La revolución de los pañuelos | Artículo

No más violencia machista y mortífera, y no más propagación de abusos sobre el género dentro de Estados y gobiernos repetidamente indolentes: Miguel Eraña Sánchez

Miguel Eraña Sánchez*

“Y la culpa no era mía ni donde estaba ni como vestía. El violador eres tú”. Tanto el dramático fondo que dicha frase presupone, como su forma pegajosa y emblemática que la mantiene al top dando vuelta en plazas, redes y mass media de mitad del orbe, seguramente ha contado para engrosar cada vez más el número de quiénes parecemos subyugados por la fuerza y contundencia emocional que acompañan a una impecable y pacífica revolución de los pañuelos. De mujeres en absoluto hartazgo.

Da igual si en manifestaciones predominan prendas verdes (tomadas del feminismo argentino organizado “Por un aborto legal, seguro y gratuito”) o de otro color sin importar variación de edad o ideología. Lo que sobre todo deja en pasmo a las y los espectadores -además de cánticos sincrónicos y remasterizados por la creatividad de cada sociedad política- es el mensaje racional y trepidante que desnuda: no más violencia machista y mortífera, y no más propagación de abusos sobre el género dentro de Estados y gobiernos repetidamente indolentes y en complicidad inaudita.

Como se sabe ya por el mundo, la mecha de este movimiento se encendió en Valparaíso (ciudad vecina a Viña del Mar, sede de un famoso festival tapadera edulcorada del desastre social chileno durante la dictadura y años siguientes), gracias al colectivo feminista LasTesis. Y casi literalmente, después del 20 de noviembre último, las réplicas de este terremoto performático pro-derechos de mujeres siguen multiplicándose dentro y más allá del cinturón de fuego del pacífico, donde señaladamente están México y sus zonas urbanas.

Cualquier persona que se declare demócrata y empática con víctimas del género -que se reproducen por miles en nuestras sociedades- no puede dejar de solidarizarse sin ambages y, a la par, pugnar para que estas sorprendentes movilizantes sigan al centro del debate público y vean logros tangibles a sus reclamos más que legítimos. En cualquier lugar que les expresen.

En mi parecer ya es hora de que gobiernos, partidos y grupos civiles de todo signo (y ni se diga organismos que arbitran elecciones y mejoras de la cultura cívica), realicen por cuenta propia diagnósticos y críticas severas ante la serie de omisiones, ausencias institucionales y falta de sensibilidad en sus respectivas agendas. Para valorar muy atentamente lo que miles de mujeres les están echando en cara, lo que sería bueno para desmarcarse de las vergüenzas.

Por ejemplo, esos agentes públicos y sociales de nuestro país ya podrían estar en conjunto discutiendo sobre la eventual firma de un gran pacto de Estado contra la violencia y la transgresión delincuencial, de carácter supra partidista y amplia inclusión social, para compartirse acciones con hojas de ruta aplicable y resultados específicos.
Tal vez para éstas labores, en concreto, también cabría esperar que un Consejo General del INE estuviere apremiando un acuerdo excepcional y consensuado con los partidos. Esto a fin de conseguir en este 2020 cierta flexibilización del modelo de comunicación política o presupuestario, útil entre otras cosas para ceder parte de los 48 minutos diarios de tiempos electorales oficiales a temáticas pedagogizadoras en torno a la violencia machista y a lo que, en general, les comprometa en el freno a la impunidad delictiva y en el acompañamiento institucional a víctimas de todo género. Así, dejarían de estar lamentándose por austeridades hoy imperceptibles en los aterciopelados despachos de los árbitros electorales en deslustre conocido.

En suma, sería esperable que en todo ámbito cundieran amplias discusiones al respecto, teniéndose muy en claro que cumplir reclamos básicos de las mujeres por sus derechos son imperativos éticos, cívicos y legales impostergables si aspiramos a la paz y subsistencia pluralista de nuestras sociedades.

*El autor es profesor-investigador de TC en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.




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