La crisis de Irlanda del Norte altera la armonía de un G-7 con nuevos aires


Una vez hecha la foto de familia de los líderes del G-7 en la playa de Carbis Bay, Boris Johnson se echó a caminar por la pasarela de madera con el ímpetu del anfitrión al que sus invitados siguen sin rechistar. Al mirar atrás, le descolocó comprobar que el resto se retrasaba unos metros, y el presidente francés, Emmanuel Macron, charlaba amistosamente con su homólogo estadounidense, Joe Biden, y le pasaba el brazo por el hombro. En un plano político y personal, ese podría ser el resumen de la cumbre de Cornualles. Se agradece la hospitalidad desplegada, a la vez que se recuerda al primer ministro británico que la ocasión le trasciende y no gira exclusivamente en torno a su persona. El presidente estadounidense ha dado el primer paso de su visita a Europa en el Reino Unido, pero está más interesado en reparar los puentes con sus tradicionales aliados, que Donald Trump dinamitó, que en reforzar la “relación especial” entre Estados Unidos y el Reino Unido.

Todos disfrutan de la simpatía de Johnson, pero nadie baja la guardia. Biden ha querido mostrar en suelo británico su lado más amable, pero antes le ha dado un tirón de orejas a Downing Street por “inflamar la tensión” en Irlanda del Norte. Macron, la canciller alemana Angela Merkel, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, se dejaron fotografiar juntos el viernes, en una mesa al borde del mar, como los invitados de una boda a la que han acudido a disgusto y en la que el tiempo no acompaña. Antes de acudir a la barbacoa en la playa que los organizadores han preparado para última hora de este sábado, todos ellos habrán tenido encuentros bilaterales con el primer ministro. Y le habrán advertido de que la UE está dispuesta a abrir una guerra comercial con Londres si persiste en evadir unilateralmente los controles aduaneros entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña, y saltarse así las obligaciones que asumió en un tratado internacional que costó años construir. Macron, según medios franceses, ha señalado a Johnson que las relaciones entre sus dos países solo se podrán “resetear” si el primer ministro británico se compromete a cumplir su parte del acuerdo del Brexit, según han contado varios medios franceses.

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El G-7 celebra este sábado sus principales jornadas de trabajo. La primera de ellas, centrada en la recuperación económica y en la búsqueda de una renovación de “los sistemas globales que responda a las necesidades de la ciudadanía y apoye nuestros valores y principios [de las democracias liberales]”, según se expone en los documentos preparatorios de la reunión. Biden arrancó de sus socios, durante la cena del viernes, el compromiso de seguir manteniendo los estímulos económicos necesarios para garantizar la salida de la actual crisis. El primer ministro italiano, Mario Draghi, apoyó el planteamiento del presidente de EE UU, pero urgió a todos a pensar en una estrategia a medio y largo plazo, que asegurara prudencia fiscal en el futuro, tranquilizara a los mercados y no pusiera en riesgo la necesaria expansión fiscal, según relata la agencia Bloomberg. El expresidente del Banco Central Europeo, con un prestigio consolidado por su actuación en la última crisis financiera y monetaria, fue un actor central durante la primera sesión de trabajo de los líderes de las siete naciones más ricas. Italia, además, ostenta este año la presidencia rotatoria del G-20. “Mario, aún recuerdo un seminario al que asistí en el que salvaste al euro de una crisis con una simple frase”, introdujo Johnson a su invitado. “Explícanos a todos tu perspectiva”.

Las dos áreas que cubrirá en el resto de la jornada el G-7 serán la política exterior y la respuesta sanitaria ante la pandemia. La gran mayoría de los anuncios y decisiones de esta cumbre se ha anticipado en los últimos días. No será un encuentro de negociaciones de madrugada ni de grandes sorpresas. Su importancia reside, sobre todo, en el mensaje que se quiere transmitir. Occidente está de regreso, y ha resurgido de una crisis sanitaria devastadora con la intención de ofrecer una alternativa —más socialdemócrata que liberal— al autoritarismo de gigantes como China o Rusia. “Vamos a reconstruir entre todos de un modo mejor, más verde, más justo, más igualitario… Quizá en un modo con género más neutro, o más femenino”, resumía el viernes Johnson con esas improvisaciones de las que hace gala, que lo mismo tienen de embarazosas que de intuitivas.

La Administración estadounidense ha arrancado de la cumbre el compromiso, que será formalmente anunciado en el comunicado final, de poner en marcha un multibillonario proyecto internacional de infraestructuras que haga frente a la nueva Ruta de la seda desplegada en los últimos años por China, por Asia y Europa. Biden quiere además arrancar de sus socios una condena a las prácticas de “esclavitud laboral” que tolera el gigante asiático.

El G-7 quiere dejar su huella con dos decisiones de calado. La imposición de una mayor armonía fiscal, con un impuesto mínimo de Sociedades de “al menos el 15%”. Y el compromiso de repartir mil millones de vacunas contra la covid-19 entre las naciones más pobres. Ambos dejarán flecos sueltos y despertarán recelos. Queda aún por determinar qué empresas serán el objetivo de la nueva estrategia impositiva. Estados Unidos ha sido el promotor de la iniciativa, pero no desea perjudicar en exceso a sus gigantes tecnológicos. El Reino Unido quiere excluir de la medida a sus grandes bancos de la city de Londres, pero no convence a sus socios de que haya un fundamento legal o económico para defender esa excepcionalidad. Y son muchas las organizaciones humanitarias que han advertido de que las dosis comprometidas para inmunizar al mundo son pocas y llegarán tarde. La Organización Mundial de la Salud estima que son necesarias 11.000 millones de dosis para proteger al 70% de la población del planeta. Y se necesitan ya, no a finales de 2022, como se han comprometido Washington o Londres, entre otros.

Varios centenares de manifestantes, de organizaciones como Extinction Rebelion —que exige más urgencia en la respuesta contra el cambio climático— u Oxfam —que reclama ya más vacunas para el mundo— se han concentrado en las playas cercanas a Carbis Bay. Son más una atracción local que una molestia para los líderes del G-7, atrincherados en un perímetro de seguridad que supone miles de policías y soldados. Las siete naciones más ricas del mundo quieren enviar desde Cornualles una señal de solidaridad y justicia al mundo, pero sin ánimo de prescindir de la necesaria distancia.


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