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La sombra de Rusia en el avispero de Sudán

Sobre las nueve de la noche del pasado miércoles, el canal de la empresa Concord en la red social rusa VKontakte subió un mensaje de su dueño, Yevgeni Prigozhin. El magnate ruso decía en esta cuenta, a través de la que se expresa a diario, que consideraba necesario “informar a todos de que no ha habido empleados de[l grupo de seguridad privada] Wagner en Sudán durante más de dos años”. “No hemos mantenido ningún contacto”, proseguía Prigozhin, “ni con Mohamed Hamdan Dagalo ni con Abdelfatá al Burhan durante mucho tiempo”. Los generales Dagalo y Al Burhan, hombres fuertes de la junta golpista que fulminó en octubre de 2021 al Gobierno de transición a la democracia, comandan los dos bandos enfrentados en Sudán desde el pasado día 15. El también conocido como chef de Putin, por su alianza con el presidente ruso y su servicio de catering a través de Concord, añade en su nota que ninguna de sus empresas tiene “intereses financieros” en el país africano.

Pero el pliego de sanciones de la Unión Europea y Estados Unidos contra Wagner ―organización de mercenarios rusos repartidos entre África, Oriente Próximo y Ucrania― contradice la versión de Prigozhin. Bruselas y Washington sostienen que esta empresa de seguridad afín al Kremlin mantiene presencia en Sudán a través de empresas pantalla con las que, entre otras cosas, explota la jugosa industria del oro sudanés.

Prigozhin, de 61 años, quiso con este mensaje responder a las preguntas, tildadas por él de “provocadoras”, que le habían enviado medios de comunicación como BBC, The Washington Post o Jeune Afrique, sobre los posibles contactos mantenidos con Dagalo, jefe del conglomerado de milicias bajo el paraguas de las Fuerzas de Apoyo Rápido, o la explotación de la industria aurífera. Varios de estos medios preguntaban al jefe de Wagner sobre Meroe Gold. La Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro estadounidense incluyó ya en julio de 2020 a esta empresa en su lista de sancionados por sus vínculos con Prigozhin, al que Washington acusaba de explotar los recursos naturales del país en su beneficio y desacreditar las protestas prodemocráticas. Meroe Gold sería la firma subsidiaria de M-Invest, entidad pantalla de las actividades de Wagner en Sudán.

Un calle de Jartum, la capital de Sudán, golpeada por los combates, este domingo.Indonesian Embassy KBRI Khartoum (EFE)

Casi tres años después, el pasado 25 de febrero, el Diario Oficial de la Unión Europea publicaba una lista de sancionados por su relación con el grupo Wagner, al que Bruselas culpa de abusos de los derechos humanos en el continente africano. Entre los mencionados estaban Meroe Gold, con sede en Jartum, y M-Invest, radicada en San Petersburgo, corazón de los negocios de Prigozhin. En el informe de sanciones se decía lo siguiente: “La vinculación del grupo Wagner con el ejército sudanés le ha permitido asegurarse la explotación y exportación de oro a Rusia”. En las listas de sanciones de unos y otros aparecen, además, hombres destacados en el desarrollo de las actividades de Wagner en Sudán, como Andrei Sergeyevich Mandel, nacido en Alemania hace 33 años, y Mijail Sergeyevich Potepkin, de 41 años.

Moscú y Jartum han mantenido buenas relaciones antes, durante y después del golpe militar que depuso en abril de 2019 al dictador sudanés Omar al Bashir tras tres décadas en el poder. Pero fue en 2017, en pleno renacimiento del interés ruso por el continente africano ―con Wagner de estilete en países como Malí o República Centroafricana―, cuando se firmaron las primeras concesiones para la explotación del oro. Esta industria, que supone en torno a un 70% de las exportaciones sudanesas, con unas 90 toneladas extraídas al año y un problema enorme de tráfico ilegal de lingotes, es uno de los principales atractivos del país. Pero no el único: Rusia mantiene sus deseos de construir una base naval en Puerto Sudán, en la costa del mar Rojo, un punto de un gran valor estratégico hacia el canal de Suez, por el norte, y el golfo de Adén, por el sur ―la mayor parte de bases militares extranjeras en la región, entre ellas las de EE UU, Francia y el Reino Unido, se encuentran en Yibuti, al sur del estrecho de Bab el Mandeb―.

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El dictador Al Bashir dio su visto bueno al complejo militar, pero su caída y la llegada de un Gobierno de transición puso en revisión la construcción de la base en Puerto Sudán. No obstante, y tras el nuevo golpe militar de 2021, las señales hacia Moscú han sido positivas. El 23 de febrero del pasado año, un día antes de que las tropas rusas invadieran Ucrania, Hamdan Dagalo llegó a Moscú para tratar temas de cooperación y seguridad. El número dos de la junta militar, que investigaciones periodísticas relacionan con Wagner, declaró que si no amenazaba la seguridad de su país, no veía mal una base militar rusa frente al mar Rojo. Un año después, fue el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, el que estrechó la mano en Jartum del general Al Burhan, al frente del Gobierno castrense. Hubo sintonía en torno a la base, pero no ha habido confirmación oficial de la junta, ahora quebrada, sobre su construcción.

“Sudán juega al palo y la zanahoria con lo de la base”, dice en conversación telefónica Roland Marchal, veterano experto en Sudán del Centro de Estudios Internacionales de Sciences Po, con sede en París, “cuando ve a Lavrov le dice que sí, pero no pueden mantenerlo frente a Occidente por temor a que nuevas sanciones pongan en riesgo lo poco que aún reciben”. Pese a que parece claro el papel que ha tenido Wagner tanto en el entrenamiento de las Fuerzas Armadas sudanesas como en la explotación del oro, Marchal mantiene que la influencia que tiene Rusia en el país es aún marginal, frente a la de otros actores como Egipto y Emiratos, y no “afecta” en gran medida a la actual confrontación. “Rusia es pragmática”, señala el analista, “pero sus relaciones con el Gobierno serán más difíciles a partir de ahora, gane quien gane”.

Lingotes de oro de contrabando incautados por las milicias de las Fuerzas de Apoyo Rápido, en Jartum, en mayo de 2019.Mohamed Nureldin Abdallah (Reuters)Contrabando

En el cuadro de sanciones de la UE, Meroe Gold aparece asociada a otras dos empresas locales: Al Sawlaj for Mining y Aswar Multi Activities. La primera sería la firma bajo la que opera Wagner en las minas de oro para evitar cualquier sanción y presión extranjera; la segunda es una compañía de seguridad sudanesa utilizada para el suministro de armas y los vuelos de personal ruso por el país. Según una investigación de Organized Crime and Corruption Reporting Project, Aswar estaría recibiendo 100.000 dólares al mes de Wagner, que cubriría además impuestos y salarios de todos los empleados.

Decía Prigozhin en su mensaje en VKontakte que no ha habido personal de Wagner en territorio sudanés desde hace dos años, pero la realidad es testaruda. Según la web especializada Mining.com y prensa local sudanesa, al menos 58 trabajadores de Al Sawlaj for Mining han sido investigados desde enero por contrabando de entre cinco y siete kilogramos de oro. De estos empleados, 36 serían de nacionalidad rusa. La operación se llevó a cabo en las minas de esta empresa, tapadera de Meroe Gold, en la localidad de Atbara, a orillas del río Nilo. Las pesquisas han concluido finalmente con cargos para uno de los ciudadanos rusos, responsable de seguridad de las instalaciones. En julio de 2022, CNN situó en Atbara uno de los ejes del contrabando del oro de Sudán por actores rusos. Esta cadena, en colaboración con Dossier Center, vinculado al magnate ruso opositor Mijaíl Jodorkovski, pudo contar hasta 16 vuelos rusos cargados con oro de forma ilegal en un año y medio. Al frente del movimiento de lingotes estaría Alexander Sergeyevich Kuznetsov, veterano de Wagner y sancionado por Bruselas desde diciembre de 2021.

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