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Las lágrimas de Juan Miranda

Las lágrimas de Juan Miranda

“De abuelos a nietos, de padres a hijos, una pasión llamada Betis”. La frase que hizo célebre el desaparecido periodista sevillano Manuel Ramírez Fernández de Córdoba, encaja a la perfección en la figura de Juan Miranda, el héroe inesperado en la final del pasado sábado en La Cartuja, donde el futbolista formado en la cantera bética, que se hizo hombre en La Masia y se curtió en Alemania (Schalke), fue quien anotó el gol decisivo en la tanda de penaltis.

En las vísperas de la gran final, tanto Miranda como su padre, Juan Jesús, de quien heredó el ADN bético, recordaban como la de 2005, ganada por el Real Betis a Osasuna con un gol del también canterano Dani, la vieron ambos en el Vicente Calderón, cuando el hoy internacional sub 21 apenas contaba cinco años de edad. Antes de ser futbolista de élite, Miranda ha sido bético de a pie, de los que habitualmente se pone en la grada de Gol Sur y se deja la garganta en cada partido.

Hace poco más de un año, el Athletic frustró el pase del Real Betis a semifinales de Copa en los penaltis, tras forzar Raúl García en el 93′ la prórroga de una eliminatoria que los béticos tenían encarrilada. Unai Simón detuvo los lanzamientos de Canales y Juanmi y la imagen de Miranda rompiendo a llorar consolado por Joaquín se hizo viral al momento. En 2019, cuando jugaba cedido por el Barça en el Schalke, estuvo en la grada de Mestalla junto a sus amigos del pueblo (Olivares) animando al Betis, que ese día perdió por un gol la semifinal que había empezado ganando 2-0 en la ida.

El destino, como le pasó a Dani en 2005, le tenía un guiño reservado. El último penalti de la tanda fue para él. Y eso que un peso pesado como Claudio Bravo había pedido tirar uno. Miranda, que golpea de cine con su zurda, le pegó con el alma e hizo estallar de júbilo la mitad de La Cartuja, en cuyo césped se dejó caer de rodillas y rompió de nuevo a llorar. Esta vez de júbilo, pues acababa de hacer a su Betis campeón de la Copa del Rey. Lo máximo que un bético como él pueda soñar. Joaquín, el mismo que un año antes le consolaba, ya podía subir la escalinata para recibir el trofeo de manos del Rey.




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