El arte de hacer que un cuadro de hace cientos de años cobre vida


En las últimas décadas, murales y grafitis han conquistado nuestras ciudades. Pero, por muy modernas que parezcan estas manifestaciones artísticas, su origen es muy anterior al del concepto de arte urbano. Como señala el crítico de arte Jonathan Jones en este artículo, el término “street art” parece acuñado para definir el ingenio creativo del misterioso Banksy y sus seguidores, pero en realidad el impulso de llenar los muros de color lleva existiendo desde hace al menos 60 mil años.

Resulta complejo definir el concepto de “arte urbano”, ya que las manifestaciones que engloba son tan diversas y cambiantes como las ciudades en las que se ubican. Podría decirse que el término acabó de fraguarse en los años 90, momento en el que grafitis y otras manifestaciones artísticas eran cada vez más comunes en las calles de muchas de las urbes. Hoy, te traemos una selección de obras que se adelantaron a la formulación de este concepto.

Cueva de las manos

Comparar las pinturas rupestres con los grafitis puede resultar cuanto menos irreverente. Pero visto en perspectiva, la distancia que separa ambas manifestaciones no es tan basta más allá de la insalvable barrera temporal. Sin ir más lejos Óscar San Miguel, conocido por su pseudónimo Okuda y uno de los artistas urbanos españoles de mayor renombre, afirmaba que “el grafiti es el arte rupestre del siglo XXI”.

Los descubrimientos de este tipo de pinturas siguen estando a la orden del día. Sin ir más lejos, recientemente se encontraron grabados de bisontes de más de 27.000 años de antigüedad en una cueva española, hallazgo que pone en manifiesto la presencia de una cultura europea común al representar un estilo artístico hasta ahora desconocido en la península Ibérica. Pero el ejemplo de la Cueva de las Manos es, tal vez, la muestra más ilustrativa para comprender la relación entre dos muestras artísticas que parecen no tener nada en común.

En el profundo cañón del río Pinturas, en plena Patagonia argentina, se encuentra esta peculiar cueva, a 88 metros de altura. Su interior alberga un tesoro inimaginable: pinturas rupestres con escenas de caza, animales y figuras abstractas en un estado de conservación envidiable para sus cerca de 10.000 años de antigüedad. Pero lo que verdaderamente llama la atención, y por lo que recibe su nombre, son las manos que recubren las paredes de la cueva y que no fueron pintadas sin más, sino que se hicieron en negativo, mediante la técnica del stencil o estarcido, para la que se hace uso de plantillas a las que se rocía con pintura y que es muy popular en el actual street art. Los investigadores implicados en la conservación de la cueva señalan que probablemente estas representaciones de palmas de manos tuvieran connotaciones ceremoniales y fueran realizadas por familias de paso por la zona. Seguro que a partir de ahora las plantillas de Banksy, germen de sus murales reivindicativos, no te parecerán tan novedosas.

Grafitis de Pompeya

Las pintadas que aparecen habitualmente en las calles de las ciudades no son, ni de lejos, algo exclusivo de nuestros tiempos. El ser humano ha escrito y escribirá sus pensamientos e inquietudes donde mejor le pille, como una forma más de dejar constancia de su paso por el mundo. Considerada vandalismo por algunas personas, los vestigios de esta práctica son muy remotos, pero sin duda uno de los ejemplos más relevantes por la amplitud de muestras conservadas es el del Imperio Romano. El contenido de sus pintadas es muy diverso y a veces roza la actualidad, como el caso de este pene cincelado cerca del muro de Adriano, una construcción defensiva en la entonces conocida como isla de Britania, la Gran Bretaña actual.

Pero dentro de la variedad de pintadas que conservamos de los antiguos romanos, destacan sin duda las de Pompeya, donde la vida quedó congelada a causa de la erupción del Vesubio, en el año 79 d.C. En realidad, poco se sabe con certeza sobre el día a día en la antigüedad, hasta el punto de que una simple pintada puede convertirse en una fuente fundamental de estudio. Así lo considera el historiador Jerry Toner, quien hace uso de las fuentes populares para conocer la historia de los antiguos ciudadanos romanos. Ya dedicamos un artículo a las pintadas pompeyanas. Entre los más de 11.000 grafitis conservados, se cuentan mensajes personales (“Satura estuvo aquí”, por ejemplo), de carácter amoroso y sexual, versos famosos y anuncios de vendedores y eslóganes electorales (los magistrados en las ciudades se elegían). Su peso histórico es tal que una de ellas, escrita en carboncillo, ha llevado a retrasar dos meses la supuesta fecha en la que ocurrió la tragedia vesubiana.

Vítores en catedrales y monumentos históricos.

Si has visitado la Catedral de Sevilla, tal vez te hayas preguntado qué son esas letras rojas de grandes proporciones que ocupan parte de la fachada hacia la calle Alemanes y que aparecieron tras una limpieza. Se trata de vítores, inscripciones que realizaban los estudiantes en los edificios más emblemáticos de la ciudad con el fin de plasmar sus logros académicos. Una tradición que nació en el siglo XVII y XVIII en Salamanca, ciudad universitaria por excelencia, y que debió extenderse a las ciudades españolas más destacadas. Aunque la mayor parte de estas inscripciones son prácticamente ilegibles, sí se distingue en ellas un símbolo en forma de “v” que se repite hasta la saciedad. Este es el vítor propiamente, un anagrama formado por la trasposición de las letras de la propia palabra.

Las firmas de Josef Kyselak

El “tagging” o firma es una práctica muy extendida entre los artistas urbanos. Suele establecerse su origen a finales de la década de 1960, con la figura de Taki 183, un joven neoyorquino que estampó su firma a lo largo de la ciudad. Sus pintadas captaron la atención de un periodista, que le dedicó un artículo en The New York Times que acabaría por catapultarlo a la fama. Pero, al contrario de lo que muchos piensan, Taki no fue el primero en llevar a cabo esta práctica.

Algunos grafiteros consideran a Josef Kyselak como el verdadero padre del grafiti moderno. Se trata de un ayudante del registro en la cámara de la corte de Viena que en los primeros años del siglo XIX se dedicó a recorrer gran parte del Imperio Austríaco estampando su firma en lugares variopintos, hasta el punto de llegar a ser conocido en vida por ello. Si la práctica es controvertida hoy en día, imagina lo desafiante que fue Kyselak al dejar su nombre en toda clase de ubicaciones, en pleno siglo XIX. Algunas de estas inscripciones han llegado a nuestros días, igual que su leyenda. El escritor Claudio Magris, por ejemplo, dedicó unas líneas a Kyselak, no precisamente favorables, en su famosa obra El Danubio: “Habría sido mejor que Josef Kyselak hubiera escrito en la faz del mundo un nombre ajeno, el de una persona amada, o una de esas palabras que se repiten como una fórmula mágica: claro que todavía habría sido más grande si se hubiera pasado borrando su nombre en vez de escribirlo”

Pintadas en las ruinas del Reichstag

En pleno año 1945, en medio de un Berlín caótico y asediado por la guerra, tiene lugar la caída del Reichstag, actual lugar de reunión del parlamento alemán. Los jóvenes soldados soviéticos que asistieron a la toma la entendieron como la victoria definitiva contra los nazis al confundirlo con la “guarida de Hitler”, y dejaron constancia de su alegría garabateando el edificio. Los nombres, fechas y pensamientos de aquellos soldados quedaron marcados en sus muros, la mayoría en alfabeto cirílico, aunque también los hubo en árabe.

“Un sueño hecho realidad”, escribió un tal Afanassev. La mayoría, hasta un 95%, se limitó a dejar constancia de sus nombres (“Ivanov”, “Pyotr” o “Boris Victorovich Sapunov”, por ejemplo). Otro dejó escrita la ruta que había seguido hasta llegar al corazón de Alemania (“Moscú-Smolensk-Berlín, mayo 1945”). Las inscripciones permanecieron ocultas durante décadas y volvieron a ver la luz en la pasada década de los noventa, conservándose algunas de ellas en la actualidad, aunque otras fueron borradas por su contenido demasiado belicista o soez. “Estábamos borrachos y aún teníamos miedo a que nos disparasen justo al final”, se justificó años después uno de los soldados que dejaron su firma, según recoge este artículo en The Atlantic.

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