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Hezbolá vaticina una “nueva era” en la región tras el asesinato de Soleimani



“Muerte a América” corearon este domingo miles de personas en Dahie, barrio al sur de la capital libanesa y feudo del partido-milicia chií Hezbolá. Lo hicieron con el puño en alto, durante una ceremonia en homenaje al general Qasem Soleimani, líder de la fuerza de élite Al Quds, perteneciente a la Guardia Revolucionaria iraní, muerto el pasado viernes en un ataque de EE UU en Bagdad.
“El Ejército de EE UU ha matado a Qasem Soleimani y a Abu Mahdi al Mohandes y pagará el precio”, sentenció el líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, durante un discurso televisado. “El justo castigo es eliminar la presencia militar estadounidense de nuestra región”, agregó, tras precisar que el objetivo son los soldados y bases militares y no los civiles estadounidenses. Ha dejado en el aire quién, dónde y cuándo se llevará a cabo la represalia. Nasralá vaticinó el inicio de “una nueva era” en Oriente Próximo.
Nasralá alabó a Soleimani, con quien mantenía una amistad y con el que compartía ser uno de los principales enemigos tanto de EE UU como de Israel. Se dirigió a sus simpatizantes congregados en Dahie a través de una pantalla y desde algún búnker en el subsuelo de Dahie, donde le sitúan los servicios de inteligencia occidentales. Tras casi tres meses de protestas que sacuden Líbano y exigen la caída en bloque de la clase política, el escenario de una posible guerra regional acapara las conversaciones en los cafés y plazas desterrando el debate sobre un inminente colapso económico de este país.
Artífice del llamado eje de la resistencia —una alianza no oficial entre Irán, Siria y Hezbolá—, Soleimani supervisó e ideó las estrategias de las milicias proiraníes que actúan en distintos países de la región como Líbano, Irak, Siria y Yemen. Sin duda, Hezbolá se ha convertido en el prototipo más avanzado y en su modelo a exportar en la zona. Se trata de la milicia más poderosa de Oriente Próximo, con un ejército de, según los expertos, unos 30.000 combatientes y un arsenal estimado en 100.000 cohetes y misiles de corto alcance.

Soleimani estableció la estrategia de Hezbolá en el sur del Líbano frente a Israel junto con Imad Mughníe, quien fuera el máximo responsable militar del brazo armado, muerto en un asesinato selectivo israelí en Damasco en 2008. Fue también Soleimani quien supervisó a los efectivos de Hezbolá desplegados desde 2012 en la vecina Siria para entrenar a las milicias locales proiraníes. Unos 10.000 de sus combatientes han luchado junto a las tropas del presidente sirio, Bachar el Asad. Al menos una cuarta parte de ellos murieron en combate. Sus rostros empapelan hoy las calles de Dahie.
El brazo armado de Hezbolá, catalogado como grupo terrorista tanto por Washington como por la Unión Europea, ha sufrido una metamorfosis desde que inició su intervención en Siria y adquirió un papel determinante en la pugna que libran el chií Irán y la suní Arabia Saudí por el dominio regional. Allí sus hombres han adquirido nuevas técnicas ofensivas, se han coordinado con aviaciones de Ejércitos regulares como el ruso o el sirio y han incorporado nuevas tecnologías como los drones al tiempo que se han propulsado como actor regional trascendiendo su rol de “resistencia contra Israel”.
Transformación
Estas mismas técnicas las replicó Hezbolá en el verano de 2017 luchando junto al Ejército libanés contra los yihadistas de Al Qaeda y del Estado Islámico que habían penetrado desde Siria en Líbano. Al igual que la milicia, el partido también ha sufrido una intensa transformación en la última década en el ámbito doméstico con su entrada en el Ejecutivo libanés. Hoy forman parte del bloque político mayoritario en una alianza con el principal partido cristiano libanés, aunque sea en un frágil Gobierno en funciones paralizado desde el inicio de las movilizaciones el pasado 17 de octubre.
Nasralá aseguró que la muerte de Soleimani no es “solo un asesinato”, sino que “EE UU ha lanzado una nueva guerra de una naturaleza diferente” marcando “el inicio de una nueva era en toda la región”. “El pueblo árabe y el iraní no quieren guerra, pero está claro que Trump busca una que le permita escapar del impeachment y hacer campaña electoral”, opina Ali Surud, comerciante de 60 años que lleva pegado en la frente un retrato de Soleimani.
“Cuando los ataúdes de los soldados y oficiales estadounidenses comiencen a regresar a EE UU, la Administración de Trump se dará cuenta de que ha perdido la región y las elecciones”, zanjó Nasralá. A las amenazas se adelantó Washington con el envío de 300 soldados, según el recuento que hace la prensa local, para reforzar una ya fortificada Embajada en Beirut. En 1983, perdieron la vida 241 soldados estadounidenses en un ataque de Hezbolá con camión bomba contra la legación en el país.


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