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“Hiciste de mi vida un infierno”: Hollywood ya delata a los malos compañeros, ¿por qué España no se atreve?



El espejo en el que se miran todos los actores, Marlon Brando, es canónico por ser la primera estrella de Hollywood que no interpretaba sino que solo sentía. Pero Brando también es el padre de la interpretación moderna porque se aprovechaba de su estatus de actor imprescindible para traer el caos a los rodajes con sus excentricidades (en una ocasión exigió actuar con un cubo de hielo en la cabeza porque tenía calor), sus imprevistos (no se aprendía sus frases e improvisaba) y su mal carácter (a menudo se negaba a salir de su trailer y discutía a gritos con sus directores). Estas once estrellas abusaron tanto de su poder en la industria, tan acostumbradas a que todo el mundo las consintiera, que al final Hollywood se cansó y las desterró. A ver si así las demás aprendían una lección: por mucho que se lo crean, ninguna es Marlon Brando.

Edward Norton en la gala de los Screen Actors Guild Awards en 2015. Getty Images

Edward Norton
Auge: Debutó a los 27 años en Las dos caras de la verdad y dos años más tarde ya acumulaba dos nominaciones al Oscar y era comparado por su presencia animal, perturbadora y transformativa con Marlon Brando o Robert De Niro. Se lo creyó.
Caída: Durante la postproducción de American History X se metió en la sala de montaje dejando fuera al propio director. La versión que se estrenó tenía 24 minutos extras de gente abrazándose y de Norton ampliando su protagonismo en la historia. Como le salió bien y la película se volvió de culto instantáneo, le cogió el gusto a meter mano en el guión. El actor se presentó en el rodaje de El dragón rojo con sus escenas reescritas, fue diciendo por ahí que él había reescrito el guión entero de Frida (producida y protagonizada por su entonces pareja, Salma Hayek) y durante la lectura de guión de Cuestión de honor Nick Nolte chocó tanto con él que acabó abandonando el proyecto.
“No dejaba de indicarnos a los demás actores cómo debíamos interpretar nuestros personajes”, contaba Nolte en su autobiografía. “Cuando leía mis diálogos me interrumpía a voces diciendo: ‘Es que ningún padre le habla así a su hijo’. Así que le dije al director que no podía trabajar en la película porque le rajaría el cuello a Edward antes de empezar a rodar siquiera”. Cuando Paramount obligó a Norton a hacer The Italian Job porque su contrato así lo estipulaba, el actor se rebeló tratando a todo el equipo con hostilidad y negándose a hacer promoción. También reescribió el guión de El increíble Hulk y cuando vio que Marvel había rechazado casi todas sus ideas boicoteó la promoción. En Los Vengadores Norton fue reemplazado por Mark Ruffalo y Marvel emitió un comunicado en el que aseguraba que querían “trabajar con alguien que comparta el espíritu creativo y colaborativo del resto del reparto”.
Y ahora, ¿qué? Su papel de actor insoportable en Birdman le granjeó el pitorreo de la prensa y su tercera nominación al Oscar. Las críticas de sus dos películas como director, Más que amigos y Huérfanos de Brooklyn sugieren que el enorme talento como cineasta que él está convencido de tener no se materializa cuando tiene la oportunidad. Birdman pareció un renacer en su prestigio, pero desde entonces (2014) solo ha trabajado como doblador en cuatro películas, como actor en dos (una de ellas dirigida por él) y este invierno en The French Dispatch de Wes Anderson, cineasta que le da un papel en todos sus proyectos.

Val Kilmer en ‘La muerte golpea dos veces’ (1989). Getty Images

Val Kilmer
Auge: Pocos actores acumularon tantos papeles icónicos en tan poco tiempo: Nick Rivers en Top Secret, Iceman en Top Gun, Madmartigan en Willow, Jim Morrison en The Doors, Doc Holliday en Tombstone, Elvis en Amor a quemarropa o Bruce Wayne en Batman Forever. Durante aquellos años, el estatus de Kilmer se codeaba con el de Cruise, Pitt o Gibson.
Caída: Un reportaje en Entertainment Weekly en 1996 que enumeraba sus salidas de tono le sentenció colgándole el estigma de actor imposible al que nadie quería contratar. Ya en su primer trabajo publicitario, cuando tenía 12 años, abandonó la grabación porque no se sentía capaz de fingir que le gustaba la hamburguesa que estaba anunciando. En Tombstone un operario le enseñó una langosta y el actor se la comió asegurando: “Como sabéis tengo reputación de ser difícil, pero solo con la gente estúpida”. En Extremadamente peligrosa discutió con el director y, para desahogarse, disparó las balas de su pistola de fogueo contra un coche. En La isla del doctor Moureau llegó a apagarle un cigarrillo en la cara a un cámara y Marlon Brando arrojó su móvil a los arbustos advirtiéndole: “¡Nunca confundas el tamaño de tu cheque con el tamaño de tu ego!”.
En Batman Forever se lió a puñetazos con el director, Joel Schumacher, quien recordaría que “Val era irracional y volátil contra el asistente de dirección, contra los cámaras, contra los de vestuario. Era maleducado, infantil e imposible. Después de nuestra pelea se pasó dos semanas sin hablarme y fueron dos semanas de felicidad total. No era un actor difícil, era un actor psicótico”.
Y ahora, ¿qué? “Mis representantes eran estupendos cuando era joven, pero no los escuché. Ojalá lo hubiera hecho” admitió el actor en una entrevista en Esquire en 2005, “Cuando una película fracasaba, los ejecutivos necesitaban encontrar a alguien a quien culpar y contaban historias sobre mí en las fiestas. Ojalá me hubiera dedicado tanto a mi carrera como a las mujeres”. (Kilmer mantuvo relaciones con Cher, Michelle Pfeiffer, Drew Barrymore, Elizabeth Shue, Daryl Hannah o Cindy Crawford). Los últimos titulares que protagonizó fueron por sufrir un cáncer de garganta y negarse a recibir tratamiento por fidelidad a su fe (la ciencia cristiana, que no cree en la medicina) pero en 2017 comunicó que estaba recuperado. Su carrera no puede decir lo mismo.

Lindsay Lohan en Las Vegas en 2009. Getty Images

Lindsay Lohan
Auge: Su madre la puso a ella y a sus tres hermanos a trabajar como modelos y actores desde que aprendieron a andar. Lindsay Lohan debutó como modelo a los tres años y como actriz a los 11, interpretando a dos gemelas en Tú a Londres y yo a California. Hollywood transformó enseguida su carisma adorable en atractivo sexual y Lohan alcanzó su cima a los 18 con Chicas malas. A partir de ahí solo ha ido para abajo.
Caída: Los blogs de celebridades de mediados de los 2000 (a rebufo de Perez Hilton), con su línea editorial cruel y humillante para ridiculizar a los famosos (especialmente a las famosas) elevó las salidas nocturnas de Lohan a la categoría de serial. La actriz empezó a llegar tarde a los rodajes (en ocasiones ni aparecía) aduciendo que se encontraba mal mientras Internet estaba llena de fotos de ella bebiendo hasta el amanecer la noche anterior, desmayada en un coche o vomitando en la acera. Lohan desobedecía sistemáticamente las instrucciones de sus directores: se maquillaba entre tomas, pedía que le escribieran en cartulinas sus diálogos y, durante el rodaje de The Canyons, salió a comer y se gastó 550 euros en sushi con el dinero de una producción cuyo presupuesto era 230.000. Su director, Paul Schrader, se declaró “rehén de Lindsay durante 16 meses” al terminar el rodaje. Ninguna compañía aseguradora en Hollywood está dispuesta a cubrir la póliza de su contrato.
Y ahora, ¿qué? Lo último que se ha sabido de ella es que graba mensajes a sus fans por 300 euros, que se enfrentó a un concursante en la versión australiana de The Masked Singer (un talent show en el que celebridades cantan enmascaradas y los jueces, entre los que estaba Lohan, deben adivinar quién es) diciéndole: “Si eres Cody Simpson, devuélveme mis muebles; porque yo pagué los muebles de tu casa en Venecia” (por cierto, lo era) y que estuvo a punto de secuestrar accidentalmente a un niño en Moscú. Ella misma compartió el vídeo en directo en su Instagram: cuando vio a una familia de refugiados sirios creyó que eran traficantes de niños, así que agarró al chaval para rescatarlo. “Sé quienes sois, no me jodáis. Estáis arruinando la cultura árabe llevándoos a estos niños. Estoy con vosotros, pequeños, no os preocupéis. Dadme la mano”, se le oía decir en el vídeo, en una mezcla de inglés y árabe. La madre le pegó un puñetazo en la cara.

Steven Seagal en Moscú en 2014. Getty Images

Steven Seagal
Auge: Durante el apogeo del cine mamporrero de los ochenta y noventa, Jean-Claude Van Damme y Seagal eran la opción de los productores cuando no podían pagar el sueldo de Stallone o Schwarzenegger. Seagal protagonizó auténticos clásicos del subgénero como Por encima de la ley, Difícil de matar o Alerta máxima.
Caída: El primer día de rodaje de Decisión crítica, Seagal se presentó exclamando “Yo estoy al mando. Todo lo que yo digo es ley. ¿Alguien no está de acuerdo?”. El actor John Legizamo reaccionó riéndose a carcajadas. “Sonaba como un retrasado” explicó Legizamo. “¿Quién habla así? De repente se me acerca, me hace una llave de Taekwondo tirándome contra el suelo y me golpea con el codo. Me dejó sin aire. Cuando rodamos la escena de su muerte acudí al rodaje antes de mi hora. Quería verlo morir”. Cuando Seagal fue invitado a presentar Saturday Night Live pidió cambiar todos los chistes porque no los pillaba y propuso sketches como el de una mujer que acude al psicólogo porque la han violado y este le decía: “A partir de ahora vendrás a mi consulta dos veces por semana durante tres años”. (Seagal quería denunciar que los psicólogos eran unos sacacuartos).
El actor está tan convencido de su rol como ejecutor de la ley que protagonizó un reality show, Steven Seagal: Lawman, en el que realizaba redadas en casas de sospechosos. En una ocasión entró en la casa de un supuesto organizador de peleas de gallos con un tanque (repetimos: con un tanque) y durante el asedio murieron 115 gallos y el perrito de la familia.
Y ahora, ¿qué? Además de su agresividad en los rodajes, Seagal ha sido acusado por 13 mujeres de acoso o agresión sexual. En la ola de revelaciones del #MeToo, las actrices Julianna Marguiles y Portia de Rossi contaron que habían sido acosadas por Seagal durante un casting (en el caso de Margulies, el actor iba jugueteando con un revólver; en el de De Rossi, se bajó la bragueta y cuando ella le pidió explicaciones a su agente este le dijo: “Es que no sabía si era tu tipo”). Seagal sigue a lo suyo y hace unos años se nacionalizó ruso por su íntima amistad con Vladimir Putin, a quien define como “uno de los mejores líderes mundiales vivos”. La última película que no estrenó directamente en vídeo es de 2002.

Chevy Chase y Beverly D’Angelo en ‘Las vacaciones europeas de una chiflada familia americana’ (1985) Getty Images

Chevy Chase
Auge: En 1975, el programa de humor en directo Saturday Night Live se convirtió en una obsesión nacional en EE.UU. y en un símbolo de la América moderna que quería superar sus traumas con Vietnam y el Watergate. Chase era el hombre favorito de la nación y, tras una sola temporada, abandonó la televisión para triunfar en el cine con Fletch: el camaleón, Espías como nosotros o Desmadre a la americana. La revista Time lo sacó en portada coronándolo como “El hombre más divertido de América”.
Caída: Cada vez que volvía como invitado estrella a Saturday Night Live, Chase se comportaba de forma desagradable con todos sus compañeros: a Robert Downey Jr. le dijo: “¿Tu padre no solía ser un director de éxito? Supongo que ya ha muerto y seguro que ahora está en el infierno“. A Chery Oteri la golpeó en el cogote ensayando y a Bill Murray –a él llegaremos en breve– le gritó: “Tu cara tiene el aspecto de algo en lo que Neil Armstrong alunizaría” (en referencia a su viruela). “Era cruel y te atacaba donde pudiera hacerte más daño”, aseguró la actriz Larraine Newman. “Era inmoralmente ofensivo, el tipo de persona que consigue descubrir los complejos de los demás y se ríe de ellos sin piedad”, según el libro Saturday Night. Chase le aseguró a Jane Curtin que consideraba que las mujeres no podían ser graciosas (el programa tenía un ambiente misógino, John Belushi se negaba a actuar en sketches escritos por mujeres) y propuso en 1985 que el cómico gay Terry Sweeney protagonizase un gag recurrente en el que le pesaban cada semana para averiguar si tenía sida.
Y ahora, ¿qué? Cuando en 1993 su programa de entrevistas The Chevy Chase Show fue cancelado por baja audiencia tras dos meses, Time declaró que Chase “lo ha intentado todo y no ha triunfado en nada”. El actor regresó en 2009 con la telecomedia Community, pero su agresividad, sus quejas y sus constantes comentarios racistas, machistas y homófobos acabaron con todo el equipo coreando “que te jodan, Chevy” en la fiesta de final de rodaje de la tercera temporada mientras él, su mujer y su hija abandonaban el evento. Kevin Smith contó que cuando se reunió con Chase no dio crédito a sus delirios de grandeza: hablaba de sí mismo como el inventor de la comedia americana, incluso de cosas que no había hecho. “Cuando te vuelves famoso tienes uno o dos años para comportarte como un auténtico gilipollas” explicó Bill Murray sobre Chase. “No puedes evitarlo, le pasa a todo el mundo, tienes dos años para solucionarlo o será permanente”. Y Murray sabe de lo que habla.

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Bill Murray
Auge: Nadie personificó mejor que él el cinismo resignado de la sociedad de los ochenta: Los cazafantasmas, El pelotón chiflado o Los fantasmas atacan al jefe asentaron su imagen hasta el punto de que todo lo que ocurre en Atrapado en el tiempo es gracioso porque le está ocurriendo a Bill Murray.
Caída: En el rodaje de ¿Qué pasa con Bob? Richard Dreyfuss le propuso modificar unos diálogos y, sin mediar palabra, Murray apretó su frente contra la de Dreyfuss y le gritó: “Todo el mundo te odia”. A continuación le arrojó un cenicero (enorme y de cristal) e intentó darle un puñetazo. En otra ocasión, tiró a la productora de la película, Laura Ziskin, a un lago durante una discusión. “También me rompió las gafas, yo estaba furiosa, pero con el paso de los años me he dado cuenta de que ese es el comportamiento común en Hollywood” aclaró ella. En Atrapado en el tiempo discutía a diario con el director, su íntimo amigo Harold Ramis, porque Murray quería darle un discurso existencial a la película y Ramis prefería apostar por la comedia. (Se rumoreaba que a Murray no le hacía ninguna gracia haber sido la segunda opción de Ramis, que quería a Tom Hanks para el papel).
“Bill era a veces irracional e inaccesible. Llegaba tarde constantemente y yo le hablaba como a mis hijos: ‘No tienes que tener rabietas para conseguir lo que quieres, solo di lo que quieres’”, recordó el director en una entrevista en The New Yorker. El actor llegó a contratar como intermediario a un sordomudo, pero cuando el estudio contrató a su propio intérprete de signos para comunicarse con Murray descubrió que el intermediario del actor no sabía lenguaje de signos. Murray dejó de hablar a Ramis durante 21 años, lo cual le rompió el corazón al director, y solo se reconciliaron semanas antes de su muerte de cáncer en 2004.
Y ahora, ¿qué? “Mi reputación de actor difícil viene por gente con la que no me gustaba trabajar o por gente que no sabía cómo trabajar o en qué consiste trabajar” aclaró Murray a The Guardian. “Jim [Jarmush], Wes [Anderson] y Sofia [Coppola], ellos saben lo que es trabajar y saben tratar a las personas”. Esos tres cineastas han mantenido y elevado la carrera de Murray durante las últimas dos décadas. A pesar de que siguen surgiendo enemistades (Lucy Liu intentó agredirle cuando él le dijo “¿Tú por qué estás aquí? No sabes actuar” en pleno rodaje de Los ángeles de Charlie, cuyo director contó que Murray apretó su frente contra la suya, que parece ser el modus operandi del actor con la gente que le cae mal), Murray es casi un mesías zen para Internet y ha convertido la fama en un arte performativo. Acudió dos veces consecutivas a ver el musical de Atrapado en el tiempo, en parte como guiño metanarrativo a la propia historia pero también porque le había emocionado: salió llorando y exclamó “¡La idea de que tenemos que seguir intentándolo es tan hermosa y poderosa!”.

Faye Dunaway en el papel de la despiadada Diana Christensen en ‘Network’ (1976). Getty Images

Faye Dunaway
Auge: Dunaway evocaba el glamour de las estrellas clásicas y lo combinaba con la intensidad psicológica del nuevo Hollywood surgido en los setenta: Bonnie & Clyde, Chinatown o Network, un mundo implacable (por la que ganó el Oscar) construyeron la carrera más rutilante de la época, pero también se ganó la fama de ser la actriz más difícil de la industria.
Caída: “A nadie le caía bien Faye. Cada vez que estábamos listos para rodar exigía que la peinasen de nuevo”, recordó su compañera en Bonnie & Clyde Estelle Parsons. “Jamás he visto semejante nivel de locura” le dijo Roman Polanski durante una discusión durante el rodaje de Chinatown. “Me habría cuestionado mis propios métodos de no ser porque has tenido confrontaciones similares con todos tus directores”. “¿Y quién ha dicho eso?” respondió la actriz, “¿Otto Preminger? Da igual, es un gilipollas”. El rodaje de Chinatown fue tan tenso que, según los rumores, Dunaway llegó a orinar en un vaso y se lo arrojó a Polanski porque no la dejaba tomarse un descanso para ir al baño.
Incluso cuando su carrera se fue al traste porque nadie quería contratarla, ella siguió comportándose como una diva intratable: entró en cólera cuando descubrió que la suite de su hotel tenía una rampa para discapacitados que ella no necesitaba, montó otro pollo porque una aerolínea se negó a ponerla en clase business (su billete era de clase turista) y obligó a la diseñadora de vestuario de Queridísima mamá a abandonar la producción a la mitad. “Si querías entrar en su camerino”, contó la legendaria diseñadora Irene Sharaff, “tenías que arrojar un filete de ternera primero para distraerla”. En aquel drama, Dunaway interpretaba a otra actriz legendariamente difícil, Joan Crawford, y su archienemiga Bette Davis tuvo que sufrir a la propia Dunaway en La desaparición de Aimee. “Puedes poner a cualquier persona en esta silla y todas te dirán que Faye es totalmente imposible”, le aseguró Davis a Johnny Carson. Una semana antes de estrenar el musical Sunset Boulevard en 1994, la actriz fue despedida por Andrew Lloyd Webber.
Y ahora, ¿qué? Faye Dunaway está desaparecida y lo último que se supo de ella fue otro despido hace un año, en la obra Tea at Five, porque el productor se cansó de su actitud. La actriz llegaba tarde a los ensayos, prohibía que nadie la mirase (incluidos el director y el dramaturgo), exigía que nadie llevase ropa blanca o se moviese durante sus ensayos y arrojaba peines, espejos y cajas de horquillas a los trabajadores. Cuando le llevaban comida, la tiraba al suelo. Cuando limpiaban su camerino, ordenaba que lo hicieran de rodillas. El despido llegó cuando Dunaway abofeteó a la mujer que intentaba ponerle la peluca y días después su asistente la denunció por abusos emocionales. En 2015, Faye Dunaway admitió su mala fama, matizando: “sí, soy difícil de tratar, pero así me prestáis atención”.

Imagen promocional de Dustin Hoffman en ‘El graduado’ (1967). Getty Images

Dustin Hoffman
Auge: El graduado hizo que el gran público le colgase la preciada etiqueta de “actorazo” (que los actores se ganan no tanto cuando actúan bien como cuando actúan muy fuerte) y el máximo representante del método en Hollywood: su generación no recreaba emociones sino que rebuscaba en su pasado para sentirlas de verdad. El problema es que no se acordaban de avisar a sus compañeros.
Caída: Durante el rodaje de Kramer contra Kramer, Hoffman improvisó trucos como arrojarle una copa de vino a Meryl Streep, darle una bofetada o insultar al novio de la actriz, el recién fallecido John Cazale, para estimular también los traumas de Streep en pos de un mayor dramatismo. Ya en su primer encuentro Hoffman se había limitado a eructar y ponerle una mano en el pecho, así que desde luego la tensión entre los Kramer estaba basada en hechos reales. Cuando el chaval que interpretaba a su hijo tenía que parecer triste, Hoffman se le acercaba y le susurraba historias sobre el perro muerto del niño. “Si voy a pasarme dos años y medio involucrado en un proyecto tengo que ser algo más que un actor-marioneta” explicó al Irish Times. “Necesito ser parte del proceso creativo”.
Por eso exigía reescrituras de los guiones y, tras firmar el contrato de Agatha para un papel de dos escenas, indicó que él debía ser el protagonista y se pasó todo el rodaje sin dirigirle la palabra a su compañera, Vanessa Redgrave, que hacía el papel de Agatha Christie. Sin embargo, cuando otros actores proponían cambios a él no le parecía tan importante el proceso creativo: Meryl Streep sugirió que era mejor que su personaje explicase sus motivaciones antes de pedir la custodia de su hijo en vez de pedirla porque sí, al director le gustó está idea y Hoffman gritó: “Meryl ¿por qué no dejas de cargar con la bandera del feminismo y de limitas a interpretar tu escena?”. Quizá fuese un guiño a la legendaria réplica que le dio Laurence Olivier durante el rodaje de Marathon Man: al ser incapaz de sacar adelante la escena de la tortura del dentista, Hoffman le confesó a Olivier que llevaba tres días sin dormir para sentir y transmitir desasosiego auténtico. Olivier le respondió: “Querido, ¿y por qué no pruebas a actuar?”.
Y ahora, ¿qué? Hoffman nunca ha dejado de trabajar, aunque cada vez con menos frecuencia y en proyectos de menor enjundia, y lleva retirado de la vida pública desde que en 2017 fue acusado de acoso sexual por siete mujeres.

Mickey Rourke en 1989. Getty Images

Mickey Rourke
Auge: Sus apariciones en El corazón del ángel, La ley de la calle o Nueve semanas y media llevaron a Los Angeles Times a describirlo como “un león de Hollywood, con la intensidad melancólica del joven Marlon Brando, la electricidad de James Dean y la carga emocional de John Garfield”. Rourke resultaba excitante porque transmitía peligro a través de la pantalla. Fuera de ella también.
Caída: Ya en el rodaje de Nueve semanas y media sacó de sus casillas a todo el mundo, poniendo música de Billy Idol a todo volumen entre tomas, acudiendo al set con una pandilla de mafiosos (“tíos raros, intimidatorios y peligrosos de verdad”, según contó Kim Basinger a GQ) y agrediendo a Basinger para desestabilizarla antes de rodar escenas donde ella debía entrar en un estado de fragilidad. El estudio contrató a un vigilante para que se asegurase de que Rourke no salía toda la noche y dormía unas cuantas horas diarias. “Empecé a cagarla”, reconoció años más tarde el actor. “Estaba fuera de control y creía que la fiesta no iba a terminar. Me podía alojar en cualquier hotel, comprar lo que quisiera [llegó a comprar seis Cadillacs y después los regaló] y sacar a toda mi pandilla a cenar”.
Su arrogancia le llevó a rechazar Rain Man, Los intocables, Platoon (porque un día se despertó y decidió que odiaba al director Oliver Stone) y Pulp Fiction sin leer los guiones siquiera. El guionista Mark Geldman contó a GQ que Rourke le amenazó diciéndole: “Si fuera tú miraría detrás de mí, solo quiero avisarte de que que estás tocándole los cojones a la gente equivocada”. En una ocasión abandonó una película porque no le dejaban sacar a su chihuahua en una escena.
Y ahora, ¿qué? En 2008 su carrera pareció resucitar gracias a El luchador (Rourke tenía tan mala fama que los inversores retiraron su dinero cuando Darren Aronofsky lo fichó), pero solo fue un espejismo. “Me han nominado al Oscar, pero no me lo van a dar porque los votantes son la gente de la industria y en su día los cabreé a todos” reconoció entonces. “Se me daba bien, me resultaba fácil decir estupideces como que la interpretación no es un trabajo de hombres de verdad. Amenacé a productores, grité a directores, olvidé el nombre de mi agente. Sabía que iba a perjudicar a mi carrera, pero era tan estúpido que pensaba que cambiar me haría menos hombre. Quemé todos mis puentes. Y la gente tiene muy buena memoria”.
Rourke también salió tarifando con Marvel porque no le dejaron modificar los diálogos de su personaje, el villano de Iron Man 2. “Hollywood no estaba preparado para perdonarme u olvidar lo que hice. Tienes que poner buena cara y chupar pollas, y yo sigo teniendo dificultades para besar culos”, zanjó después el actor. El año pasado Martin Scorsese quería ficharlo para El irlandés pero Robert De Niro, que había trabajado con él en El corazón del ángel, se negó en rotundo. Según Rourke, De Niro nunca le perdonó que interpretase mejor que él.

Katherine Heigl en el estreno de ’27 vestidos’ (2008). Getty Images

Katherine Heigl
Auge: Izzie Stevens se volvió enseguida el personaje favorito de la audiencia en Anatomía de Grey. Heigl ganó un Emmy y saltó al cine con una ristra de comedias románticas por las que llegó a cobrar en torno a diez millones de euros. Parecía destinada a heredar el título de novia de América que antes habían tenido Julia Roberts, Meg Ryan y Sandra Bullock. Hasta que el público descubrió que no la quería ni como novia ni como nada.
Caída: La actriz se quejó de los horarios de grabación de Anatomía de Grey (que habían sido modificados para adaptarse a los rodajes de sus películas), se retiró de los Emmys porque consideraba que su personaje no había tenido tramas a la altura y dejó de ir al plató sin avisar. Boicoteó la promoción de Lío embarazoso criticando el machismo de la película. Pero lo que la hacía imposible eran sus constantes exigencias: suites presidenciales en los mejores hoteles, trato de lujo también para su madre (que es su manager desde que debutó en Mi padre…¡qué ligue!) y cláusulas en sus contratos que le daban derecho a reescribir el guión y aprobar a todo el reparto. “Nunca he experimentado nada parecido a [su madre] Nancy Heigl. Todo le parece mal, todo lo soluciona con insultos y según ella todo el mundo es un mentiroso”, explicó una publicista. Heigl devolvía toda la comida y toda la ropa que le llevaban y, cuando se dignaba a presentarse en el rodaje, solo era para quejarse.
Y ahora, ¿qué? Heigl ha intentado volver con dos series, ambas canceladas en su primera temporada, y ha mantenido sus ingresos haciendo anuncios de comida para gatos. En 2013 The Hollywood Reporter publicó uno de esos reportajes mortales para la carrera de cualquier actor: una enumeración de las experiencias de varias personas que habían tenido que sufrir a la actriz. “Teníamos un papel que era perfecto para ella a todos los niveles”, confesó un productor, “pero al final todos estuvimos de acuerdo en que no merece la pena contratarla”.

Getty Images

Wesley Snipes
Auge: Su presencia explosiva en Fiebre salvaje, Demolition Man o Los blancos no la saben meter lo asentaron como uno de los actores más versátiles de Hollywood. La saga Blade lo coronó como una de las máximas estrellas negras de los noventa. Spoiler: lo gestionó regular.
Caída: El rodaje de Blade III fue una pesadilla. Snipes se pasaba los días fumando marihuana en su camerino y solo salía para rodar los primeros planos, el resto de escenas tenían que rodarse con dobles de cuerpo insertando la cara de Snipes digitalmente. Durante una discusión en la que el actor acusó al director de racismo (el otro único actor negro de la película llevaba una camiseta en la que ponía “basura” que él había traído puesta de casa, pero Snipes creyó que era su vestuario para la película), Snipes intentó estrangularle y después le sugirió que abandonase la producción.
“¿Por qué no te vas tú?” le respondió el director. “Ya tenemos todos tus primeros planos, no te necesitamos”. A partir de entonces la estrella solo se comunicó con el resto del equipo a través de post-its que firmaba como “Blade”, el mismo nombre con el que exigía que todo el mundo se dirigiese a él. A Ryan Gosling, por el contrario, Snipes solía llamarlo “cracker” (un insulto racista de los negros contra los blancos). Pero el equipo encontró la forma de divertirse ante la adversidad: “Muchas de las líneas del personaje de Ryan Gosling son el resultado de que Wesley no estuviera en el set”, recordó el actor Patton Oswalt. “Todos proponíamos cosas para que [Gosling] dijese y después cortar a un plano de la cara de Wesley no haciendo nada porque eso es todo el material que teníamos de él. Ryan decía las peores bromas del mundo y Wesley las escuchaba sin inmutarse. Quedaba ridículo”.
Y ahora, ¿qué? Tras pasarse tres años en la cárcel por evasión de impuestos, Snipes ha regresado al cine con Los mercenarios 3, Chi-Raq y Mi nombre es Dolemite. Son las tres únicas películas, de las 14 que ha rodado desde Blade III, que no se han estrenado directamente en vídeo.
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