El Sáhara esconde millones de árboles solitarios


Una de las escasas consecuencias positivas del calentamiento global era, decían los científicos, que haría que los bosques colonizaran las partes más frías del planeta. Sin embargo, un estudio muestra ahora cómo la contaminación está opacando la atmósfera de las regiones árticas, impidiendo el paso de los rayos del Sol y frenando la fotosíntesis. La consecuencia es que miles de kilómetros cuadrados de bosque boreal ya han muerto y el oscurecimiento del cielo impide que crezcan los refuerzos.

La taiga es una vasta superficie arbórea, fundamentalmente coníferas, que bordea el círculo polar ártico. El nombre, de origen ruso, se refería en principio a los bosques boreales de Siberia, que superan a la selva amazónica en extensión. Pero taiga también son los árboles de los países nórdicos, el norte de Canadá y Alaska. Las condiciones son tan duras allí que sobreviven aletargados casi todo el año, creciendo solamente durante el verano. Con el aumento de las temperaturas debido al cambio climático, se esperaba que el ensanchamiento de esta franja temporal acelerara el desarrollo forestal y su expansión a nuevas tierras. Pero la taiga está retrocediendo desde los años setenta. ¿Por qué?

Los científicos señalan a la contaminación generada por los humanos tanto in situ como venida de mucho más lejos. Lo han comprobado al analizar el grosor de los anillos y la densidad de la madera de centenares de árboles muertos y unas decenas de vivos. Todos eran alarces o píceas siberianas que crecían en un radio de 150 kilómetros alrededor de Norilsk. Situada en el centro de Siberia, esta ciudad sale en la Wikipedia por ser la urbe de más de 100.000 habitantes que hay más al norte del planeta. Es también uno de los mayores complejos mineros del mundo, donde se extraen metales como el níquel, el cobre, el platino y la mayor parte del paladio que se usa en el mundo. Su extracción y procesamiento emitió 1,8 millones de toneladas de contaminantes solo en 2018, en un 98% en forma de dióxido de azufre.

El complejo minero de Norilsk, en Siberia, arrojó a la atmósfera 1,8 millones de toneladas de contaminantes solo en 2018, la mayoría dióxido de azufre

Los resultados de este trabajo local, pero con implicaciones globales, muestran elevadas concentraciones de estos metales y azufre en la madera de los árboles muertos. También los suelos aparecen contaminados, lo que complica el brote de nuevos. Según publican en la revista científica Ecology Letters, la mortandad es mayor cuánto más cerca de las minas, hasta llegar al 100%.

Pero las emisiones tienen un efecto aún más profundo y de mayor alcance: están oscureciendo la atmósfera. La mayor presencia de aerosoles genera una neblina que atrapa o refleja buena parte de la radiación solar. Además, las partículas de dióxido de azufre funcionan como núcleos de condensación, generando más y más nubes. El resultado es el cortocircuito de la fotosíntesis.

“En el artículo mostramos que la disociación entre el crecimiento de los árboles y el aumento de la temperatura se debe al menos en parte a la contaminación atmosférica”, cuenta en un correo el ecólogo de la Universidad Federal de Siberia y coautor del estudio Alexander Kirdyanov. “Norilsk solo es una pequeña parte del problema. En realidad, el Ártico se ha convertido en una especie de depósito de los contaminantes y aerosoles emitidos no solo por instalaciones de la región ártica, sino también procedentes de latitudes más bajas de América del Norte, Europa y Asia”, añade. Una vez allí, los patrones de vientos árticos, casi circulares, reparten la contaminación.

La altísima mortalidad observada en los alrededores de Norilsk es un fenómeno local, recuerda Kirdyanov. “Sin embargo, si preguntas por la incapacidad de los árboles para seguir el aumento de la temperatura en curso, se ha observado este fenómeno en muchas regiones a lo largo de la zona boreal”, aclara.

“Al acumularse la contaminación atmosférica en el Ártico debido a patrones de circulación [atmosférica] a gran escala, extendimos nuestra investigación más allá de los efectos directos del sector industrial de Norilsk y vimos que a lo largo de las altas latitudes del norte el resto de árboles también están sufriendo”, dice en una nota de la Universidad de Cambridge, el profesor Ulf Büntgen, coautor del estudio.

Büntgen sabe que la selva amazónica recibe una mayor atención mediática y pública, “siendo mucho menos conocidos el papel ecológico y climático del bosque boreal, el bioma más grande del planeta”. Pero su deterioro acelerado podría tener unas consecuencias tan grandes como la pérdida amazónica. “Esperamos que nuestro trabajo contribuya a despertar una mayor conciencia internacional sobre las consecuencias dañinas de las emisiones antropogénicas en el Ártico y de que sus consecuencias pueden tener dimensiones globales”, opina en un correo.

El investigador forestal de la Universidad Pablo de Olavide Raúl Sánchez, no relacionado con el estudio, recuerda que se esperaba que “los árboles de esta región crecieran con el calentamiento, pero el aumento de las emisiones reduce la radiación, la fotosíntesis y, por tanto, el crecimiento”. Además, comenta que la neblina ártica “coincide con las pocas semanas en las que podían crecer y, a todo esto, hay que sumar los incendios”. La consecuencia a medio plazo será la realimentación del calentamiento global: “Alterará todo el ciclo del carbono, el secuestro de CO₂ [dióxido de carbono] que se esperaba con la expansión del bosque no se producirá, pero sí la liberación del CO₂ con la muerte de la taiga”.

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