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Este hombre que sujeta un enorme cuervo en cada mano, y no los ha soltado pese a que el de la izquierda le ha arreado un picotazo de aquí te espero, es un experto en aves bien conocido y apreciado en el ámbito pajaril. Se encuentra en el epicentro de un fenómeno relativamente nuevo en nuestro país que es el interés cada vez más generalizado por esas criaturas emplumadas y aéreas, un interés que está dando lugar a numerosas actividades y nuevas formas de negocio. El catalán José Luis Copete (Badalona, 1968), calificado por algunos como “el Messi de la ornitología”, es un apasionado de las aves desde niño y ha hecho de ellas su forma de vida. Investigador, autor de numerosos artículos científicos; redactor del HBW Alive, la versión online y continuamente actualizada del monumental Handbook Of The Birds Of The World que publica Lynx Edicions; colaborador esencial de La radio del somormujo, habitual de los festivales del ramo, Copete, un verdadero adelantado de la moda pajaril, ha montado con su socio Ferran López una empresa de viajes para ir a observar aves a diversos lugares del mundo y contribuir a interesarse por ellas. Se llama Ícaro Birding Experience.
“Ícaro, por ese señor que quiso volar y se cayó”, apunta el estudioso y emprendedor con la poca sorna que le permite el tener agarrados a los dos cuervos, componiendo una imagen digna de Odín (aunque Copete es más bajito que el dios nórdico, divinidad suprema de los vikingos), que, como es sabido, iba siempre acompañado de dos de esas aves, Hugin (pensamiento) y Munin (memoria), aves carroñeras, símbolos de la batalla y sus secuelas. Posiblemente las valkirias, las belicosas doncellas que recogían los cuerpos de los guerreros caídos, eran originalmente cuervos. Copete carraspea pues quiere rascarse la nariz y con los cuervos en las manos es imposible sin correr el riesgo de que le saquen un ojo. Así que me entrega uno, que sostengo como puedo, con los brazos muy estirados, sujetándolo por las patas y el cuello hasta que veo que al bicho se le ponen los ojos en blanco —se le cierra la protectora membrana nictitante— y aflojo la presa, no la vaya a espichar el ave.
Qué hacemos en una mañana de miércoles cogiendo cuervos en un vertedero en Orís, al norte de la comarca barcelonesa de Osona, es algo que merece una explicación: a Copete se le ha ocurrido que para hablar de aves este es un buen sitio y que nos pone en contacto con una especie que se cuenta entre las más inteligentes junto con los psitácidos (los loros y sus parientes). Los cuervos no solo son capaces de hacer operaciones aritméticas, sino que les interesamos y pueden distinguirnos individualmente e interpretar nuestro lenguaje corporal.
Todo esto lo ha explicado Copete mientras entrábamos en una enorme trampa para cuervos, una jaula cuya llave nos ha facilitado amablemente un grupo local de anillamiento, que para eso se captura a estos pájaros aquí. En el recinto hay una veintena de inmensos cuervos que revolotean muy negros, todo aleteo, plumas, garras y picos, sobre nosotros mientras graznan como locos. Te miran ladeando la cabeza. Es difícil no sentirse sobrecogido con los córvidos, más aún porque el suelo está lleno de carcasas de animales que emanan un tufo indescriptible. Copete pilla dos al vuelo y salimos de ese Tártaro emplumado. Para rematar la escena, se recortan en el cielo decenas de buitres leonados y algunos milanos, atraídos también por la pitanza del vertedero.
Copete, que ha vivido experiencias límite en busca de pájaros, como la vez que le atacaron enormes perros de cazar lobos en Turquía, ha regresado recientemente de Irán, donde ha explorado rutas ornitológicas. Este año han realizado ya, además de excursiones por puntos de España, viajes al extranjero con clientes (grupos de 8 a 10 personas) a Holanda y Polonia. El año pasado llevaron gente a Israel. Lo de Irán ha sido una verdadera aventura, no solo por el coronavirus, sino porque su regreso coincidió con el derribo del avión ucranio al poco de despegar de Teherán y que causó 176 muertos. En el viaje, por tierras poco transitadas y bastante salvajes, tuvo un avistamiento excepcional: Omid, la última grulla siberiana de la población occidental de estas aves. “Su nombre significa esperanza en farsi, y es triste porque solo queda ella, un macho, y la población se va a extinguir con toda seguridad”. También observó un raro cárabo de Omán (Strix butleri).

Copete observando una bandada de ánsares cerca de Matsalu, en Estonia. PETRO PYNNÖNEN

“La gente quiere ver especies que cuesta ver, nosotros sabemos dónde y cuándo hacerlo. Podemos llevarlos a observar grandes rarezas en el extranjero o treparriscos en Montserrat”, explica. La vocación de naturalista de Copete arrancó con Félix Rodríguez de la Fuente y sus programas televisivos y los libros de David Bellamy. “Un amigo me llevó a anillar pájaros a Tiana, cerca de Barcelona, y me dije: ‘Esto es lo mío”. En 1981 se compró su primera guía ornitológica y se la aprendió de memoria. “Tenía 13 años y era un friki de las aves, leía de todo sobre ellas”. El día que le regalaron unos prismáticos, unos Tasco usados, la vida de Copete cambió. “Pasé de tener que observar e identificar los pájaros en la mano o por la voz a poder verlos de lejos”.
Empezó a involucrarse en investigaciones científicas y proyectos vincu­lados a la universidad, y comenzó a publicar artículos. Trabajó con verdecillos y luganos y luego en la taxonomía del carricero común. Desde hace unos años se dedica especialmente a los mosquiteros, trazando el árbol filogenético de las subespecies. Los avances científicos han hecho que los límites entre las especies hayan dejado de estar tan claros y las pruebas de ADN se han vuelto determinantes para establecer las fronteras. En un proyecto con la Universidad de Oslo, Copete ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo, a menudo en regiones tropicales, a la extracción de semen de pájaros (un indicador de identidad más seguro que la sangre), una empresa que, como se puede imaginar, no es fácil. Una de sus anécdotas favoritas es que cuando manipulas un ave solo y hay que aguantarla con una mano y “darle un masajito” mientras le deslizas la pipeta de muestras por la cloaca, a veces es preciso manejar el instrumento (el instrumento científico, no el del pájaro) con la boca, con los riesgos que se pueden (o no) imaginar. La mayoría de los machos de las aves, el 97%, carecen de pene (la cópula se efectúa por “beso cloacal”), con excepciones como los avestruces y los patos. A Copete una vez se le murió un herrerillo durante una extracción, una petite mort emplumada.
En los 40 años que lleva Copete con los pájaros ha observado muchos cambios en nuestra relación con ellos. “Cuando empecé era habitual en España cazar fringílidos, la familia de los jilgueros y pinzones, para comérselos y para comerciar con ellos como aves cantoras. Entonces era una excentricidad que te interesaran las aves y tú un tipo raro. Ahora socialmente hay mucha más sensibilidad con los pájaros… y con los ornitólogos y los birders, los observadores de aves”. En España, reflexiona, “aún no estamos al nivel del Reino Unido, donde todo el mundo pone casas nido y comederos y cualquier señora mayor te puede decir los nombres de los que visitan su jardín, pero lo de comerse el pajarito se ha vuelto muy residual”. El estudioso destaca la masiva incorporación de mujeres al mundo de la observación de pájaros, “cuando no hace mucho no había ni una”. Copete considera que se debería enseñar en los colegios a interesarse por los pájaros. “La gente de a pie aún no distingue entre un vencejo y una golondrina”, suspira. Entonces suelta a su cuervo, que sale volando con enérgicos aleteos mientras el sol arranca un brillo de charol en el plumaje negro como la noche.


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