La ley de Pogačar castiga la rebeldía de Landa en los Apeninos



Pogačar ataca en el monte Carpegna por delante de Landa, Vingegaard y Enric Mas.FABIO FERRARI (AFP)

Monte Carpegna. Cruce de caminos, nieve en las cunetas frías, en los Apeninos. Cumbre a 1.400 metros. No lejos del Adriático ni lejos de San Marino ni de las Marcas ni de la Umbria ni de la Toscana ni de la Cesenatico, playas interminables de arena fina, de Marco Pantani, que allí, en la carretera estrecha de asfalto antiguo, y álamos y chopos de ramas desnudas, se entrenaba en los inviernos oscuros, donde grandes murales y banderolas le recuerdan, el Pirata, trágico símbolo del ciclismo de hace 30 años, el escalador que desafiaba a los más grandes, héroe romántico, y esperan su resurrección los aficionados que en el borde de la carretera aplauden a Mikel Landa, el mismo porte, las manos bajas en el manilla, el culo arriba, flotando por encima del sillín, la misma mirada, decidida, la misma rabia, la falsa calma, la decisión en el ataque.

Son los momentos decisivos de la etapa, de la semana, de la Tirreno-Adriático, mezcla de primavera e invierno del ciclismo, de esperanzas, sueños, de certidumbres pesadas que se imponen e imponen un dilema en la cabeza, en el ánimo, del que aplaude y siempre se rinde ante la desmesura.

¿Aplaudimos la grandeza, la osadía del desheredado que contra toda esperanza ataca aun sabiendo de su desesperación? ¿Nos rendimos y gozamos del muro contra el que chocan los sueños que, en el fondo, es otro sueño desmesurado, imposible?

Porque cuando acelera Landa –y ya se han pasado 200 kilómetros de la etapa, y ya un paso por la misma montaña inclemente, y del puerto solo quedan unos metros más de cuatro kilómetros, poco más de 16 kilómetros, tras empinado y helador descenso, hasta Carpegna, la meta y el calor, una manta, un cola cao hirviendo– responde Tadej Pogačar, imperial, fuerte y tranquilo, y solo el mechón rebelde y rubio de su melena desordena, juvenil, que se escapa por una rendija de su casco, y es el emblema, el pendón de su fuerza, revela que no habrá perdón ni rendición. Es el fin del romanticismo, del genio frágil, de Landa, de la memoria del Pantani excesivo que no se rindió ante gigantes como Indurain o Ullrich, aniquilados por otro genio que asusta, que nunca falla, el ascenso del nuevo héroe, tan joven, 23 años, tan infalible que a todos silencia como Eddy Merckx sometió a todos los rebeldes hace 50 años y hacía de los que le desafiaban héroes trágicos, esos que en las leyendas y en las películas prefieren morir luchando antes que rendirse, que aceptar lo inevitable. “tenía buenas piernas y por eso ataqué”, dice Pogačar. “He subido a mi ritmo y estoy contento”.

Por entonces, cuando ataca Pogačar tranquilo, sin levantarse de la bici, sin abrir la boca, sin que un gesto, una mueca, una arruga, delate su esfuerzo, le traicione, y hasta sonríe, o eso parece, Remco Evenepoel ya no está ahí.

Remco es más joven aún, más soberbio, más insolente, inconsciente. Ama atacar tanto o más. Sucumbe porque no teme el fracaso. Contrarrelojea y llanea tan bien como Pogačar, imponentemente, y tiene su mismo instinto atacante, pero no tiene en sus piernas, cuando hay que escalar, la dinamita instantánea, rompedora, de Pogačar, su cambio de ritmo imperceptible, aparentemente nimio, y destructor, que deja a los que van con él desanimados, sin ganas ni fuerzas siquiera para seguirle. Y Jonas Vingegaard, el danés que quedó segundo en el Tour, no un cualquiera, y Landa, empeñado en ser Pantani y sus victorias fulgurantes en los Dolomitas, en el Mortirolo, en Le Finestre sobre Sestriere, el que dejaba entonces, en el Giro del 15, sin aliento a Contador, solo pueden ponerse de acuerdo para, a relevos, no perder mucho tiempo y ganarse una plaza en el podio del domingo. Los dos llegan a poco más de un minuto, satisfechos, vivos.

Los demás se agarran a lo que pueden y sucumben en el día de ciclismo más duro del año. Más de seis horas sobre la bicicleta para más de 50 corredores helados. Peio Bilbao, que tan bien desciende, que en tan buena forma, tan fino, está, pierde más de dos minutos; Remco, solo como los derrotados por el destino al que han desafiado, y ni su compañero vivaz Julian Alaphilippe puede acompañarle, llega a más de cuatro minutos; un minuto más tarde lo hacen Marc Soler, agarrado al trabajo de gregario de lujo de Pogačar, y Enric Mas, congelado tras una caída en el descenso que le deja un costado dolorido; Superman López pierde más de siete minutos, y Tao, el ganador del Giro de hace dos años, más de 11.

Salvo catástrofe impensable, tras la última etapa de la Tirreno, 150 kilómetros por la costa Adriática alrededor del sprint de San Benedetto del Tronto, Pogačar ganará el domingo, por segundo año consecutivo, la carrera italiana de los dos mares. Será la séptima victoria del año. Será su 15º día de competición. Antes había ganado, en febrero, el Tour de los Emiratos y dos etapas y, ya en marzo, el sábado pasado, la clásica de las Strade Bianche y dos etapas de la Tirreno. Ante él se han rendido ya Adam yates, Aleksander Vlasov, Kasper Asgreen, Alejandro Valverde, Vingegaard, Landa, Porte, Caruso, Evenepoel… Aún no se ha cruzado con su compatriota Primoz Roglic, el esloveno que ganó las tres últimas Vueltas, que cayó en los dos últimos Tours y que domina la París-Niza tras su victoria en la llegada del Col de Turini, el de los descensos terribles con la nieve del rally de Montecarlo, por delante de los hermanos Yates y de los colombianos Daniel Martínez y Nairo Quintana. Nadie duda de que Pogačar, su mechón erizado, su calma impasible, tampoco cederá entonces, cuando le desafíe su viejo rival. Solo le faltará, entonces, enfrentarse a Egan Bernal, ganador de Tour y Giro, que tardará un año en recuperarse de los destrozos de su choque contra un autobús a más de 60 por hora.

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