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La grada de desanimación del Athletic

El 1 de marzo de 2020 no pasará a la historia del Athletic como una fecha más. El mismo día en que José Ángel Iribar, el mítico Txopo, cumplía 77 años, la afición rojiblanca se despedía, sin intuirlo, de ir a San Mamés.

Aquel duelo entre Athletic y Villarreal no dejaba de ser un enfrentamiento más de los muchos que le toca afrontar al equipo bilbaíno a lo largo de una temporada. Los leones se imponían entonces por la mínima al conjunto amarillo con un gol, de penalti, de Raúl García. 36.350 espectadores, según el dato oficial, presenciar el partido.

Los tornos de San Mamés no han funcionado desde entonces. La pandemia del coronavirus obligó a un cierre al público del estadio que aún perdura. Los encuentros a puerta cerrada comenzaron a ser la norma.

El fútbol, como deporte que no como negocio, empezó a perder desde aquel día su auténtica esencia en un templo emblemático. No hay nada más frío que ver en acción a los leones frente a su rival de turno sin que se escuché ni un solo murmullo en los graderíos. La sensación de vacío en vivo poco o nada tiene que ver con lo que se pueda intuir a través de la pequeña pantalla.

La televisión, en lo que al espectáculo completo hace referencia, limita la visión del espectador a lo que acontece en torno al verde y alrededores. La pasión de la hinchada solo se siente y comparte en riguroso directo. La misma sensación de vacío, de decir ‘esto no es fútbol’, se puede sentir, cómo no, en Anoeta, Mendizorrotza, Ipurua o cualquier otro campo del mundo.

La salud, ciertamente, es lo que importa, pero más allá de esta premisa innegociable lo que resulta evidente es que el cierre de San Mamés es un auténtico problemón para el Athletic. A nivel deportivo, pero también económico, social e institucional. El club rojiblanco no se concibe sin las tardes, noches o incluso mañanas en su estadio viendo en acción a los leones. El gran problema a día de hoy no es la grada de animación, sino las de desanimación.



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