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Peligrosa desescalada de Boris Johnson

El primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, en una imagen de archivo.
El primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, en una imagen de archivo.PETER NICHOLLS / Reuters

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En una decisión muy contestada y no exenta de riesgo, el Reino Unido ha decidido levantar las restricciones decretadas para hacer frente a la pandemia de coronavirus. Ya no es preciso utilizar mascarillas y tampoco hay limitaciones a la interacción social. El Gobierno de Boris Johnson considera que, con la campaña de vacunación muy avanzada, es la hora de levantar las restricciones. Pero la decisión se produce en plena escalada, con unos 40.000 contagios diarios y la previsión de que puedan llegar a 200.000 en agosto. El propio Gobierno espera que la incidencia aumente hasta más de mil ingresos y cien muertes diarias. Además, la necesidad de aislar a los contagiados complicará seriamente la actividad laboral presencial. Se trata, pues, de una decisión muy discutible, que puede tener consecuencias tanto dentro como fuera del Reino Unido.

Es cierto que la situación es radicalmente distinta de las primeras oleadas. La alta tasa de vacunación hace que las hospitalizaciones y la mortalidad sean muy inferiores. Pero no han desaparecido. Esta mejora puede justificar un alivio en el tipo y la intensidad de las restricciones, pero no la supresión total pues el virus sigue circulando. El 87,9% de los adultos ha recibido una dosis, pero en el caso de la variante delta es sabido que una sola dosis es menos eficaz. Lo que cuenta es la pauta completa y esta solo la han recibido el 68% de los adultos, porcentaje que se reduce al 54% de la población si se cuenta también a los menores de 18 años.

En estas condiciones, resulta temerario levantar las restricciones y hacerlo además con un discurso en el que peligrosamente se antepone la libertad a la responsabilidad. Referirse a este lunes como el Día de la Libertad legitima las protestas de los negacionistas y le permite presentarse como una especie de libertador, cuando en realidad, como advirtieron 1.200 científicos en una carta publicada en The Lancet, “el Gobierno se está embarcando en un experimento peligroso y falto de ética” que dará oportunidad al virus de generar variantes resistentes a las vacunas y tendrá repercusiones sobre otros países.

Ya al principio de la pandemia Boris Johnson defendió la tesis de dejar circular el virus para alcanzar la inmunidad de grupo. Tuvo que rectificar y ello retrasó la adopción de medidas. Ahora parece abonar el mismo planteamiento y, aunque la vacunación puede mitigar los efectos, no será una decisión inocua. Aunque los afectados sean más jóvenes, el riesgo de enfermedad grave y muerte no desaparece, como tampoco el de sufrir covid persistente, una secuela crónica que afecta incluso a personas asintomáticas. A la larga, mantener ciertas restricciones no daña tanto la economía como permitir que el virus circule y, por tanto, aumente el riesgo para la salud y el absentismo laboral.


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