PNV: el eterno retorno

El lehendakari Iñigo Urkullu (derecha) y el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, celebran los resultados electorales el 12 de julio de 2020 en Bilbao.
El lehendakari Iñigo Urkullu (derecha) y el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, celebran los resultados electorales el 12 de julio de 2020 en Bilbao.VINCENT WEST / Reuters

Quan creus que ja s’acaba, torna a començar… “Cuando crees que ya se acaba, vuelve a comenzar”. La canción de Raimon reflejaba en 1970 la angustia por el regreso de un estado de represión franquista que en los “felices 60” parecía en trance de superación. Volvía el tiempo de los monstruos que en realidad no habían muerto.

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Con un contenido mucho menos dramático, algo similar puede decirse ante la declaración política del lehendakari Iñigo Urkullu, que contra algunas interpretaciones apresuradas no nos devuelve al siglo XIX de las guerras carlistas, sino a la mitología independentista de Sabino Arana. Al aplicar su concepto de “la nación foral”, Urkullu propone el regreso a la situación de soberanía vasca que a su juicio existía antes de 1839, con el objeto de llegar a una “soberanía compartida”, de Euskadi y España; es decir, un Estado dual (“complejo”, en sus palabras). Es un campo que la combinación de ortodoxia y pragmatismo del PNV tiene bien trabajado, siempre en el mismo sentido, ahora evitando en el proyecto de Urkullu la excesiva transparencia de su predecesor Juan José Ibarretxe. Ni siquiera Sabino aparece ya desde la transición en sus argumentaciones, ni como clave simbólica. Los exabruptos racistas del fundador aconsejaron relegarle al papel de retrato casi olvidado en los batzokis, los locales políticos y recreativos del partido.

El lenguaje del odio ha sido transferido al eje ETA-Bildu, aquí envuelto en eufemismos, pero la lógica de la exclusión permanece, por debajo de la superficie, incluso en temas menores como el fútbol internacional (Andoni Ortuzar), y sobre todo en la televisión autonómica vasca, donde España es sistemáticamente eludida. Hasta los que participan en un campeonato, no son sino “equipo del Estado”, “ciclistas del Estado”. No se trata solo de afirmar que Euskadi es una nación, lo cual sería legítimo, sino de rechazar al Estado-nación existente, por muy plurinacional que sea su contenido. Los programas en principio históricos, describen desde la prehistoria una supuesta entidad unitaria, Euskalherria, ya con su apego a la gastronomía (sic). En suma, como decía el teólogo Rafael Aguirre, el PNV se ha impuesto por maceración. Los barómetros políticos hablan de escasa voluntad de independencia, y ello se nota en las cautelas de Urkullu, mientras curiosamente el criterio de los “ocho apellidos vascos” triunfa de modo discreto, y basta con ver la composición del propio Gobierno vasco, socialistas incluidos.

A partir de las elecciones de 2001, se ha roto la dualidad autóctonos nacionalistas vs. población de origen inmigrante. Pasó a carecer de sentido la denuncia batasuna, en un célebre artículo de Jon Salutregi en Egin, contra esos inmigrantes, los cuales, como hormigas desagradecidas ante la hospitalidad vasca, destruían la nacionalidad. La socialización, ejecutada según pautas nacionalistas desde la primera enseñanza, y las ventajas económicas, léase situación de privilegio, en la aplicación del concierto y el cálculo del cupo, fueron la base de la hegemonía abertzale de hoy. El modo de obtención de lo segundo, poco acorde con la retórica de arraigo en la historia, consistió y consiste en una eficaz presión sobre los gobiernos de Madrid, tanto populares como socialistas, de trueque de votos en el Congreso por concesiones y ventajas económicas. El cupo a pagar no se calcula, “se acuerda”.

Entre las concesiones al sabinianismo, algunas anticipan la aspiración actual. Las provincias pasaron ser denominadas enfáticamente “territorios históricos”, con lo cual, en el caso de Guipúzcoa, era borrada la auténtica denominación histórica, la Provincia (Vizcaya era el Señorío). El supuesto regreso a la soberanía de que disfrutaba hasta 1839 Euskadi, reivindicado por Urkullu, es la visión que Sabino opone a la realidad fáctica de que los Fueros se suprimieron por Cánovas del Castillo en 1876, tras la segunda guerra carlista. Las reducciones adoptadas por el Gobierno a partir de 1839 habrían supuesto, a su juicio, una eliminación de la independencia vasca. Y como en tantas ocasiones de la historia del nacionalismo, el uroboros, la serpiente del alquimista se muerde la cola, y esa invocación de un pretérito convenientemente manipulado, sirvió para otro uso: permitir tras la muerte del fundador que el PNV actúe dentro de la legalidad, ya que la “reintegración foral”, el regreso a 1839, introducía una ambigüedad frente a la petición anticonstitucional de independencia. Eso sí, para los patriotas no había dudas, ya que la idea de un régimen foral que no anulaba la soñada “independencia originaria” estaba inscrita, con todos los detalles, en la mitología fuerista sobre cuya base Sabino Arana inventa el nacionalismo vasco.

El tema fue caballo de batalla en el debate preconstitucional. Contra Carlos Garaicoechea, Xabier Arzalluz forzó una actitud favorable a la Constitución, que abriría la puerta a la autonomía vasca, pero al mismo tiempo luchó por el regreso a 1839, eliminando las leyes que restringían los fueron. Como sabemos, en la adicional primera logró el reconocimiento de los derechos forales, si bien enmarcándolos en el orden constitucional. El resultado fue insatisfactorio para Arzalluz, aunque la primera premisa siguió siendo exhibida hasta hoy como fundamento de la recuperación total. Tal es la legitimación que hoy sirve a Urkullu para plantear lo que en la práctica sería un Estado dual, con soberanía vasca al mismo nivel que España. En definitiva, cuasi-independencia, pero eso sí manteniendo el privilegio del concierto, cuya aplicación, tan rentable para el País Vasco, elimina toda posibilidad de reparto equilibrado de recursos y fiscalidad entre los componentes del Estado autonómico. Se trata también de crear un blindaje frente a los previsibles privilegios de Cataluña.

Con mayor mesura que sus predecesores, Urkullu ofrece la tradicional mezcla de moderación y radicalidad, solo explicable teniendo en cuenta que Sabino Arana organiza su partido desde el absolutismo de los principios y el pragmatismo en los medios, en seguimiento de su maestra en cuestiones de organización y estrategia: la Compañía de Jesús. Y sus sucesores lo mantienen. Hay que entrar con “el enemigo” para salir consigo mismo. Una alianza transitoria no implica renunciar a los fines propios. “El enemigo número uno es el de siempre —advertía Arzalluz hace treinta años hablando del PSOE—, aunque ahora gobernemos con él”. El PNV puede garantizar la gobernabilidad, no una consolidación del Estado democrático. El viraje en curso responde a ese criterio.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid y autor de La invención del nacionalismo vasco (2021).


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