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El primer deportista contagiado en Argentina llegó con coronavirus desde Madrid


Atrapado por el coronavirus y aislado en un hospital de Junín, una ciudad situada a 300 kilómetros de Buenos Aires. Sólo con la compañía del teléfono móvil, del mate, de algunos libros y de ¡un miniaro de basket al que una y otra vez trata de acertarle con una pelota pequeña de goma espuma. Así vive su cuarentena Facundo Corvalán, una de las grandes esperanzas del baloncesto argentino, jugador del Real Canoe de la Liga Leb Oro y con ilusiones de saltar pronto a la Liga Endesa. El protagonista de esta historia que impacta se contagió en España, pero recién aquí, en su país, supo que era otra víctima de la pandemia que pone en jaque al planeta. A los 21 años, resulta mucho más que un deportista que vuela por la vida cumpliendo sueños…



“Por suerte ya estoy bien, sin síntomas, esperando que llegue la prueba del última prueba para ver si ya me autorizan a irme a casa”, le cuenta Corvalán a Mundo Deportivo en plena etapa de aislamiento, desde la habitación que ocupa en el Hospital de Agudos Abraham Piñeyro de Junín.

Simpático, abierto a la charla, Facundo acepta sin problemas recorrer su historia paso a paso, a puro detalle: “Las cosas en España estaban empeorando. Ya se empezaban a tomar algunas medidas. Mi club había cerrado las puertas y los entrenamientos. La liga en la que juego estaba a punto de suspender los partidos. Mi mamá me había ido a visitar. Estaba conmigo, en el apartamento de Madrid en el que vivo junto a otros dos compañeros. Por este tema del coronavirus, habíamos ido a anticipar su regreso hacía unos días y le habían cambiado el pasaje para el viernes 13 de marzo. Ese día, yo me levanté para ayudarle con el bolso, pero no me sentía bien”.

El relato de Corvalán avanza con la tranquilidad de alguien que ya se siente curado: “Me desperté con menos energía de la normal, con sensación de cansancio. Me tomé la fiebre y tenía 37.4. Fui a ver a la médica del club y ella me dijo que me quedara en casa, que ni se me ocurriera ir a un hospital porque no me iban a atender sabiendo que soy joven y deportista profesional”.

Ya de regreso en su departamento, fue Silvina, su madre de 53 años, quien empezó a jugar: “Me dijo que me tenía que volver con ella para Argentina. Que no me convenía quedarme solo en Madrid, que nadie me iba a atender mejor que en casa. ‘Si tu caso se complica, ¿qué vas a hacer acá, tan lejos?’, me preguntó. No lo pensé casi nada y le hice caso. Quedarme sólo en España era muy peligroso. Ahí llamé a mis entrenadores, me autorizaron y fui a cambiar mi pasaje. Yo, con tiempo, había sacado un boleto para volverme en mayo, cuando terminaba la liga. Y el día que fuimos a adelantar la vuelta de mi mamá, pregunté si podía en un caso de urgencia cambiar el mío. Estaba la posibilidad de hacerlo sin costo. Pude resolver todo enseguida y me subí al avión ese mismo viernes 13 a la noche junto a mamá”.

Ahí nacía el capítulo que tal vez más padeció. Lo repasa el mismo Facundo: “Fuimos al aeropuerto con todas las precauciones. Con mascarillas, tomando una distancia prudencial de la gente, con alcohol en gel. Ahí no me tomaron la temperatura. Cada vez que podíamos en el avión íbamos a lavarnos las manos al baño. El problema fue a la madrugada. Empecé a levantar fiebre. Todos estaban en camisa, pero yo temblaba. Tenía frío. Como me había llevado un termómetro, me tomé la temperatura. Había llegado a 40 grados. Me dolían los músculos, los huesos. Tomé un paracetamol y un ibuprofeno”.

Por esa medicación que había ingerido, el aterrizaje en el aeropuerto de Ezeiza lo encontró en un mejor estado: “Llené la declaración jurada que nos dieron. Puse todos los síntomas, inclusive lo que había tomado en el vuelo. Con mi mamá contamos toda la verdad. A ella, por suerte, sólo le dolía la garganta. Apenas bajamos, nos separaron, nos llevaron a un control de calor y ahí salió que no tenía fiebre. Entonces, nos permitieron irnos a casa”.

El viaje de Ezeiza a Junín, casi 300 kilómetros por ruta, lo realizó en el auto que le había acercado papá Javier, a quien le habían avisado con qué síntomas arribaban: “Por eso mi padre en el aeropuerto se arrimó apenas a tres metros. Había puesto la llave del coche en un vasito de McDonalds para no tener el mínimo contacto con nosotros. Era el único con mascarilla y guantes jajajaja. Yo me río, pero estuvo muy bien. El, por las dudas, para evitar riesgos de contagio, se quedó en la casa de un familiar y al otro día se volvió en micro. A mi hermanito Lautaro ya lo había dejado en casa de una tía. Yo manejé hasta Junín. Me costó, pero llegamos bien. La idea con mamá era cumplir la cuarentena en casa. Hicimos todo lo que había que hacer. Yo tuve la suerte de poder hacerlo, pero no todos tienen estas facilidades”. Eso sí, había más…

Un rato después de haber arribado a Junín, “me relajé y de nuevo la fiebre subió. Llegó hasta 40 y monedas (sic). Ahí llamamos al 107, vino una ambulancia y nos trajeron al hospital. La prueba la hicieron ese mismo sábado y unos tres o cuatro días después salieron los resultados. A mamá le dio negativo y la mandaron a casa, donde aún se encuentra aislada en una habitación. A mí me salió positivo y acá estoy, todavía en el hospital. Seguro que me contagié en España. Está claro, pero no sé cómo. Lo raro es que mis dos compañeros no tuvieron nada. No sé… Ahora vamos a ver cómo sale el último hisopado”.

En plena charla con Mundo Deportivo, justo ingresan a controlarle la presión, la temperatura y la frecuencia cardíaca. El diálogo se corta unos minutos. En el retorno de la conversación, Facundo Corvalán aclara que “todo está en orden. Hace varios días que no tengo ningún síntoma”.

Es un buen momento para estacionar en los matices de su aislamiento. “Me entretengo con el móvil. Tengo muchísimos llamados. Los argentinos que juegan en España me llamaron, todos… Les agradezco con el corazón. Además me traje algunos libros y el mate”, puntualiza Facundo. “También hago algunas rutinas físicas a través de videollamadas con mi novia, que es personal trainer”, agrega sonriendo.

Enseguida Facundo Corvalán corona con la sorpresa mayor: “Igual lo más loco es el arito de básquetbol que tengo en la habitación. Es una idea de mi papá. El me lo trajo. Me viene bárbaro. Mato la ansiedad tirando con una pelotita de goma espuma. Igual, estoy tranquilo, eh. Menos mal que me volví. Tenía razón mi mamá”.


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