El libro que convirtió a Alice Munro en una maestra del relato

La escritora canadiense Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931).
La escritora canadiense Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931).

En su célebre artículo La narrativa moderna, Virginia Woolf propone que “examinemos por un instante una mente corriente en un día corriente. La mente recibe un sinfín de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con afilado acero. La vida es un halo luminoso. ¿No es el cometido del novelista transmitir este espíritu cambiante, desconocido e ilimitado”. Tal vez sí, y no otra cosa es lo que ha venido haciendo la gran Alice Munro a lo largo de su discreta y triunfal trayectoria, miniaturas de la comédie humaine de la mano de precisas e inquietantes miradas a una vida cotidiana que solo es anodina si se la ve desde lejos, pues observada de cerca presenta matices inusitados y emociones imperceptibles que el talento de Munro, guarnecido con una capacidad infinita para advertir la sutileza de los detalles, el alboroto de los sentimientos y “el peso del mundo de los objetos”, es capaz de revelar.

Su prosa parsimoniosa, liviana solo en apariencia, se muestra colmada de arcanos y de epifanías, de insinuaciones e indicios

Su prosa parsimoniosa, liviana solo en apariencia por su falta de artificio, se muestra colmada de arcanos y de epifanías, de insinuaciones e indicios fruto de la alquimia de sus cuatro elementos, la parataxis, la concisión, la precisión y la elipsis, y de su querencia por una observación endémica de la vida diaria que Margaret Atwood quiso denominar “escrutinio obsesivo” y que origina vislumbres, intuiciones, iluminaciones: “Había destellos de relámpagos. Luego vino el trueno”, reza un verso de Mark Strand.

La narrativa de Munro, que se diría insustancial cuando es insondable, se consolidó con El progreso del amor (1986), y convengamos en que alcanzó su cumbre con El amor de una mujer generosa (1998), La vista desde Castle Rock (2008) y Demasiada felicidad (2009), libros de relatos en los que lo implícito vence a lo evidente y lo tácito a lo elocuente, en la línea de la teoría del iceberg de Hemingway, en los que no hay abalorios y reina siempre una sagrada intimidad, y bajo cuya tierra baldía brota la hierba de un conflicto ético o emocional. Austeras historias de mujeres atribuladas por los sórdidos paraísos y los acogedores infiernos de la vida ordinaria, ambientadas en pequeñas ciudades porque “son como escenarios para la vida humana”, donde el destino se trenza con la rutina, la soledad con la memoria, el quimérico amor con un solitario granero, y el desvalimiento bajo la sombra del árbol familiar.

“No leo con el fin de averiguar lo que sucede”, señaló en el proemio a sus Selected Stories (1996), y no escribe para que lo haga su lector, al que se imagina paseándose por acres de texto dejándose llevar por una atmósfera y sus incertidumbres y contingencias. Importa la percepción psicológica de escenas y la comunión con palabras de una privacidad con la que no podemos evitar sentirnos concernidos. Confidencias, recuerdos autobiográficos, fotos de un anónimo álbum familiar cobrando vida en los relatos, miradas a un entorno doméstico, evocaciones, dilemas y paisajes del alma restringidos a intensos y ambiguos ambientes alterados por intrigantes intersticios. Decía Eudora Welty en On Writing que “la responsabilidad del arte consiste en convertir en real la realidad”, y este librito de Welty, igual que ‘Cómo empecé a escribir’ de “El mudo” y otros textos, de Carson McCullers, y Misterio y maneras, de Flannery O’Connor, que hablan del misterio de lo cotidiano y del espacio íntimo de la mujer que McCullers denomina “la maravillosa región solitaria de las historias sencillas y del mundo interior”, arrojan no poca luz sobre la poética de Munro. Inmensa es la deuda contraída con las tres por la autora de Ontario, como lo es la influencia de Proust, de su fértil confusión entre imaginación y realidad y de su memoria afectiva.

Conquista narrativa

Algo que quería contarte fue publicado por McGraw-Hill en 1974, es el tercer libro de relatos de la autora y constituye en cierto modo la conquista de su modo de narrar, asentado en una disposición fenomenológica, en escuetos diálogos contenidos y en aquella convicción de Sterne de que “hasta lo más obvio tiene su lado oscuro”. Su salida al mercado significó el comienzo de la frecuente colaboración de Munro en The New Yorker, Grand Street, The Atlantic, The Paris Review y otras prestigiosas revistas literarias que afianzaron y difundieron sus relatos, después agavillados en volúmenes.

El volumen muestra que la obsolescencia no tiene cabida en Munro, como apenas si la tiene la progresión, pues nació a la escritura dominándola

La primera persona que en ocasiones se confundía con una confesión íntima, con páginas espigadas de un diario inexistente, se alterna ahora con relatos gobernados por singulares narradores omniscientes. Sofistica su manejo de la tensión temporal, de la durée y de los silencios diseminados por el texto. Ensaya puntos de vista. Ecos de Melville, de Katherine Anne Porter, de Maxwell o de Mansfield. ‘Algo que quería contarte’, ‘Cómo conocí a mi marido’, ‘El valle de Ottawa’, ‘Viento de invierno’ y ‘Despedida’ son extraordinarios, y el volumen muestra que la obsolescencia no tiene cabida en Munro, como apenas si la tiene la progresión, pues nació a la escritura dominándola.

Este es el regreso al preludio de un estilo inimitable, y es posible que este libro primerizo de la Nobel canadiense, ahora traducido, sea el último que celebremos en lengua española, salvo ulteriores remanentes nacidos de testamentos traicionados, rescates o antologías. Al publicar Mi vida querida (2012) insinuó que podía ser su postrer volumen de relatos, lleva cerca de una década sin escribir, vendió su entrañable casa de Clinton rodeada de arces, y en julio cumplirá 90 años. Por fortuna, los clásicos no admiten despedidas, solo propician reencuentros.

Algo que quería contarte 

Alice Munro 
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Lumen, 2021
298 páginas. 19,90 euros

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