrid

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El desembarco de Susan Lewis Solomont en Madrid tuvo sus sinsabores. El recién presidente Barack Obama había nombrado a su marido, Alan, embajador de España y Andorra y mudarse en calidad de alto cargo diplomático del país más poderoso del mundo a aquel lugar donde —contaban— se comía tan bien, hacía buen tiempo y se dormía la siesta podría parecer a cualquiera el plan ideal. La realidad aquel invierno de 2010, sin embargo, le dejó claro que no todo iba a resultar tan palaciego como las estancias en las que viviría. En cuanto el nominado por Obama testificó ante el Senado, paso previo a su confirmación en el puesto, la prensa española empezó a escribir sobre él, con algunos titulares como un “millonario judío” o un “hombre de negocios judío”.
“Fue chocante ser descritos de ese modo porque no es por eso por lo que se nos conoce. Alan solía bromear y decir que al menos la mitad de ello era cierto, la parte de ser judío. Yo quería que nos conocieran por el trabajo que íbamos a hacer allí, trabajamos mucho esos años”, explica Susan Salomont durante una entrevista en Washington. Pero lo más duro, cuenta, fue asumir que el personal de la embajada no iba a aceptar de ella un papel demasiado activo. Con 30 años de experiencia a la espalda en el mundo de la filantropía y las organizaciones sin ánimo de lucro, no pensaba dejar Massachusetts para pasar su tiempo allí, viéndolas venir taza de té en mano, así que lo primero que hizo fue presentarse a todo el personal de la legación diplomática para ofrecer sus servicios. “Tenía mi pequeño discurso de presentación, se lo iba diciendo a todo el mundo y me decían, ‘Bien, estaremos en contacto”. Y nunca más se supo.
Ahora, las aventuras y —escasas— desventuras de sus cuatro años en Madrid forman parte de un libro publicado en Estados Unidos. Lost and found in Madrid. Tales of an Ambassador’s wife (Disruption Books, 2018) cuenta desde la primera corrida de toros que se vio obligada a ver en su vida, en Sevilla, hasta el día en que Rafa Nadal fue a renovar su visado a la embajada, pasando por la Semana Santa de Málaga con Antonio Banderas o cuando conoció a su admiradísimo Leonard Cohen, el año que le dieron el Premio Príncipe de Asturias.

Los Solomon, con los reyes Felipe y Letizia, en septiembre de 2011 en Madrid. Pablo Blazquez Dominguez Getty Images

El libro también tiene un aire de Sin noticias de Gurb, como si fuera el diario de un extraterrestre que llega a un lugar donde le sorprenden todas esas cosas que uno da por hecho en su casa, pero en versión embajador. Y recuerda a aquella carta de amor que el pianista James Rhodes publicó el año pasado hacia España, su cultura familiar y solidaria, su amor al placer.
– Se fue en 2013. Cuando vuelve a Madrid, ¿qué le sorprende, qué cambios percibe?
– Se habla más inglés que antes.
– ¿Algo más?
– La gente usa más ropa deportiva por la calle, cuando vinimos nosotros no era así.
– ¿Y tenemos que estar contentos con eso?
 – Buena pregunta, no lo sé, pero yo siempre pensé en lo bien que vestían las mujeres españolas, muy guapas. En algún acto me fijaba en ellas, en alguna prenda, y al día siguiente me metía en un Zara y allí estaba la blusa que llevaban. Yo pensaba que a lo mejor era de algún diseñador. ¡Y no importaba! Estaban estupendas. Todo el mundo va a Zara, no hay fronteras en eso.

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El rey Juan Carlos y Alan Solomont, en su entrega de credenciales como embajador, en enero de 2010. GTRESONLINE

Aparte del eje vertebrador que significa la famosa firma del grupo Inditex, los Solomont también se toparon con otras imágenes, mucho más duras, de España. Vivieron los años duros de la Gran Recesión, el paro escalando al 26%, los desahucios, la debacle bancaria. “Lo vimos, hubo historias muy duras, creo que la gente resistió por la familia, por esa ayuda, sin eso creo que hubiese sido mucho peor”.
El apego familiar es uno de esos estereotipos que Susan Salomont cree reales sobre España: “Me encanta los cercanos que son —afirma—, cómo quieren pasar cada fecha importante juntos, incluso se juntan los domingos normales”. También es cierto, y eso le costó más llevarlo, lo que se puede llegar a prolongar una sobremesa, café tras café.
Con los meses y los años, los Solomont recorrieron cada rincón de Madrid y —asegura ella— de España. También consiguió sacar provecho de su experiencia, pese a aquellos primeros sinsabores en la embajada, y lanzó un programa: Women’s Leadership Series, donde reunía a ejecutivas españolas y estadounidenses de grandes empresas, Facebook, Microsoft o Pfizer, en los que ella ejercía de moderadora. Conoció los últimos años de reinado de Juan Carlos y Sofía, —“él hablaba de caza con Alan”; “ella adoraba a Obama”— y vio los primeros negocios empezar a abrir, la tímida y lenta salida de la crisis.
Fue relatando el día a día en unas cartas a amigos, a las que llamó Holas, que se convirtieron en apuntes de un blog. Contaba que, pese aquellos primeros titulares, no tuvieron problemas por ser judíos; y que la gente no dormía la siesta, que se trabajaba muy duro, que las corridas de toros, lejos de enamorar a todos los españoles, son un asunto polémico; pero, que sí, que en España, desde luego, se cena rematadamente tarde.


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