Drauzio Varella: “El discurso antivacunas es como inducir al suicidio colectivo”


El médico más famoso de Brasil es nieto de un pastor gallego que a los 12 años se embarcó hacia la tierra prometida para mantener a su familia en España. Drauzio Varella (São Paulo, 77 años) es una institución. Este oncólogo que cuando apareció el sida se asomó a los medios para concienciar sobre aquella epidemia es la gran referencia en salud pública para decenas de millones de sus compatriotas que le siguen en televisión, YouTube o la prensa. Con la pandemia fuera de control, el Gobierno en crisis, miles de enfermos en la cola para la UCI y Brasil como epicentro mundial del coronavirus, este médico alto y delgado que corre maratones reflexiona sobre el poder de los políticos en esta crisis y la actitud del presidente Jair Bolsonaro. Con la sala ventilada y distancia de seguridad, solo se quita la mascarilla para las fotos en su despacho de São Paulo.

PREGUNTA. ¿La gente tenía más miedo al sida que ahora al coronavirus?

RESPUESTA. [Con el sida] al principio hubo mucho prejuicio. La gente creía que te podías contagiar compartiendo cuarto de baño o en un autobús atestado. Pronto quedó claro que se transmitía en las relaciones sexuales. Ahora hay más miedo porque te infectas en un contacto casual.

P. ¿Usted se pondría la vacuna de AstraZeneca?

R. Es la que me puse. Aquí no escoges. Te ponen la que toca ese día.

P. Brasil, una potencia en salud pública, se ha convertido en una amenaza mundial porque puede ser una incubadora de nuevas variantes del coronavirus. ¿Cuánto pesa el factor Bolsonaro?

R. Al principio yo mismo no tuve noción de que sería grave. Cuando llegó a Italia, entendimos la amenaza y las medidas quedaron claras: mascarilla, aislamiento. ¿Qué pasó en Brasil? Que el presidente dijo públicamente —no consigo entender por qué— que, si aislábamos las ciudades, provocaríamos una crisis económica muy seria y que más gente moriría de hambre que por la epidemia. Si hubiera dicho: “Vamos a proteger la economía, los más jóvenes tienen que trabajar, pero, por favor, no salgan sin mascarilla, no pueden aglomerarse porque si no la economía no se recupera…”, habríamos transmitido una información homogénea. Pero él empezó a predicar lo contrario, comportamientos que contribuyen diseminar la epidemia. Tuvimos un mensaje doble y antagónico. Fue crucial. Creamos una bola de nieve que desembocó en la situación actual.

P. ¿Es Estados Unidos un ejemplo del poder de los políticos frente a una pandemia, en vista del descenso de casos y el aceleramiento de la vacunación desde que Biden es presidente?

R. Sirve para mostrar cómo la política puede influir en una pandemia, porque durante meses tuvo la mayor cifra de muertos al día.

P. El historiador israelí Yuval Noah Harari escribió en un artículo sobre la pandemia en el Financial Times que la ciencia no puede sustituir a la política, que el político es quien debe tener en cuenta las consideraciones médicas, económicas y sociales para definir una política integral. En Brasil y en EE UU, ¿ha fallado la política o hay otros responsables?

R. La mayor responsabilidad es del líder máximo. Pero es un conjunto. La ciudadanía, que decretó por su cuenta que la epidemia se había terminado y se echó a la calle; alcaldes y gobernadores, que adoptaron políticas menos restrictivas; el Senado y la Cámara, que se ausentaron de la discusión.

P. ¿Debería Bolsonaro ser denunciado por crímenes contra la salud pública?

R. No conozco la parte legal, pero tampoco es posible que esto quede sin ninguna consecuencia.

P. Harari sostiene que la negligencia e irresponsabilidad de los Gobiernos de Trump y de Bolsonaro ha causado cientos de miles de muertes evitables. ¿Comparte ese diagnóstico?

R. Estoy de acuerdo. No sé cuántas muertes podrían haberse evitado porque es un virus agresivo. Hay países que respondieron rápidamente y no pudieron evitar las muertes, pero tuvieron muchas menos. Lograron evitar catástrofes como la brasileña y la americana.

P. Brasil tenía ventajas. Logró contener el sida, tiene un programa de vacunación potente, un sistema sanitario que llega al último rincón. ¿Todo eso fue insuficiente ante los líderes políticos brasileños?

R. En España, Reino Unido o Portugal no todo salió bien, pero había una coordinación central que asumieron los gobiernos. Aquí cayó el ministro de Salud, entró otro que estuvo un mes y luego un militar sin ninguna experiencia en sanidad. Ningún país con más de 100 millones de habitantes tiene un sistema de salud gratuito como el nuestro. No es tarea simple, pero el sistema está organizado. El programa nacional de inmunizaciones es uno de los que más vacunan en el mundo. Tiene 38.000 puestos, la sala, el frigorífico, el técnico entrenado para vacunar, una enfermera que supervisa… ¿Cuál ha sido el problema? Que empezamos la campaña sin tener vacunas. En los setenta, Brasil vacunó a 18 millones de niños contra la poliomielitis en un día. ¿Y ahora? 70.000- 80.000 diarios, porque no hay vacunas.

P. ¿Por qué?

R. Faltó impulso político. Teníamos que haber estado preocupados por comprar vacunas cuando los otros países compraron. Cuando decidimos ir a buscarlas, ya no había. Cambiaron la jefatura del Ministerio de Salud, colocaron militares y no técnicos, y todo quedó perdido.

P. ¿La lucha contra el sida fue un éxito porque las autoridades se unieron en un esfuerzo coordinado?

R. Pese a los prejuicios de europeos y americanos, que decían que no tenía sentido dar inhibidores de proteasas a los pobres porque el tratamiento era complejo y no lo tomarían, el Ministerio de la Salud se plantó frente a las multinacionales amenazando con romper patentes. Se decidió que todo brasileño con sida sería tratado. En 1995 teníamos la misma prevalencia de VIH que Sudáfrica. Hoy ellos tienen un 10% de la población adulta infectada. Nosotros, unos 800.000. Con la tasa de Sudáfrica serían 17 millones.

P. Cree que la gran secuela de la pandemia va a ser la salud mental.

R. Con la epidemia, dos trastornos psiquiátricos como la ansiedad y la depresión han aumentado. Los centros de atención psicosocial atienden solo las grandes psicosis. No hay psicoterapia para quien está deprimido o en una crisis de ansiedad. Y si no tratas los trastornos en sus inicios, se agravan. Necesitarán atención psiquiátrica, medicamentos, tratamientos largos.

P. ¿Cómo combatir la desconfianza en las vacunas, en los ensayos clínicos?

R. Esos movimientos antivacunas tienen que ser perseguidos legalmente. No puedes dejar que hablen como si fueran autoridades. De estudiante, visité una enfermería de viruela. No ha habido ni un caso de viruela en el mundo hace décadas. ¿Cómo ocurrió? ¡Con la vacuna! Alguien vacunado en la infancia, que no ha tenido polio, viruela, que no tiene sarampión y ahora habla contra las vacunas… Es como inducir al suicidio a la población.

P. ¿Qué hacer con el acaparamiento de vacunas de los países ricos? ¿Es egoísmo?

R. Claro que lo es. No se justifica comprar cuatro veces las vacunas suficientes para tu población y quedártelas mientras otros países no tienen dinero para comprarlas. No es el caso de Brasil, que tiene dinero. ¿Por qué no prestar vacunas y que luego te las devuelvan? Debería haber un acuerdo internacional intermediado por la OMS.

P. ¿Cómo es posible que en Brasil no fume casi nadie?

R. Televisión, hija mía, televisión. En ningún otro país tienen un canal como TV Globo, que llega al país entero. Llevaban a los médicos a la televisión para mostrar su verdadera cara, para contar que el tabaco es una tragedia. Yo voy a Europa y estoy en shock de ver cómo fuman, cómo personas cultas, inteligentes que tuvieron acceso a toda la información, fuman.

P. La televisión como instrumento de salud pública.

R. Es el gran instrumento. Incluso ahora en la pandemia la mayoría se informa por la televisión. Yo mismo hice dos series sobre el tabaco en el Fantástico (el gran programa informativo y de entretenimiento para familias en Brasil) y en las dos enseñaba cómo era un pulmón normal y un pulmón negro. Y eso causa un impacto enorme en la población. Y ahí viene todo lo demás.


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