Maggie Gyllenhaal: la condesa feminista de Hollywood



Maggie Gyllenhaal presenta en Hollywood en noviembre una proyección de ‘La hija oscura’.Amanda Edwards (Getty Images)

En 2015, Maggie Gyllenhaal (Nueva York, 44 años) denunció el sexismo de la industria de Hollywood y el sistemático maltrato a las actrices maduras. Gyllenhaal tenía entonces 37 años, demasiada edad, le dijeron, para encarnar a la amante de un hombre de 55. Un rechazo que, en sus palabras, le hizo sentirse mal consigo misma. Un golpe de autoestima que pronto se convirtió en rabia, y la rabia, en risa. Al descubrir que el cerco para las intérpretes “mayores” era inevitable, y con la certeza de que “muchas actrices están haciendo un trabajo increíble en este momento, interpretando a mujeres reales, mujeres complicadas”, Gyllenhaal anunció que le rondaban nuevas ideas: “No me siento desesperada en absoluto”, aseguró a la publicación The Wrap. “Estoy detrás de algo fascinante”.

Seguramente ya entonces estaba en sus manos (o en su cabeza) adaptar la novela de Elena Ferrante La hija oscura, publicada en Italia en 2006 y dos años después en Estados Unidos. La historia de una profesora de literatura inglesa enfrentada a los fantasmas de la maternidad le permitía a la actriz adentrarse en un tema complejo, el de la mala madre, a través de la voz de una mujer tan inteligente como herida. En su debut como directora de largos (tras brillar en su capítulo de Hecho en casa, la película coral sobre el confinamiento liderada por Pablo Larraín para Netflix) Gyllenhaal no solo ha adaptado de forma brillante la novela de Ferrante, sino que ha dirigido con la misma sensibilidad e inteligencia a tres actrices (Olivia Colman, Jessie Buckley y Dakota Johnson) capaces de pintar todos los claroscuros de la maternidad frente a la libertad.

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No debería causar sorpresa que detrás de esta película, cuyo guion fue premiado en el último festival de Venecia, y que acumula ocho candidaturas a los Bafta y tres a los Oscar (mejor guion adaptado, actriz protagonista, para Colman, y de reparto, para Buckley), esté detrás una mujer que representa a la aristocracia de Hollywood, que nació en el (entonces) bohemio Lower East Side de Manhattan para luego crecer en Hancock Park, en el corazón de Los Ángeles. Ella y su hermano, el actor Jake Gyllenhaal, tres años menor, estudiaron en uno de los colegios más caros (50.000 euros al año por alumno) de Los Ángeles, el Harvard-Westlake. Cuando el colegio terminó, y mientras empezaba su carrera como actriz, Gyllenhaal alternó sus estudios de filosofía y literatura en la Universidad de Columbia con los de interpretación en la Royal Academy of Dramatic Arts de Londres. Una formación privilegiada que no ha caído en saco roto.

Maggie Gyllenhaal, fotografiada por su compañero de reparto Jeff Bridges durante el rodaje de ‘Corazón rebelde’.

Las primeras seis películas de Maggie Gyllenhaal las dirigió su padre, Stephen Gyllenhaal, un director emparentado con la nobleza sueca e inglesa y con una amplia filmografía televisiva a sus espaldas. En 1992, Gyllenhaal incluía a su hija, entonces una quinceañera, en el reparto de El país del agua, quizá su película más conocida. Se trataba de un drama protagonizado por un profesor de historia inglés (Jeremy Irons), y la actriz aparecía brevemente en la piel de una delegada de curso.

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Durante la década de los noventa, siguió participando en los filmes de su padre, hasta que en 2002 protagonizó Secretary, de Steven Shainberg, una comedia negra sobre una relación sadomasoquista que la convirtió en la más perspicaz de las musas indies. Inteligente y atractiva, Gyllenhaal se paseaba por la alfombra roja con una distinción de otra época mientras hablaba de feminismo cuando casi nadie lo hacía en Hollywood. No había impostura en ella, criada por unos padres artistas neoyorquinos, su madre es la guionista Naomi Foner, una judía askenazí que participó en el nacimiento de Barrio Sésamo y una activista a la que sus hijos recuerdan recaudando dinero en su casa para movimientos civiles de América Latina mientras Kris Kristofferson tocaba la guitarra. Foner escribió el guion de Un lugar en ninguna parte, la película de 1988 de Sidney Lumet protagonizada por River Phoenix sobre una familia de izquierdistas radicales perseguida por el FBI que arrastran a sus hijos en su huida hacia delante.

Maggie y Jake Gyllenhaal, en la ceremonia de los Oscar de 2006.cordon press

La casa de los Gyllenhaal debía de ser, como poco, entretenida. Paul Newman enseñó a conducir a Jake, cuya madrina es Jamie Lee Curtis; los cómicos Mel Brooks, Billy Crystal y Ted Danson eran también habituales en las comidas, igual que el escritor Michael Ondaatje, que cuando pasaba por Los Ángeles siempre recalaba allí. Foner, que debutó en 2014 como directora con Buenas chicas, un drama adolescente interpretado por Dakota Fanning y Elizabeth Olsen, se quejó en una extensa entrevista para The New York Times del desierto intelectual de Hollywood y definió su casa como un lugar “social, artístico y políticamente consciente: el ferrocarril subterráneo para los intelectuales de la costa este”.

Ese ambiente, aderezado con el poderío que da pasar los veranos en Martha’s Vineyard, hacen de Maggie Gyllenhaal una actriz con un aire a lo Diane Keaton pero con el dulce embrujo de Claudette Colbert y esas divas con carácter del Hollywood clásico.

Dakota Johnson y Olivia Colman, en una imagen de ‘La hija oscura’.

Pareja del actor Peter Sarsgaard desde hace dos décadas —con el que tiene dos hijas, Ramona, de 15 años, y Gloria, de 10—, Gyllenhaal fue candidata al Oscar por su papel de periodista enamorada de un viejo y borracho cantante de country interpretado por otro príncipe de Hollywood, Jeff Bridges, en Corazón rebelde (2009). Aunque como actriz también pasará a la historia por haber sido la novia más sofisticada del mejor Batman. Fue precisamente durante el embarazo de su primera hija cuando Christopher Nolan la llamó para ser la ayudante del fiscal de El caballero oscuro (2008). Allí coincidió con el compañero de su hermano en Brokeback Mountain (2005), Heath Ledger, un actor cuyo meticuloso método de trabajo había despertado la admiración de la familia Gyllenhaal. En una de las mejores secuencias de la película, el perturbador Joker de Ledger se encara con la valiente funcionaria Gyllenhaal. Es uno de esos raros momentos en el que el espectador es testigo directo de un actor poseído por un inquietante brote de genio. Un estallido de talento y locura sostenido por el aplomo de la actriz que le da la réplica con una mirada a la altura del desafío.

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