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El arte del remordimiento español

Bastantes niños de la Transición recordaremos alguna visita borrosa al Museo del Ejército. Se iba de la mano de algún adulto difuminado a partir del codo, en mañanas de domingo lluviosas, con el Retiro impracticable y una vez agotados los museos más pintones. Era a la vez un rollo absoluto y un sitio rarísimo: estaban la espada del Cid y la tienda de campaña de Carlos V, y montones de lanzas oxidadas y panoplias de pendones con polilla. Se olisqueaba un moho de glorias rancias que ni los mayores tomaban en serio. Había maquetas hechas con primor deprimente por coroneles retirados, pero no colaban: cualquier niño sospechaba que aquél no era un museo ni un mundo para niños. Fue para muchos el primer contacto con nuestro revival más mortecino, estilo franquista y de decadencia por excelencia (o de Su Excelencia): el Remordimiento Español. El museo mismo se aparecía de lejos como uno de esos mueblotes de madera renegrida y cabecitas con yelmo y barba pinchuda, entre trasto y trofeo, estorbando en pleno Madrid como en medio del salón de las visitas.

Da casi apuro este recuerdo. Preferiríamos sepultarlo y blanquear su sepulcro con lujosas remodelaciones, y sin embargo su olvido es justo el lujo nacional que no podemos permitirnos. Álvaro Perdices lo repiensa y lo exorciza en su proyecto para el CA2M a partir precisamente de ese “lugar íntimo, emocional y personal” reconocible para muchos que lleguen hasta la sede del museo en Móstoles. Es un trabajo con cimientos teóricos sólidos, como todos los suyos. Al dialogar con la comisaria María Virginia Jauá, con los arquitectos del estudioHerreros y con Manuel Segade, director del CA2M, enlaza con una tradición jugosa de crítica institucional, irónica y hasta gamberra a ratos: más en la línea de Paul McCarthy o Marcel Broodthaers que de Hans Haacke. También reflexiona sobre los límites y metas de la arquitectura pública en democracia.

Pitillera y una caja de cerillas fabricados manualmente por el alcalde de Manzanares el Real Casimiro Morcillo (uno de los llamados alcaldes rojos de la sierra de Madrid) durante su estancia en la cárcel de Ocaña en 1939. PATRI NIETO

Pero antes o después de todo esto es un ejercicio de memoria personal —y aun corporal— y una invitación al autorretrato colectivo. En 2016 el Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, antigua sede del Museo del Ejército, llevaba casi 10 años vacío, tras la decisión política del traslado de sus fondos a Toledo y la ampliación prevista por Norman Foster y Carlos Rubio. Perdices trabajaba justo entonces para el Prado y se inspiró al visitar las salas tras la mudanza. “Esto me pone”, se dijo. Y se entiende muy bien al ver las fotos y vídeos que aprovechó para hacer en el momento. Son a la vez poderosas y poéticas, catas en los sucesivos estratos del edificio y de este país: los muros despojados de insignias como un sargento de sus galones, el bar con su barra de zinc y su mostrador de raciones y tapas, la siniestra y casi inverosímil Delegación de Homicidios. Y muchos perifollos platerescos de escayola repintada, mangarriegas flojas, bombillas peladas en despachos como de Forges, pladures reguleros, baldosines cutres, cercos de mugre.

En su texto para el catálogo, la historiadora del arte Lola Jiménez-Blanco recuerda que ya el original palacio del Buen Retiro era endeble, que los fastos de su Salón de Reinos tapaban tabiques de panderete y pacotilla. Nacía con Felipe IV, que por mucho que se autobautizase Rey Planeta apenas podía taponar los boquetes de su imperio. Después, desde Godoy hasta Franco, pasando por Espartero y la II República, sus reencarnaciones como museo militar siempre fueron espectrales, invocaciones al pasado heroico para maquillar el presente maltrecho, montones de despojos como puro trampantojo.

La muestra funciona como un ejercicio de memoria personal y una invitación al autorretrato colectivo

Perdices no sólo muestra muros desnudos: también lo está él en algunas fotos, reflejado tras el trípode de su cámara, y uno piensa en los salones de espejos regios y sus reyes desnudos en sus miserias que pintó Velázquez. Cuenta que se sintió “como una especie de animal” intruso y nombra a las nutrias, bichos ágiles y peludos que se adaptan al medio y fluyen con él para colarse por los resquicios. Planeó una primera exposición en la añorada galería Casa Sin Fin y al final el trípode de su cámara tiene su eco en las tres patas del proyecto para el CA2M.

Por un lado está la sala en penumbra donde cuelgan las fotografías del viejo museo, superpuestas en capas en torno a la arquitectura efímera del estudioHerreros. Es un pabellón de vidrios y espejos opacos, que replica la forma del Salón de Reinos original y evoca los sucesivos museos militares y el proyecto de su futura ampliación. Dentro se amontonan algunos muebles Remordimiento del taller de carpintería de la cárcel de Ocaña: Perdices investigó y descubrió que los presos republicanos trabajaron en él para abastecer el museo de Franco tras la guerra. Los ha rescatado y traído hasta aquí para apilarlos como antimonumentos y reivindicar su memoria. Por otro, el libro excelentemente diseñado por This Side Up, con los textos muy trabajados de Jauá, Jiménez Blanco y Juan Herreros y una conversación franca a tres bandas de artista, comisaria y director. Y al final, de la suma de todo resulta el edificio mental y memorioso que el visitante se lleva en la imaginación: un museo de fantasmas y ecos que no podemos dinamitar ni borrar sin más de la memoria colectiva.

Frente a la enésima reforma integral, eso que tanto gusta en España y blanqueará el pasado del viejo museo, este proyecto en equipo propone un ejercicio arqueológico que desentierra las huellas, heridas y muescas que le fueron dando forma y ahora pasarán por la piqueta.

Perdices ya trabajó antes en torno al Museo del Prado, recorriendo sus salas de noche o reinterpretando El jardín de las delicias, del Bosco, pero menciona aquí en particular sus fotografías de cuartos oscuros de los clubes gay de los noventa. Y es verdad que se le dan un aire la gran sala medio a oscuras y las arquitecturas de Herreros: zonas en penumbra y sin embargo reveladoras donde los relatos los arman los cuerpos y las memorias de muchos y dejan de ser impuestos por las armas de la autoridad competente (“militar, por supuesto”, como dijo en su día Tejero con candidez espeluznante). La quincalla imperial y colonial, los empapelados isabelinos, los retratos franquistas del viejo Museo del Ejército y su Salón de Reinos no son pegotes que irse arrancando: fueron ornamentos, y huellas de delitos, que merecen quedar consignados.

‘Espejo y reino / Ornamento y Estado’. Álvaro Perdices. CA2M. Móstoles (Madrid). Hasta el 21 de agosto.

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