Unos ciudadanos hacían cola a la entrada de un banco, el pasado día 16 en Moscú.

Los reveses de la guerra presionan al Kremlin

Rusia combate en dos frentes a la vez. En uno es el atacante como invasor de Ucrania, lo que el Kremlin llama “operación militar especial para la liberación de las repúblicas de Donetsk y Lugansk”; y en otro se presenta como víctima de lo que llama una “guerra económica” de Occidente contra la misma existencia del país. Ambos escenarios están interconectados: los últimos días de la “primera etapa” de la ofensiva de Vladímir Putin en Ucrania han pasado factura a Moscú. La huida del país de decenas de miles de profesionales, la constatación en los supermercados del aumento vertiginoso de los precios tras las sanciones contra Moscú, un primer dato preocupante del desempleo y un creciente rechazo social a la invasión representan algunos de esos costes. Son señales de una crisis que también influye en las pautas de la delegación rusa que negocia con Kiev un final al conflicto, cuyo objetivo principal ha pasado a ser ahora “proteger” la región de Donbás en el este, en parte controlada ya por separatistas prorrusos.

“Unas 59.000 personas han sido declaradas libres, un 10% más que el 1 de marzo”. La viceministra de Trabajo, Elena Mujtiyarova, no se refería así a ninguna población de Ucrania, sino a los rusos que se han quedado en paro en las primeras semanas de conflicto. Un eufemismo que contrasta con la retórica del Kremlin y su entorno al hablar de las sanciones occidentales. “Embargan los bienes de las entidades financieras y del banco central. Se habla de su nacionalización. Esta es una guerra sin reglas y su consecuencia será la destrucción de toda la estructura económica mundial”, ha criticado el expresidente Dmitri Medvédev en una entrevista concedida a varios canales estatales.

“Guerra económica” es un término que ya emplearon antes el propio Putin y su portavoz, Dmitri Peskov. La desconexión de la banca rusa del sistema financiero y la suspensión de los negocios con el país empiezan a hacer mella en su industria, que se ve seriamente amenazada por la falta de suministros, según su banco central. Y esto no es solo responsabilidad de Occidente: las empresas chinas también han disparado los precios de sus productos y el socio asiático ya no exporta piezas para sectores clave como el aeronáutico. Por ejemplo, una de las aerolíneas más populares de Rusia, Pobeda, ha anunciado a través de un comunicado que reducirá su flota de 45 a 21 aviones B737 “para cubrir la necesidad de repuestos en el futuro” y garantizar la seguridad de sus vuelos “hasta que se restablezcan las cadenas de suministro perdidas”.

Suavizar el castigo económico será determinante en las negociaciones que mantienen casi a diario por videoconferencia las delegaciones de Ucrania y Rusia. “Esta locura de las sanciones, que parece una guerra económica en toda regla, a gran escala y sin precedentes contra Rusia, es uno de los temas clave de la negociación”, sostuvo el 16 de marzo el jefe de la comitiva rusa, Vladímir Medinski.

Putin lanzó la ofensiva alegando que pretendía “desmilitarizar y desnazificar” Ucrania, además de sugerir en los primeros días al ejército rival que diese un golpe de Estado para negociar con un Gobierno más afín al Kremlin. Un mes después, la delegación rusa incide en que las demandas básicas son lograr un estatus neutral para Ucrania y que reconozca la anexión rusa de Crimea de 2014 y la independencia de Donbás.

En paralelo, la creciente parálisis industrial amenaza con despidos y un empobrecimiento general de la población. Según el Ministerio de Trabajo, “la situación es estable” ahora porque hay 660.000 ciudadanos registrados en los servicios de empleo nacionales, mientras que la bolsa de trabajo tiene más de 1,6 millones de vacantes. La agencia de estadísticas Rostat estimaba en febrero una tasa de paro del 4,4% de la población activa.

Sin embargo, la cuestión es qué empleo habrá y si se producirá una fuga de cerebros ante la tensión política rusa y la devaluación de los salarios en rublos. El comité de tecnología de la Duma Estatal mantuvo un encuentro el pasado 22 de marzo en el que director de la Asociación de Telecomunicaciones de Rusia, Serguéi Plugotarenko, advirtió de que entre 50.000 y 70.000 informáticos han abandonado el país en el primer mes de la guerra, pero lo peor está por venir. “La segunda ola se ha visto frenada solo por el alto coste de los billetes aéreos, los problemas con las transacciones de dinero y que nadie esperaba a los rusos”, afirmó tras prever que unos 100.000 programadores más se marcharán en abril.

Las imágenes de desabastecimiento en los supermercados no son diferentes a las vistas en España con la huelga de camioneros. Hasta ahora, la ausencia de algunos productos básicos, como el azúcar, ha tenido más relación con el pánico por acaparar que con la carestía real. Asimismo, los bancos tuvieron problemas en los primeros días de desconexión para migrar a sus clientes a las nuevas tarjetas con el sistema Mir, alternativa rusa a Visa y Mastercard, debido a la falta de plástico para cubrir esa demanda masiva. Sin embargo, este problema fue resuelto poco después.

Unos ciudadanos hacían cola a la entrada de un banco, el pasado día 16 en Moscú.
Unos ciudadanos hacían cola a la entrada de un banco, el pasado día 16 en Moscú.Konstantin Zavrazhin (Getty Images)

Un problema enorme es la revisión de los precios. El salario medio ruso era de 54.687 rublos en septiembre del pasado año, según la agencia de estadísticas Rostat. Unos 490 euros al cambio de ahora y 640 al de entonces, pocos meses antes de comenzar el despliegue ruso a lo largo de la frontera junto a Ucrania previo a la invasión del pasado febrero.

Muchas multinacionales han suspendido la venta de sus productos hasta que se estabilice el valor de la moneda rusa, especialmente cadenas de ropa y tecnología. Otros artículos siguen a la venta, pero sus precios se han disparado. Unilever y Nestlé, por ejemplo, han anunciado esta semana que elevarán sus precios entre un 10% y un 45%. Antes, Procter & Gamble encareció sus artículos un 44% de media, aunque llegó a elevar hasta un 99% el coste de varias de sus marcas, como su detergente ruso Mif. Por poner otros ejemplos, los botes de desodorante y gel de baño de marcas comunes ahora valen entre 500 y 850 rublos, hasta 7,5 euros al cambio, o más del 2% del salario mensual.

Sociedad dividida

El pasado 18 de marzo, aniversario de la anexión de Crimea, Vladímir Putin se dio un baño de masas en un estadio, y cinco días después el Centro para el Estudio de la Opinión Pública de toda Rusia (VtsIOM), dependiente del Gobierno, publicó que el 74% de los rusos apoya la “operación especial”, aunque apenas un 17% pensaba que es para “proteger Donbás”.

“Me llama la atención que la gente diga que los rusos apoyan la guerra en las encuestas de opinión. Acabamos de encargar un sondeo de 31.000 llamadas; en 29.400 nos colgaron el teléfono. Es imposible hacer sociología durante una movilización militar, la gente tiene miedo”, escribía en Twitter Maksim Katz, político del partido Yábloko y director del fondo Proyectos de Ciudad.

Hasta el momento no ha habido protestas masivas debido a la represión. Más de 15.100 personas han sido detenidas desde que comenzó el conflicto, según el portal especializado en manifestaciones OVD-Info, y el Gobierno aprobó una ley que castiga con hasta 15 años de cárcel difundir lo que el Kremlin considere desinformación sobre la guerra o “desacreditar a las fuerzas armadas”. Decenas de personas están siendo juzgadas por esos cargos, como Marina Ovsianikova, la periodista que mostró un cartel en directo en televisión para protestar por la guerra; mientras que muchas otras han decidido dejar el país por su oposición a la invasión, como Anatoli Chubáis, alto cargo de Putin y arquitecto de las privatizaciones de los años noventa.

Mientras tanto, el Ejército ruso ofrece con cuentagotas sus cifras de bajas. Este viernes informó por segunda vez de las víctimas que ha sufrido entre sus filas, 1.351 fallecidos y 3.825 heridos, aunque las fuentes ucranias y occidentales multiplican varias veces estas cifras.

“Algunos se sorprenden de que no haya aún un movimiento contra la guerra a gran escala”, añadía Katz en Twitter. El político mostró a continuación un gráfico sobre el apoyo estadounidense a su guerra en Vietnam (1964-1971) y recordó que en aquel entonces no había internet. “Cambiaría los años por meses”, señaló tras recalcar que la oposición norteamericana a la guerra superó al apoyo de sus defensores en el segundo año de conflicto, cuando tras la llamada ofensiva del Tet resultó imposible ocultar las bajas estadounidenses a la opinión pública.

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