Cate Blanchett critica la gestión de la crisis: “Nos comportamos de manera destructiva”

La presidenta del jurado del Festival de Venecia, Cate Blanchett, este miércoles.
La presidenta del jurado del Festival de Venecia, Cate Blanchett, este miércoles.CLAUDIO ONORATI / EFE

A falta de títulos de primer nivel, la actriz Cate Blanchett dominó la jornada inaugural de la Mostra de Venecia con sus duras palabras sobre la gestión de la crisis sanitaria. “Me resulta extraño que no se haya permitido a la OMS liderar este desafío global”, expresó la actriz australiana, que preside el jurado oficial de esta edición. “Somos una especie rara. No aprendimos de lo que pasó en los primeros países que sufrieron la pandemia. No entiendo que nos comportemos de manera tan obtusa, fragmentada y destructiva”, añadió Blanchett. Ante el miedo palpable que se detecta en este festival semidesierto y al que uno accede a punta de pistola –las de los controles de temperatura situados en las distintas entradas al recinto–, Blanchett llamó a “la valentía” y advirtió de que ha llegado la hora que regresar a las salas. “Salimos de un monocultivo del streaming que ha durado seis meses. Esta es la oportunidad de reexaminar cómo esa tecnología cambia la forma de ver y de hacer cine”, declaró.

La actriz, que repite como presidenta de un gran festival después de oficiar en Cannes en 2018, puso al sector del cine como ejemplo de “resiliencia”, la palabra de moda. “Ante cada proyecto, debes desprenderte de lo que creías que funcionaba y arriesgarte a fracasar. Este desafío está en el ADN de nuestro sector. Si hay una industria que puede salir más resistente e inventiva de todo esto es la industria del cine”, aseguró Blanchett. La presidenta del jurado se mostró “entusiasmada” ante la perspectiva de mantener “una conversación entre adultos” tras su confinamiento en la campiña inglesa. “Llevo seis meses hablando con cerdos y pollos”, bromeó. Con todo, su paso por Venecia no será su regreso a las salas: Blanchett ya fue a ver Tenet en familia la semana pasada. “Una experiencia placentera”, sostuvo sobre el regreso de Christopher Nolan. En casa, prefirió ver títulos independientes dirigidos por mujeres, como Shirley, de Josephine Decker, o Zola, de Janicza Bravo, además de las películas de Hayao Miyazaki. Una selección ecléctica y poco prejuiciosa que sonaba como un recordatorio de sus credenciales para el cargo.

Edición cero

Un rato antes, los directores de siete de los principales festivales europeos habían convocado un acto conjunto, pensado para exigir apoyo político (y financiero) a sus actividades. También para dejar atrás las rencillas del pasado. “En los últimos años ha habido una competición acentuada con los otros festivales, que me parece arriesgada y dañina, porque perjudica la visibilidad de las propias películas”, reconoció el director de la Mostra, Alberto Barbera, que este año ha aceptado compartir títulos con Toronto o Telluride. “Que el espíritu de colaboración que nos ha guiado estos meses pueda continuar en el futuro”, deseó Barbera. Por su parte, el director del Festival de San Sebastián, José Luis Rebordinos, instó a reivindicar los festivales presenciales en un mundo donde los últimos reductos de socialización se virtualizan. “Recuperemos los festivales donde la gente se junta. Nos va a tocar reivindicar cada vez más el hecho de tocarnos, besarnos y hacer cosas juntos”, expresó.

Mientras tanto, el delegado general del Festival de Cannes, Thierry Frémaux, exigía terminar con los presagios más infaustos sobre el futuro del séptimo arte. “Dejemos de hablar de la muerte del cine. Va a ser apasionante ver cómo sobrevive”, zanjó desde el Lido. Para todos ellos, Venecia supone un ensayo general. Si la experiencia funciona, será el camino a seguir. Si fracasa, los festivales volverán a la zona de peligro. “La edición cero”, la definió la actriz Anna Foglietta, presentadora de la ceremonia de inauguración, con un dramatismo que podría estar justificado.

Sentimientos de cartón piedra

Tuvo que ocurrir una pandemia para que el cine italiano volviera a abrir la Mostra de Venecia. No sucedía desde 2009, tal vez por la progresiva conversión de este certamen en pista de lanzamiento de títulos oscarizables. El festival soñaba con lo nuevo de Nanni Moretti, pero el director prefirió esperar a tiempos mejores. La tarea ha terminado recayendo en Lacci (Lazos), de Daniele Luchetti, responsable de títulos como Mi hermano es hijo único o La nostra vita. La película se inspira en la novela Ataduras, de Domenico Starnone, el escritor napolitano casado con Anita Raja, a quien la prensa italiana desenmascaró en su día como posible avatar de Elena Ferrante.

En los ochenta, un joven matrimonio entra en crisis cuando él se enamora de una compañera de trabajo. Tres décadas después los dos siguen juntos, aunque con el pasivo que generan los reproches y las medias verdades. Lejos del interés del libro, giro posmoderno a la clásica historia de infidelidad que arrancaba con un intercambio epistolar entre cónyuges y acababa cediendo la palabra a sus hijos, convertidos en adultos amargados y con sobrecarga de daddy issues, la adaptación de Luchetti es un convencional melodrama que, pese a sus vistosos saltos temporales, se limita a ofrecer una reflexión trillada sobre la institución familiar y sus frustraciones inherentes, que se ve lastrada por un costumbrismo artificioso y repleto de sentimientos de cartón piedra.

Se salvan un puñado de instantes rayanos en lo camp –la pelea de la pareja en un estudio de sonido, que equipara su drama al de un vulgar serial radiofónico– que la vuelven algo más interesante, aunque tal vez a su pesar. Luchetti nunca llega a reivindicar sus propios artificios ni a superar los estereotipos de género más básicos. La película confiere más dignidad a la sed de libertad de él que al desconsuelo de ella, personaje siempre limítrofe con la histeria al que interpreta Alba Rohrwacher, al frente de un reparto en el que figuran Laura Morante o Silvio Orlando, los dos vinculados al cine de Moretti. Queda la duda de saber qué hubiera hecho un director como él con esta historia.

Tampoco convenció Mila (Manzanas), el filme griego que abría la sección paralela Orizzonti, donde una pandemia global provoca una amnesia repentina a decenas de individuos. Su protagonista es un hombre que acepta participar en un programa de reinserción que le permitirá dotarse de una nueva identidad. Dirigida por Christos Nikou, antiguo ayudante de Yorgos Lanthimos, este estudio sobre el duelo y la pérdida, delimitado por sus encuadres rígidos, su humor impávido y su estudiada austeridad, pudo haber causado sensación en tiempos de la nueva ola griega que emergió en la década pasada. Hoy, con esa moda ya en el retrovisor y el desgarro de epidemias mucho más graves en la memoria reciente, sabe más bien a poco.


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