La acusación de abuso sexual a una menor condena a Andrés de Inglaterra a un ostracismo familiar y social


El héroe de la Guerra de las Malvinas, que pilotó su helicóptero para desviar la atención de la artillería argentina y proteger a los buques británicos, está en horas bajas entre sus compañeros militares. El príncipe Andrés (Londres, 61 años) tiene que escuchar estos días peticiones de que renuncie a sus rangos honoríficos “para no manchar” la reputación de los distintos cuerpos a los que aún pertenece. El bon vivant de la familia Windsor, favorito y protegido hasta ahora de su madre, Isabel II, se plantea poner a la venta su chalet de los Alpes suizos, valorado en más de 20 millones de euros, para hacer frente a una demanda millonaria por abuso sexual en los tribunales estadounidenses. Porque la reina ya le ha dejado claro que ella no pondrá una libra.

El amigo del millonario pederasta Jeffrey Epstein, al que siguió frecuentando incluso después de que fuera condenado a 13 meses de prisión por prostitución de menores —“por su exacerbado sentido de la honorabilidad”, según justificó a la BBC—, se plantea ahora negociar un acuerdo extrajudicial para impedir que el caso se arrastre durante las celebraciones del Jubileo de Platino de Isabel II, que este 2022 celebra sus 70 años de reinado. Aunque evite así una condena, reconocerá en la práctica ante la opinión pública que se acostó con Virginia Roberts —hoy Virginia Giuffre—, cuando era una menor de 17 años manejada y explotada sexualmente por Epstein y por su amante y conseguidora de adolescentes, Ghislaine Maxwell.

Los abogados de Andrés, que intentó de un modo casi infantil esconderse el pasado septiembre en el castillo escocés de Balmoral, junto a su madre, para que no le alcanzara la citación del juez neoyorquino, saben que tienen enfrente a un jurista con dimensiones de coloso. David Boies representa a Virginia Giuffre en su demanda civil contra el príncipe por tres casos de abuso sexual y violación, según ha relatado la mujer: en el apartamento londinense de Maxwell, en la mansión de Epstein en la Quinta Avenida de Nueva York, y en una de sus islas privadas del Caribe.

Boies fue el abogado que representó al Gobierno estadounidense en la ya legendaria demanda contra Microsoft la primera vez que se quebró el monopolio del operador informático y se pusieron en evidencia sus abusos de posición en el mercado. Quien fue la bestia negra de Bill Gates no va a temblar ante la posibilidad de tumbar a un miembro de la familia real británica. “Con todo mi respeto al príncipe Andrés, creo que necesita empezar a sincerarse, y que todos los hechos sean revelados. Nadie está por encima de la ley. Ni el presidente de Estados Unidos ni un príncipe del Reino Unido”, aseguraba Boies al programa Panorama, de la BBC.

El primer intento del equipo jurídico del príncipe de esquivar completamente la demanda no ha tenido, aparentemente, un buen resultado. El abogado de Andrés, Andrew Bettler, reclamó esta semana al juez Lewis Kaplan que desestimara la petición de Giuffre. El argumento legal era una sorpresa de última hora convenientemente ventilada previamente entre los medios de comunicación, pero que no pareció convencer en absoluto al magistrado. En 2009, Epstein y la mujer habían firmado un acuerdo extrajudicial confidencial, por el que Giuffre recibía una compensación de medio millón de dólares, a cambio de renunciar a futuras acciones legales contra el millonario estadounidense u otros “potenciales acusados”. Argumentaba Bettler que su cliente, Andrés, entraba dentro de esa categoría de hipotéticos implicados, y que por tanto la mujer no podía emprender ahora acciones legales contra él. El juez contradijo constantemente los razonamientos del abogado durante la vista, celebrada a través de videoconferencia, y no se mostró nada convencido de la interpretación del término “potencial acusado”. De hecho, vino a decir, solo Epstein y Giuffre sabían con certeza qué consecuencias tenía su acuerdo privado. Y el millonario, que se suicidó en una celda neoyorquina en 2019, ya no podía aclararlo. El juez se ha comprometido a dar a conocer pronto su decisión, pero los expertos que siguieron la vista dan prácticamente por seguro que el juicio seguirá adelante.

El príncipe Andrés y Virginia Giuffre (en el centro), en 2001. Al fondo, Ghislaine Maxwell, la amante y cómplice de Jeffrey Epstein.

El 29 de diciembre, la amante y cómplice de Epstein, y amiga desde hace al menos tres décadas del príncipe Andrés, Ghislaine Maxwell (París, 60 años) fue declarada culpable de un delito de tráfico sexual de menores por un jurado estadounidense. La condena implica una pena que podría alcanzar los 65 años de cárcel. La hija del magnate de los medios de comunicación Robert Maxwell fue la que introdujo a Epstein a un mundo muy especial que incluía políticos, académicos y miembros de la aristocracia británica. Hasta en dos ocasiones acudió la pareja al castillo de Windsor, invitada por el príncipe Andrés.

Ostracismo institucional

A pesar de sus continuos intentos por recuperar un papel relevante en las tareas de representación pública que llevan a cabo los miembros relevantes de la familia real británica, Andrés ha sido condenado por la reina, el heredero, Carlos de Inglaterra, y su hijo Guillermo a un ostracismo institucional del que difícilmente saldrá ya. Mucho más que los quebraderos de cabeza constantes que les proporcionan desde su exilio dorado en Estados Unidos la pareja de Enrique y Meghan Markle, las andanzas de Andrés con su amigo Epstein arrojan una mancha sobre la imagen de la casa real de incalculable gravedad.

“En ese momento, todos los detalles que nos contó parecían casi cómicos. Provocaron memes y frases hechas; preguntas para concursos televisivos y argumentos para comediantes. Y ahora, de repente, todo suena de una enorme seriedad”, ha escrito estos días Emily Maitlis, la periodista de la BBC cuya entrevista a Andrés, hace ya más de un año, se convirtió en la trampa mortal en la que cayó voluntariamente el duque de York. Sus inefables excusas provocaron la burla colectiva del país. Si Giuffre recordaba de él lo mucho que sudaba en el primer encuentro, Andrés aseguró que el exceso de adrenalina provocado por las situaciones de combate en las Malvinas había cortado su capacidad de sudar. Si la mujer detallaba fecha y lugar de la primera vez en que el príncipe abusó presuntamente de ella, Andrés contrarrestaba con la afirmación de que aquella tarde había llevado a una de sus hijas a una fiesta de cumpleaños al restaurante Pizza Express. Como si no fueran cronológicamente compatibles ambas cosas. Y si la prueba definitiva era una foto de Andrés, agarrando a la entonces joven por la cintura, en el apartamento londinense de Maxwell, el duque y su entorno no mostraban rubor en sugerir que esos no parecían sus dedos —”no los tiene tan regordetes”— y la instantánea podía estar trucada. “Eso es lo que yo considero una patraña [bullshit, en la expresión estadounidense]. Al final de todo esto, se trata de dos personas contando su versión de la misma historia. Y yo sé que la mía es la verdadera”, aseguraba Giuffre hace unos meses ante las cámaras de la BBC.

Fallecido Epstein, duramente condenada Maxwell, ha llegado la hora de la verdad para el príncipe Andrés, que durante años ha sido capaz de esquivar un escándalo que le afectaba de pleno. A pesar de la acumulación de pruebas en su contra, es posible que un acuerdo extrajudicial, o una estrategia legal bien jugada, le salve del atolladero. Pero ante la opinión pública británica, en los tiempos del MeToo, en los que las correrías sexuales de un miembro de la familia real ya no admiten bromas, el príncipe Andrés ha pasado a ser un fantasma en vida.


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