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Cómo hay que tomar la tensión arterial para que el resultado sea válido



Existe un tratamiento para la hipertensión arterial que no requiere receta. Es más, no cuesta ni un euro aunque lo tomes toda la vida –y, teniendo en cuenta que es la cronificación de una tensión arterial alta, tendrás que tratarte si la sufres–. Se llama deporte y debería estar en la primera línea de ataque contra esta enfermedad, junto a otras acciones típicas como adelgazar, reducir la sal de las comidas y la costumbre de beber alcohol (si no eliminar ambas sustancias por completo). Pero no hace falta llegar al diagnóstico, la actividad física ayuda a controlar la tensión arterial en todos los casos.
Las investigaciones más recientes apuntan a varios factores que explican por qué la actividad física es tan eficaz: las adaptaciones cardiovasculares naturales producidas por el ejercicio de resistencia, una mejora de la sensibilidad a la insulina (cuando la sensibilidad se convierte en resistencia es cuando aparece la diabetes) y una bajada natural de las catecolaminas, unas neurohormonas que pueden elevar la tensión arterial en concentraciones altas. Pero para que esta “polipíldora” sea eficaz, y que el deporte esté exento de riesgos, hay que cumplir algunas condiciones: hacerlo con una intensidad moderada, de entre el 50% y 70% de la frecuencia cardiaca máxima; entre 45 y 60 minutos diarios, ya sean continuos o intermitentes; y de 3 a 5 días a la semana. Ahora bien, no todo el deporte vale. Si lo que quieres es controlar la hipertensión o sencillamente mantener la tensión arterial a raya, el ejercicio aeróbico es mejor que el de fuerza, según señala un documento de consenso de la Sociedad Española de Medicina del Deporte (SEMED-FEMEDE). Y hay cuatro que destacan entre todas las opciones.
Ciclismo, para cuidar la tensión sin acelerar tanto el pulso
Pedalear sin ansias competitivas, al buen trantrán, y midiendo bien la intensidad es una de las mejores maneras de controlar la presión arterial. Así lo señalan desde la Fundación Española del Corazón, mientras dejan claro que subirse al sillín es una decisión que está bien consultar con el médico. Hacer una prueba de esfuerzo en un cicloergómetro –una bicicleta estática, en términos académicos– y con ergoespirometría, que mide el consumo de gases, es un consejo nada despreciable. En todo caso, el ciclismo “taquicardiza” menos (el pulso no se acelera tanto) que actividades como la carrera o la natación, lo que convierte a la bicicleta en una opción más accesible que otras. “Una buena alternativa para comenzar es hacerlo con un rodillo o una bici estática en casa, e ir aumentando progresivamente el volumen o la intensidad, siempre con la supervisión de tu médico”, dice Alberto Sacristán, médico de familia experto en actividad física y director de SportSalud. Entre sus ventajas está el escaso impacto que tiene en las articulaciones, que lo convierte en una gran opción para las personas con problemas de equilibrio, que deben evitar opciones que no tengan tanto riesgo de caída.
Una ventaja de saber nadar bien
La natación es un deporte bastante particular porque elimina el impacto contra el suelo, lo que alivia la carga de las articulaciones con mayor eficacia que el ciclismo. Sin embargo, “para que sea cardiosaludable debes saber nadar razonablemente bien. De lo contrario, el esfuerzo físico que conlleva y el estrés adicional de mantenerte flotando pueden hacer que se convierta en una práctica peligrosa ante determinados problemas de salud”, advierten desde la Fundación Española del Corazón. Antes de zambullirte también conviene pasar una prueba de esfuerzo. Salvo que haya alguna enfermedad articular, lo más indicado es ir alternando los diferentes estilos, y que el último que se incorpore a la rutina sea el de mariposa porque es el que mayor esfuerzo reclama. Por otra parte, la natación gana un punto de emoción cuando se hace en aguas abiertas, pero es recomendable comenzar en una piscina, donde la ayuda de emergencia será inmediata. También conviene tener en cuenta que el calor de las que están cubiertas aumenta el riesgo de que las personas susceptibles tengan síncopes (pérdida de conocimiento) provocados por una bajada de tensión.
Correr, o más bien trotar
No hace falta hacerlo a ritmo de atleta olímpico. De hecho, las mayores reducciones en la presión arterial se registran a intensidades entre el 50% y 70% del consumo máximo de oxígeno. En otras palabras: más que correr, lo que hay que hacer es trotar a paso ligero. Para determinar qué significa “paso ligero”, así como si este ejercicio es idóneo (sobre todo, en casos de obesidad, cardiopatías o de otras enfermedades articulares) lo primero que hay que hacer es, de nuevo, ponerse en manos de los profesionales de la medicina del deporte. Se trata de determinar lo que la SEMED denomina “respuesta tensional al esfuerzo”, o sea, hasta qué nivel de intensidad se puede ejercitar uno. También es recomendable comentarle al facultativo si estás tomando medicamentos que puedan alterar la frecuencia cardiaca “como los betabloqueantes”, según advierten desde el Colegio de Farmacéuticos de Barcelona. Lo mejor es acudir a un entrenador para que determine cuál es el ritmo idóneo al que trotar y cuánto tiempo hacerlo cada día, de manera que las piernas se habitúen a la actividad física y no te hagan dar marcha atrás.
Caminar sin sufrir, una opción para (casi) todos
Es la actividad física más elemental, y eso es bueno porque, “en principio, está recomendada para cualquier persona, de cualquier edad, sexo y condición. Produce menos impacto que correr, no es tan extenuante y es fácil realizarla acompañados de amigos o de familia”, asegura Sacristán. Él aconseja utilizar un calzado deportivo cómodo y procurar andar a un ritmo vivo, pero que permita mantener una conversación sin perder el aliento. “Si no estamos habituados, es importante empezar poco a poco. Primero, 15 minutos diarios. A las 3 semanas, subir a 20 minutos y así, progresivamente, hasta llegar a una hora de caminata. Si no puedes dedicarle una hora seguida, divídela en dos partes de 30 minutos, una por la mañana y otra por la tarde. Por supuesto, puedes aumentar el tiempo cuanto quieras, incluso añadir cuestas o subir escaleras para fortalecer las piernas”.
Puestos a caminar, desde el departamento de Salud del Gobierno Vasco se decantan por hacerlo a nivel del mar, ya que la presión arterial desciende a medida que lo hace la altitud. El consejo solo vale para algunas personas, sí, pero o que todas deberían evitar es hacer lo contrario; el senderismo de montaña a grandes altitudes es desaconsejable para las personas que tienen un caso de hipertensión grave.
Yoga, bajo la sombra de la duda
Dado que el yoga es una actividad sin impacto que suele recomendarse de forma generalizada, son muchos los estudios que intentan comprobar su idoneidad en pacientes con hipertensión. Hasta ahora, los intentos han sido poco productivos: los resultados son poco concluyentes, muestran una mejoría escasa o solo ven conveniente el yoga sin asanas (básicamente, la respiración consciente y la medicación). Poca cosa, teniendo en cuenta la gran cantidad de variedades que existen. Lo poco representativo de las muestras o la corta duración de los ensayos
hacen necesarios más análisis para poder establecer su idoneidad en personas con hipertensión y, en cualquier caso, “no es recomendable practicar posturas sobre la cabeza, como Salamba Sirsasana, en caso de presión arterial alta”, explica la conocida yogui Xuan-Lan en el libro Yoga para mi bienestar. La Sociedad Americana del Corazón, no obstante, atribuye un nivel de evidencia media o baja a estas estrategias.
Las pesas, solo como complemento
El ejercicio de fuerza ha sido mucho menos estudiado que el de resistencia en los pacientes con hipertensión. Desde la SEMED apuntan que “parece que los entrenamientos de fuerza isotónica e isométrica también provocan una respuesta favorable en los hipertensos. Sin embargo, ejecutados con cargas máximas provocan grandes incrementos en la presión arterial sistólica y diastólica”, aseguran desde la SEMED. O sea, que si tu batalla es contra la tensión arterial, deja el ejercicio de fuerza, dinámico o isométrico, solo como “actividad complementaria al trabajo aeróbico y con cargas que no superen el 50%-70% de 1RM” (1RM es la carga máxima que puede movilizar un individuo). Es decir, que si con un brazo no puedes levantar más allá de una mancuerna de 10 kilos, lo recomendable sería no cargar más allá de entre 5 y 7,5 kilos.
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