El economista francés Piketty creía en el liberalismo. Hoy grita: “¡Viva el socialismo!”

Si me hubieran dicho en 1990 que en 2020 iba a publicar una colección de crónicas titulada ¡Viva el socialismo! habría pensado que se trataba de un mal chiste. A mis 18 años, acababa de pasarme el otoño de 1989 siguiendo por la radio el colapso de las dictaduras comunistas y del “socialismo real” en la Europa del Este. En febrero de 1990 participé en un viaje de estudiantes franceses en apoyo de la juventud rumana, que acababa de deshacerse del régimen de Ceausescu. Llegamos en plena noche al aeropuerto de Bucarest y luego fuimos en autobús a la tristona y nevada ciudad de Brasov, enclavada en el arco de los Cárpatos. Jóvenes rumanos nos mostraron con orgullo agujeros de bala en las paredes, testimonios de su revolución. En marzo de 1992 haría mi primer viaje a Moscú, en donde vi las mismas tiendas vacías y las mismas avenidas grises. Había logrado infiltrarme en el bagaje de un coloquio franco-ruso titulado Psicoanálisis y ciencias sociales, y con un grupo de académicos franceses algo perdidos pude visitar el mausoleo de Lenin y la plaza Roja, donde la bandera rusa acababa de sustituir a la soviética.

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Nacido en 1971, pertenezco a una generación que no tuvo tiempo de dejarse seducir por el comunismo y que se hizo adulta constatando el fracaso absoluto del sovietismo. Como muchos, en la década de 1990 fui más liberal que socialista, orgulloso como un pavo real de mis observaciones juiciosas, desconfiaba de mis mayores y de los nostálgicos, y no soportaba a los que se negaban decididamente a ver que la economía de mercado y la propiedad privada eran parte de la solución.

Hete aquí que, treinta años después, en 2020, el hipercapitalismo ha ido demasiado lejos. Ahora estoy convencido de que hay que pensar en la superación del capitalismo, en una nueva forma de socialismo, participativo y descentralizado, federal y democrático, ecológico, mestizo y feminista.

La historia decidirá si la palabra “socialismo” está definitivamente muerta y debe ser reemplazada. En mi opinión, puede salvarse, y de hecho sigue siendo el término más apropiado para designar la idea de un sistema económico alternativo al capitalismo. En cualquier caso, uno no puede contentarse con estar “en contra” del capitalismo o del neoliberalismo: hay que estar también y sobre todo “a favor de” otra cosa, lo que exige ser capaz de definir con precisión el sistema económico ideal que uno desearía poner en práctica, la sociedad justa que uno tiene en mente, sea cual sea el nombre que finalmente decida darle. Se ha convertido en un lugar común decir que el sistema capitalista actual no tiene futuro, ya que profundiza en las desigualdades y agota el planeta. Esto no es falso, pero, a falta de una alternativa concreta, el actual sistema tiene todavía muchos días por delante.

Como profesor e investigador en ciencias sociales, me he especializado en el estudio de la historia de las desigualdades y de la relación entre el desarrollo económico, la distribución de la riqueza y el conflicto político, lo que me ha llevado a publicar varias obras voluminosas. También he contribuido a la creación de la World Inequality Database (WID), un vasto proyecto colectivo y participativo destinado a aportar una mayor transparencia sobre la evolución de las desigualdades de renta y de riqueza en las diferentes sociedades del planeta.

Sobre la base de lo aprendido en estas investigaciones históricas, así como de mi experiencia como ciudadano-observador del período 1990-2020, he intentado proponer en mi último libro algunos “elementos para un socialismo participativo” (…). Debo aclarar que estos “elementos” constituyen únicamente un punto de partida entre otros posibles, una diminuta contribución a un enorme proceso de elaboración colectiva, discusión contradictoria y experimentación social y política, un proceso de largo plazo que deberá hacerse con toda humildad y tenacidad. (…)

Empecemos con una afirmación que a algunos les puede parecer sorprendente. Desde una perspectiva de largo plazo, la larga marcha hacia la igualdad y el socialismo participativo está bien encaminada. Nada impide técnicamente seguir avanzando por el camino ya abierto, a poco que todas y todos nos pongamos manos a la obra. La historia demuestra que la desigualdad es esencialmente ideológica y política, no económica o tecnológica. Esta visión optimista puede parecer paradójica en estos tiempos sombríos. Sin embargo, se corresponde con la realidad. Las desigualdades se han reducido considerablemente desde una perspectiva de largo plazo, gracias sobre todo a las nuevas políticas sociales y fiscales puestas en marcha durante el siglo XX. Queda mucho por hacer, pero lo cierto es que podemos avanzar mucho si sacamos partido a las lecciones de la historia. Veamos, por ejemplo, la evolución de la concentración de la propiedad en los dos últimos siglos. En primer lugar, se constata que la parte de la propiedad total (el total de activos inmobiliarios, financieros y profesionales, netos de deudas) en manos del 1% más rico de la población se mantuvo a un nivel astronómico durante todo el siglo XIX y hasta principios del siglo XX —lo que demuestra, por cierto, que la promesa de igualdad de la Revolución francesa fue más teórica que real, al menos en lo que respecta a la redistribución de la propiedad—. En segundo lugar, se observa que la parte de la propiedad total en manos del 1% más rico disminuyó bruscamente durante el siglo XX: era alrededor del 55% en vísperas de la primera guerra mundial, frente al 25% aproximadamente en la actualidad. Nótese, sin embargo, que esta cuota sigue siendo unas cinco veces superior a la que corresponde al 50% más pobre de la población, que en la actualidad posee algo más del 5% del patrimonio total (a pesar de que son, por definición, cincuenta veces más numerosos que el 1% más rico). La guinda del pastel es que esta baja participación en el patrimonio total ha ido disminuyendo desde las décadas de 1980 y 1990, tendencia que puede observarse tanto en Estados Unidos, Alemania y el resto de Europa como en la India, Rusia y China. En resumen: la concentración de la propiedad (y, por lo tanto, del poder económico) ha disminuido de manera significativa durante el último siglo, pero sigue siendo extremadamente fuerte. La reducción de la desigualdad de la riqueza ha beneficiado sobre todo a la “clase media patrimonial” (el 40% de la población entre el 10% más rico y el 50% inferior de la distribución), pero ha beneficiado muy poco a la mitad más pobre de la población.

Thomas Piketty es director de investigación en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, profesor en la Escuela de Económicas de París y codirector de la World Inequality Database. Su libro ‘El capital en el siglo XXI’ fue un superventas. Este extracto es un adelanto de ‘¡Viva el socialismo!’ (Deusto), que se publica el próximo 7 de abril. La editorial Grup62 lo publica en la misma fecha en catalán. Aquí puedes leer el extracto de ‘Una altra forma de socialisme’.


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